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martes, 5 de diciembre de 2017

Carta de Dios al Hombre - Isaac Asimov


Estimado y temido Hombre Todopoderoso:

Me dirijo a usted para hacerle llegar un ruego que espero pueda ser atendido por su parte. Seguramente habrá usted oído hablar de mí, soy dios, ese ser que los suyos crearon hace muchos, muchísimos años, cuando todavía su especie apenas si se distinguía del resto de los animales. Cuando el desconocimiento, el temor, el deseo de protección y la ignorancia les hacia tan vulnerables como cualquier otro animal.

Me crearon ustedes a su imagen y semejanza, adornado con todos sus defectos y virtudes, en aquellos tiempos primitivos era hasta divertido ser dios, mejor dicho ser dioses, por que eran demasiadas sus necesidades como para crear un solo dios.

Me crearon, pero me crearon esclavo de sus creencias y necesidades. Me imaginaron bajo distintas formas y atributos. Cada nuevo creyente me ataba, y me sigue atando, con sus cadenas exigiendo de mi que le ayude a paliar su dolor y su ignorancia.


Me crearon, nos crearon cuando todavía no comprendían el mundo que les rodea y las leyes que lo rigen. Cuando ignoraban que podían existir leyes que rigen el mundo y el universo. Por eso me crearon, nos crearon tan disparatados, nos crearon con arreglo a sus propias fantasías y temores. Tan disparatado como solo la mente de un niño puede crear un ser inventado para que le ayude. Mi historia Señor es muy triste, es la historia de un ser creado para paliar sus temores, sus ambiciones, su ignorancia y sus enfermedades. Desde el primer momento se me utilizó como justificación de todos los desmanes y egoísmos propios de su especie. Se me utilizó para justificar sus enfrentamientos, para justificar el poder que algunos hombres se atribuían, para que unos hombres dominaran a otros, para imponer sus normas y sus creencias diciendo que procedían de mí. Para que unos hombres se proclamaran portavoces de mi voluntad descalificando, en mi nombre, a todos aquellos que no creían en sus palabras.

Desde el primer momento ustedes crearon guerras entre nosotros para justificar sus intereses. Nos utilizaron para justificar sus deseos de conquista, para vencer al contrario, para someterlo. Nos utilizaron para justificar la inmensidad de muertos, heridos, torturados que esas guerras generaron y generan.

Nos utilizaron para justificar sus odios, su voracidad, sus deseos de venganza. No creo que haya maldad en que ustedes no hayan invocado mi nombre. Creo Hombre, que no ha habido ocasión en su historia personal y colectiva donde no se haya invocado mi nombre, o nuestros nombres, para defender sus intereses manifiestos y ocultos.

En mi nombre, en nuestro nombre se han cometido y se siguen cometiendo infinidad de matanzas, crímenes y tropelías que no tienen más justificación que sus propios intereses.

Bajo la apariencia de seres infinitamente poderosos no somos mas que esclavos de sus creencias, esclavos nos crearon y esclavos seguimos, y así seguiremos mientras no nos liberen de esas cadenas que a ustedes les parecen tan justas, creyendo que nos alaban y que nos gustan.

Son las mismas cadenas con que los poderosos de su especie les atan a ustedes cuando dicen que interpretan nuestra voluntad, nuestras palabras y nuestros deseos.

Su especie, Hombre, ha avanzado mucho, no tanto como debiera porque en nuestro nombre también se ha procurado detener el avance de su especie, se han forjado mentiras inmensas, espantosas falsedades destinadas a detener su avance, se han matado y destruido a aquellos hombres y obras que abrían brechas en las murallas de la ignorancia.

Pese a todo ha avanzado lo suficiente para que ya no necesite creer en seres mágicos creados por su imaginación hace mucho, muchísimo tiempo. Pese a todo hoy sabe que el mundo, el universo se rige por leyes, no por mi voluntad, no por nuestra voluntad.

Todavía les falta por descubrir las muchas leyes que permanecen ocultas, pero sí saben que esas leyes existen, aunque aún no las conozcan. Ya no tienen necesidad de nosotros, ya no tienen necesidad de seres mágicos que guíen sus pasos en la oscuridad y en la ignorancia.

Tomen en sus manos las riendas de su destino, averigüen las leyes que rigen todo y déjenme, déjennos descansar en paz. No me usen para justificar sus ambiciones, sus deseos, sus intereses, sus desmanes o sus atrocidades.

Por eso Hombre Todopoderoso te dirijo esta carta rogándote que me liberes de tus cadenas, de tus creencias, de tu ignorancia y de tus miedos. Cada vez que sientas la tentación de creer en mí pregúntate quién ha creado a quién, si dios al hombre, o el hombre a dios.

Por eso Señor, Hombre Todopoderoso, te lo ruego, libérame de la esclavitud a que me tienes sometido, deja que me disuelva en la nada de la que un día me creaste, nos creaste, a tu imagen y semejanza.

martes, 28 de noviembre de 2017

El universo de las cosas - Gwyneth Jones

Traducción : Virginia Higa

El extraterrestre estacionó su auto al otro lado de la calle y vino a sentarse en la sala de espera. Él debió verlo con el rabillo del ojo. Pero estaba ocupado cobrándole a una mujer de mediana edad de pelo canoso y enrulado que usaba ropa atractiva, a la que le había tomado un rechazo irracional. Los que tienen que lidiar día tras día con clientes, en especial con dueños de autos, son propensos a tales antipatías. Vio cómo ella se sobresaltaba intentando ocultar su sorpresa, levantó la vista, y allí estaba el extraterrestre.

Los otros clientes en la fila de asientos hacían de cuenta, a su manera inglesa, que no había sucedido nada especial. Terminó de atender a la mujer. Pasaron otros autos y otros clientes; llegó el turno del extraterrestre. Él salió a la calle y con gesto paternal le señaló el camino hasta el hangar, luego lo hizo volver a la sala de espera mientras examinaba el auto rojo. Ingresó la marca y el modelo del auto en la terminal y empezó a revisar el diagnóstico.

El mecánico manejaba el negocio solo, con los robots y la presencia electrónica del cajero, el gerente y la casa central. Sabía leer e incluso escribir. Era una necesidad de su oficio. Estar conectado rutinariamente en medio de toda esa maquinaria de funcionamiento autónomo iría en contra de las normas de seguridad e higiene. Sólo usaba el auricular que le daba indicaciones cuando trataba con modelos exóticos, en los que las instrucciones venían incorporadas a las piezas, e intentaba que sus clientes no lo supieran. La mística del trabajo artesanal le parecía importante.
Por eso le llevó poco tiempo examinar el autito deslucido. Llamó al extraterrestre y le explicó lo que había que hacer, gesticulando mucho.

La costumbre era que si uno no toleraba usar el género neutro al hablar de otro ser viviente, eran todos tratados de “ella”. El mecánico le echó una mirada disimulada al extraterrestre mientras hacía su exposición: el perfil delicado, desprovisto de nariz, los hombros caídos, el torso engrosado por varias capas de extraña ropa interior debajo de la bata anodina, las piernas torpes con sus articulaciones al revés. Tenía tanta apariencia de mujer como los manatíes que los marineros solían llamar “sirenas”. La confusión, pensó, era un insulto para ambas partes. Pero era absurdo esperar que los habitantes de otro sistema solar fueran atractivos para los humanos. Él no tenía prisa. No se sentía ofendido ni asustado, como tal vez se habrían sentido otros, al ver a uno de su especie suelto, fuera del enclave. No cabía duda de que el extraterrestre le daría una propina generosa, pero no era la avaricia la que lo impulsaba a demorarse. Simplemente estaba contento de tenerlo en su negocio.

–Sólo quiero que limpie el transformador.

No se sorprendió de que hablara inglés, aunque había imaginado que no se tomaría la molestia. Pero lo último que esperaba de un extraterrestre era que fuera tacaño.

–Será más barato a largo plazo reemplazar todo el sistema de escape. Ha estado usando un alto porcentaje de metanol, aquí hay mucha corrosión…

El extraterrestre bajó la vista.

–Venga conmigo…

Él lo siguió hasta la sala de espera, donde el extraterrestre se replegó como un perro grande sobre uno de los asientos, con expresión abatida, retorciéndose sobre el pecho las manos fruncidas de piel de gallina.

–Lo voy a vender –explicó el extraterrestre–. Quiero que haga lo mínimo que sea legalmente necesario.

Se dio cuenta de que el extraterrestre no creía que su auto entendiera inglés. Pero tampoco creía que eso fuera imposible. El extraterrestre creía que si uno iba a decir algo desagradable sobre alguien o sobre algo, tenía que retirarse de las inmediaciones de la víctima. Las reglas de etiqueta eran inamovibles, claras y obligatorias. El nivel de comprensión del auto era otro asunto, un tema para la filosofía abstracta.

No era inusual que un mecánico estuviera familiarizado con la psicología alienígena en este aspecto. La naturaleza alienígena se discutía en los programas de televisión en horario central. El mecánico podría haberse sumergido en el tema de haber tenido el tiempo suficiente entre clientes.

–Lo que sea legalmente necesario –repitió. Estaba decepcionado, práctica y espiritualmente, con la pobreza de su cliente, y sin embargo, apaciguado por su extraña sensibilidad.

Claro que sabía que el estado de pobreza en un extraterrestre sólo podía ser temporario y relativo. La propina sería escasa, pero ya se presentaría algún otro beneficio.

Él (o ella) asintió con aire sombrío.

Asentían. Sus gestos eran muy humanos, pero diversos en su significado cultural: para negar alzaban el mentón en lugar de sacudir la cabeza. Era como si hubiesen tomado prestado a propósito un poco de cada raza humana, y tal vez era así. Su viaje hacia el espacio humano había atravesado tal saturación de emisiones humanas que nadie sabía qué parte del comportamiento alienígena en la tierra era natural, y qué parte era una representación elaborada con mucho cuidado.

–¿Espero o vuelvo más tarde?

Durante todo ese intercambio, los otros clientes habían permanecido penosamente fijos en posiciones casuales o de aburrimiento. El mecánico estaba encantado con su atención intensa y disimulada. Por suerte no había niños que arruinaran el efecto de desinterés cosmopolita.

No quería que se quedara. Si se quedaba podía entablar una conversación, convertirse en la propiedad temporaria de uno de estos simples clientes.

–Mejor vuelva después –le dijo, fingiendo que lo lamentaba–. Tengo otro trabajo que no puedo dejar en automático. Vuelva en eso de una hora.

Cuando se fue, el arrepentimiento se volvió real. Salió a la calle polvorienta y miró hacia arriba y hacia abajo. Era octubre. Las hojas del plátano que asomaban sobre la pared del jardín silvestre de al lado eran de un verde ácido bajo un cielo encapotado que prometía lluvia desde hacía días. El centro turístico no estaba lejos: la enorme eminencia que todo el mundo admiraba, y que alguna vez había sido el centro de una ciudad portuaria llamada Liverpool. Alcanzaba a ver las puntas diminutas de los míticos pájaros, dorados otra vez, que titilaban sobre su monumento de gran aplomo comercial. Tierra adentro, la difusa urbanización se extendía hasta los flancos de los Peninos: allí las colinas nadaban ocultas a la vista como monumentos hundidos, hundidos en el tiempo y perdidos para siempre, como la gran ciudad.

No había señales del extraterrestre.

Entró en el negocio, controló el progreso de varias operaciones y, en silencio –para evitar los ojos de las cámaras–, se escabulló por la puerta trasera y subió a su vivienda. Su mujer estaba en el trabajo. Sus dos hijos, de siete y dos años, estaban con ella en el aula de clases y en la guardería. Las habitaciones, pequeñas pero bien abastecidas de bienes no perecederos, parecían extrañamente limpias y silenciosas. Se quedó parado en la sala de estar y examinó una hilera de libros, discos y revistas en la repisa de la biblioteca. Tratar con el extraterrestre; Qué piensan de nosotros; Los viajeros de lejos; La mirada alienígena; ¿Han estado aquí antes?; Xenobiología: Hacia el inicio de una ciencia… El mecánico y su familia no estaban más interesados en los visitantes alienígenas que el común de la gente. Habían comprado los libros, aunque no los habían leído. Pero habría sido una casa muy extraña, o muy pobre, si no hubiese tenido al menos alguno de estos títulos.

En general, el mecánico no sentía que la raza humana estuviese exagerando. Su mujer y él habían votado a favor en el referéndum europeo sobre el cambio global de era, que ya estaba a punto de convertirse en ley. Ese año, el año presente, sería para siempre el año tres: 3AC, quizás, si el lobby del mundo anglosajón se salía con la suya. Después del contacto. Era oficial, esto era lo más grande que le había sucedido a la humanidad después de la difusa y distante “llegada de Cristo”. Y a diferencia de Cristo, los alienígenas estaban aquí. Estaban en los diarios, en las pantallas. Eran indudablemente reales.

Todo lo que estaba en las repisas había sido ingresado en la base de datos; la mujer del mecánico era meticulosa con esa tarea. Sus dedos sobrevolaron el teclado. Pero la misteriosa inercia de la adultez humana lo derrotó. El hijo de siete años era el único que usaba la base de datos. Sacó un libro y luego otro, pasó las páginas, leyó uno o dos párrafos. No sabía qué estaba buscando. Rodeado de cosas rígidas que no le hablaban ni lo miraban, trató de imaginarse cómo se sentiría ser el extraterrestre. Había conocido conductores sentimentales: autos con nombres, autos a los que sus dueños llamaban “ella”, autos maltratados por tener mala conducta. Se había sorprendido a sí mismo (excavando fragmentos de recuerdos) dándole una palmadita afectuosa al flanco lustroso de un robot mientras lo dejaba en su lugar.

Buen chico…

Buen perro…

Los extraterrestres no sabían nada de animales. Tenían herramientas que trepaban, reptaban, volaban; pero las habían hecho ellos mismos. No tenían noción de una creación separada, de vida que no fuera propia. Tal vez las condiciones en su planeta de origen fueran diferentes, pero la evidencia de sus reacciones y de sus propios relatos era otra. Parecía probable que no hubieran compartido su mundo con nadie, con ningún animal independiente de sangre caliente

Bajó al área de servicio y miró la pantalla que mostraba la sala de espera. Todo estaba tranquilo. No había vuelto. Se alejó de la pantalla y se puso a trabajar entre los vehículos estacionados y las herramientas que zumbaban. No tocó el auto del extraterrestre. Cuando éste volvió, le dijo que estaba teniendo algunos problemas. Por favor, sea paciente, le dijo. Vuelva más tarde, o espere.

No tomó nuevos clientes. La tarde se convirtió en ocaso. La sala de espera se vació hasta que él (o ella) se quedó solo.

Desde la parada del tranvía volvieron caminando a casa la mujer del mecánico y sus hijos, la bebé en su cochecito. Él oyó las voces infantiles que charlaban y se reían en la puerta de calle, y apretó los dientes como si lo hubiesen interrumpido en una tarea delicada, que requería de alta concentración. Pero no estaba haciendo nada, sólo permanecía sentado en la penumbra, entre las herramientas silenciosas.

El extraterrestre estaba doblado en su asiento. Parecía un animal vestido, un animal parlante de una especie desconocida, de algún dibujo animado infantil. Se puso de pie y sonrió, mostrando la punta de los dientes: el gruñido modificado que podía o no ser un genuino gesto compartido.

El mecánico estaba avergonzado porque no tenía manera de justificar su comportamiento. Un cliente humano, extranjero en una tierra extraña, a esta altura estaría muy enojado o tal vez un poco asustado. El extraterrestre parecía resignado. No esperaba que los humanos se comportaran de manera razonable.

El mecánico sintió una furia misteriosa al pensar que no era la primera persona en hacerlo dar tantas vueltas como ahora. Le habría gustado decir sólo quiero tenerlo cerca por un rato…
Pero esa habría sido una confesión muy bochornosa.

–Quiero hacerle un favor –dijo–. No quise decírselo antes, temí que se avergonzara. Estoy arreglando varias cosas, y sólo voy a cobrarle por la limpieza.

–Ah.

Pensó que parecía sorprendido, tal vez cansado. Era imposible no atribuirles sentimientos humanos, no leer expresiones humanas en sus rostros extraños.

–Gracias.

–Era lo menos que podía hacer, ¡ya que vino de tan lejos!

Se rió nervioso. El extraterrestre no. No se reían.

–¿Le gustaría subir? ¿Le gustaría algo de comer, una taza de té? Mi esposa y mis hijos estarían encantados de conocerlo.

La invitación no era para nada sincera. Lo último que quería era verlo dentro de su casa. No quería compartirlo con nadie. El extraterrestre le dirigió una mirada irónica, como si supiera exactamente lo que sucedía. Según algunas lecturas de su comportamiento, eran telepáticos: lo hacían entre ellos con mucha intensidad, y de forma más moderada con los humanos.

Por otra parte, seguro que otros lo habían molestado antes de la misma manera… como si fuera un animal adiestrado. La idea lo hizo sentir vergüenza, de sí mismo y de esos otros.

–No, gracias –Miró al suelo–. ¿El auto estará listo mañana?

La calle estaba a oscuras. Había algo de luz ahí mismo, lejos de los hoteles y los centros comerciales y los monumentos iluminados, bañados por el agua. Se sintió culpable. El pobre extraterrestre estaría contando mentalmente su dinero, preguntándose qué hacer a continuación. Los extraterrestres que viajaban solos eran rarezas en cualquier lugar. Si no podía refugiarse en un gran hotel lujoso, lo molestarían. La gente se amontonaría a su alrededor, lo apuntarían con sus cámaras.

Pero eso no era culpa del mecánico. Él no quería capturarlo. Tampoco quería sacarle dinero. Le habría gustado que se quedara allí, mantener su presencia real. Podría dormir en los asientos. Él podría bajarle algo de comida. Les gustaban algunos alimentos humanos: helado, pan blanco, hamburguesas; nada demasiado natural.

–Sí, claro, vuelva mañana. Abro a las nueve.

Le dijo a su esposa que tenía que trabajar horas extra. Eso nunca pasaba, pero ella aceptó la idea sin hacer comentarios. La rutina de su vida juntos era tan tranquila que podía tolerar una mentira obvia de vez en cuando sin provocar demasiadas olas.

Se sentó solo en el local de las máquinas y miró a su alrededor.

Autos.

Era extraño ver cuántos europeos sedentarios y urbanos todavía sentían la necesidad de poseerlos, incluso con el racionamiento de combustible y todas las demás leyes de protección ambiental. El mecánico no podía quejarse. Era un trabajo estable, y en general muy placentero. Esta es mi gente, pensó, tomando el punto de vista alienígena. Mi gente, las ovejas de mi rebaño. Tenía una abuela que solía ir a la iglesia. Pero entonces volvió la idea de los animales, la separación de una forma de vida de otra. No era eso lo que pasaba entre un extraterrestre y una máquina alienígena. Se acercó al auto, que estaba sujeto con el cepo en una postura indigna, un paciente indefenso.

–¿Hola? –dijo vacilante.

El auto no respondió, pero la atmósfera en el local cambió. Al hablarle en voz alta él había modificado algo: su propia percepción. De hecho, se había puesto en ridículo. Sólo pudo captar la estela de una emoción más interesante. Era un niño atravesando la puerta de la casa de la bruja, deliciosamente asustado. Pero nada de lo que pudiera decir o hacer volvería real aquello que había imaginado: nada haría que viera pestañear los ojos robóticos, ni que la mandíbula de metal se abriera en una sonrisa y hablara. Nada, salvo la locura, podría cambiar tanto las cosas.

Empezó a trabajar, o mejor dicho, puso a los robots a trabajar. Ahora no tenía opción; tenía que hacer lo que había prometido, y de algún modo hacer cerrar la cuenta. Nada de lo que sucedía en su garage pasaba sin ser grabado. El mecánico nunca había intentado eludir el sistema de la compañía de forma ilegal. Nunca había sido de los que encuentran tentadoras las complicaciones del crimen, y ahora no sabría por dónde empezar. Se puso muy triste al pensar en lo que tendría que hacer: el encubrimiento incómodo de este impulso extraño.

Las máquinas autónomas patinaban de un lado al otro. Otras se desplazaban por los cables aéreos y estiraban sus cabezas de serpiente. El mecánico estaba inquieto. El autito, un modelo coreano de quince años con quemador de metanol, carcaza de plástico rojo, embrague y suspensión líquidos era un equipo complejo de alta calidad, que podría servir otros diez años más. Le hacía falta algo de atención, pero no necesitaba de su atención práctica en absoluto. Se quedó contemplándolo.

Soy redundante, pensó: una reacción exagerada normal a la robótica. ¿Por qué los extraterrestres no se sienten redundantes? Se esforzó por realizar la acción mental de mirar más allá del espejo. Si no fuera por los humanos, si no fuera por mí, no habría autos, robots, ni ninguna otra máquina. No puedo ser reemplazado. Aun si las máquinas se vuelven conscientes, si se vuelven “humanas” (el cuco permanente de los medios masivos), yo seguiré siendo Dios. El creador. El origen.

Arriba, en casa, el bebé ya estaría acostado y el niño también, arropado por uno de los robots tutores hogareños que complementaban la educación que recibía de los empleadores de su madre. La madre estaría disfrutando de su velada, cómoda en su nido repleto de equipos.

De modo empático y subliminal, el mecánico estaba al tanto de sus idas y venidas, de la rutina familiar.

Descubrió por qué el extraterrestre lo llenaba de un deleite inútil e inarticulado. Las máquinas hacían promesas pero no podían cumplirlas. No dejaban de ser cosas, y las personas no dejaban de estar solas. El mecánico había visitado los Parques Nacionales de su país, las grandes extensiones de tierra que debían permanecer inalteradas, sin importar cuán pequeña resultara su sala de estar. Aceptaba la necesidad de su existencia, pero la única emoción que podía sentir era resentimiento. No sentía ninguna amistad por la naturaleza. Los animales podían ser mascotas, pero no eran parte de uno, no eran lo mismo. Los extraterrestres eran la solución al aislamiento humano: un mundo parlante, un mundo con ojos; la compañía soñada por Dios. La visita de los extraterrestres había hecho surgir en él un descontento hacia Dios.

No podía hacer que el extraterrestre se quedara. Pero tal vez podía aprender de él, compartir su experiencia enriquecedora. Imaginó el hangar como un microcosmos de la tecnología y la civilización humanas, un mundo arrancado como ectoplasma de su centro humano, lleno de criaturas creadas a su propia imagen y semejanza: sus dedos y sus pulgares, sus dientes, sus articulaciones flexibles, sus músculos fofos. Incluso su mente, en su nube química discontinua, permeando el soporte físico de su cerebro.

Entusiasmado con esta idea, se levantó y corrió hasta el teclado del hangar. Extrajo el equipo robótico, los brillantes brazos articulados que se deslizaron y plegaron contra la pared. Sacó una caja de herramientas. Le haría el mejor halago posible al auto del extraterrestre. Le otorgaría el beneficio de su artesanía, el tipo de servicio “orgánico, natural” por el cual los ricos pagaban sumas astronómicas.

Durante un rato trabajó como Adán en el Edén, nombrando alegremente las subcreaciones con sus manos y su mente. Trabajó, se detuvo… Se sentó en el piso frío, de manchas oscuras, con una llave de tubo en una mano y un trapo en la otra. Las luces del techo lo iluminaban. Según entendía el mecánico, ellos construían cosas con bacterias. Bacterias que provenían de la misma flora intestinal de los alienígenas, y lo infectaban todo: cada herramienta y cada mueble, incluso la inmensa carcasa de su mundo-nave. Los humanos, cuando querían expresar sentimientos de profunda comunión con su planeta, con su raza, hablaban de “sentirse parte de un gran todo”. Por haber vivido tantos años en un mundo creado por ellos mismos –desde el comienzo de su evolución, según los expertos– los alienígenas no podían experimentar “sentirse parte”. No había partes en su continuum: ni espacios, ni bordes divisorios.

De pronto se sintió asqueado. Los científicos habían establecido que las bacterias alienígenas eran inofensivas. Eso decían, pero tal vez estaban equivocados. Tal vez era una gran mentira que sostenían para evitar el pánico en las calles. Deseó no haber tocado el auto. El extraterrestre lo había estado usando durante meses. Debía estar todo recubierto de ese limo invisible y reptante.

¿Cómo era ser parte de un mundo vivo? Miró la llave que tenía en la mano hasta que el mango de metal perdió su lustre. Se recubrió de piel. La cavidad ajustable de la llave se convirtió en un orificio musculoso, fruncido como un ano, cuyos bordes húmedos se retrajeron por un movimiento del mango tumescente. El mecánico sintió náuseas, pero no pudo soltar la herramienta. No podía alejarse de ella. Si la dejaba caer, esa gota rezumante de consciencia, adherida a su mano, no se separaría de él. Cuerdas minúsculas, hebras de limo viviente se aferrarían y los mantendrían unidos. El aire que respiraba estaba lleno de consciencia, de sustancia humana.

Se paró. Se alejó. La carcasa de un robot se hundió como si fuera de carne. El mecánico dio un aullido y un salto. Su mano, en la que crecía el mango que se recubría de piel, golpeó el teclado y todas las herramientas se accionaron de repente.

Se quedó de pie, sintiendo su propia reacción visceral, apresurada, palpitante; a salvo por un instante gracias a la noción espacial de su esquema corporal. Y luego las paredes se cerraron sobre él. No había luz, sólo una oscuridad rojiza. El mecánico gimió. Luchó contra una horrible necesidad de vomitar y manoteó con desesperación, buscando las teclas.

Cuando todo se tranquilizó, se quedó sentado un rato. Tal vez fueron minutos, pero pareció mucho tiempo. Al fin dejó de sentir ganas de vomitar y logró soltar la llave. Se sentó con la cabeza entre los brazos; entonces se dio cuenta de la humillante posición fetal que había adoptado y de a poco se incorporó. Respiró hondo.

El garage era el mismo de siempre: un lugar muerto y seguro. Entendió que había sido muy privilegiado. De algún modo había logrado entrar por un breve instante en la mente alienígena, había visto el mundo a través de ojos alienígenas. ¿Cómo podía esperar que fuera una experiencia agradable? Ahora que había terminado podía aceptarla, y se sintió agradecido de verdad.

Al fin, jadeó y suspiró y empezó a poner la consola en marcha. Ya no podía tocar el auto con herramientas manuales. Además, temblaba demasiado. Pero a la mañana siguiente le entregaría el auto al extraterrestre, como había prometido, lo más nuevo y reanimado posible. Estaba en deuda con él.

Había intentado tomar algo del extraterrestre a la fuerza. Y lo había conseguido. No era culpa del extraterrestre que él hubiese querido jugar con fuego y se hubiese quemado. Haciendo un enorme esfuerzo ante la sensación de carne viva de las máquinas, preparó las operaciones necesarias.
En poco tiempo todo estuvo listo. Pero era muy tarde. Ahora su mujer le haría preguntas, y él tendría que contarle algo de lo que había sucedido. Se quedó mirando la carcasa plástica y las ingeniosas entrañas, taimadamente baratas, debajo del capó levantado. Decían que las máquinas no podían convivir con la ecoesfera. Algún día la raza humana tendría que abandonar una cosa o la otra: los autos a motor o “el medio ambiente”. Pero ese “algún día” todavía parecía lejano. Mientras tanto, esta era una acertada y pequeña concesión con el desastre.

Se sintió solo y triste. Había visto cómo otro mundo entraba en su vida, había intentado atrapar ese fenómeno y sólo había encontrado algo mucho peor que el vacío. Quería que el extraterrestre le brindara un mundo de ensueño más allá del arcoíris. Había encontrado, en su lugar, un Edén malsano: un tesoro cuyo deleite era tan imposible como regresar al vientre materno.
El mecánico volvió a suspirar y cerró con cuidado el capó.

El auto rojo se acomodó un poco.

-Gracias –dijo.

El extraterrestre llegó a las nueve de la mañana. El auto estaba listo, reluciente en el patio delantero. Dejó su bolso, que no llevaba colgado en la espalda ni en el hombro, sino encajado bajo la axila de ese modo desbalanceado tan característico. Él pensó que tenía aspecto cansado y nervioso. Casi no miró el auto. Tal vez, al igual que los humanos, no quería saber cuánto lo habían estafado.

-¿Cuánto es el daño? –preguntó.

El mecánico se sintió dolido. Le habría gustado repasar todos los arreglos con el extraterrestre: extraer la dulce miel de su aprobación, o quizás solo prolongar un rato más esta transacción menguante. Tuvo que recordarse a sí mismo que el extraterrestre no le debía nada. Para éste, los sentimientos no eran románticos ni extraños en modo alguno. El mundo en el que vivía era común y corriente. La experiencia del mecánico era asunto suyo, había sido un asunto interno desde el principio. El extraterrestre no era responsable de las manías de la psicología humana, ni de incidentes paranormales imaginarios.

-Mire –dijo el mecánico–. Tengo una propuesta para hacerle. Mi hijo mayor acaba de pasar su examen de manejo. Claro que no le permitirán salir solo por un tiempo. Pero pensaba comprarle un autito. Yo, como verá, no tengo auto, nunca sentí la necesidad. Pero a los chicos les gusta la libertad… Me gustaría comprarle su auto.

Bajo la fría luz de la mañana no se atrevió a decirle la verdad. Sabía que el auto no volvería a hablarle nunca más. Pero había sido tocado por el mundo del otro, y sólo quería quedarse con algo: con algún tipo de prueba.

Por el bien del extraterrestre, sin embargo, mantendría la historia del hijo. No había que alimentarles la idea de que los seres humanos los consideraban mágicos.

–A precio de lista –agregó enseguida–. Y un poco más. Porque cualquiera pagaría un poco más por un auto que ha sido manejado por uno de nuestros famosos visitantes. ¿Qué dice?

De modo que el extraterrestre salió del negocio con su tarjeta electrónica bien cargada. Dobló en la esquina, junto al jardín con las hojas de plátano que colgaban sobre la reja, y mostró los dientes puntiagudos en un gesto que parecía una sonrisa. La despedida pudo haber sido tanto para el auto rojo en el patio delantero como para el humano que estaba a su lado, pero, de todos modos, hizo que el hombre se sintiera mejor.

sábado, 18 de noviembre de 2017

El destierro - Xavier Jacomet

Relato extraído de Morada de Relatos

Desterrados pero no derrotados, los dioses primigenios esperamos. En un letargo autoimpuesto, aguardamos el regreso de nuestra hegemonía. Desamparados, perdimos nuestra libertad y poder en la gran guerra contra los dioses arquetípicos. Con el tiempo, supe de dioses que habían conseguido recuperar sus terribles cultos y esparcían orgullosos sus retorcidas simientes a través de los planos, tejiendo una red de influencia hasta los límites estelares de su confinamiento. Su intención: asegurarse una posición más elevada a la que tuvieron antaño en tiempos de guerra. ¡Estúpidos! Sus simples victorias sobre algunas razas les habían cegado, pues no eran conscientes de que no somos ni la sombra de lo que fuimos y locos algunos, tenían fe en la venganza.

Mi destino y penitencia fue el mismo templo que albergaba mi poder, ubicado en un planeta arrasado y esterilizado de cualquier forma de vida por los dioses vencedores. En tanto que soy infinito, también lo puede ser mi paciencia, como demuestran los milenios que pasaron antes de que un simple ser entrara en mis dominios. Cuando noté su presencia, inmediatamente me apoderé de él, pues infinita también puede ser mi ansia. No tengo constancia de qué ser era pues rápida le llegó la muerte al atraparlo con mis invisibles manos, devorándole cuerpo y alma, sin dejar restos de recuerdo ni existencia. Largo tiempo pasó hasta que no entró otro ser a mi templo hecho ruinas. ¿En qué me había convertido? Mi temple antes honorable, había sucumbido a la voracidad y eso me había costado mi regreso. Con el tiempo y totalmente consciente de mi actual situación, esperé con paciencia otro contacto.

Antes de nuestra caída, nunca habría implorado al azar una simple alma; el contraste con mi deplorable estado actual y carente de poder resultaba desolador. Antes de la gran guerra, disponía de multitud de siervos que me adoraban como primigenio menor; invocaban mi presencia para sus retorcidas intenciones y a cambio obtenía las almas de sus enemigos como muestra de su devoción. En esa época, una inquietud surgió en las mentes de algunos dioses primigenios. La inquietud se tornó ansia y se nos convenció para luchar en una guerra por el poder absoluto, una guerra para arrebatar a los dioses arquetípicos aquello que creíamos que nos pertenecía. Aunque las batallas se sucedieron sin un claro vencedor, finalmente los dioses arquetípicos se alzaron con la victoria. Orgullosos con su victoria, se regodearon en humillarnos. En tanto que no nos podían eliminar por nuestra condición de dioses, destruyeron nuestros templos y aniquilaron las razas que nos adoraron, borrando todo conocimiento de nuestra existencia. Débiles y heridos, nos dispersaron por el vasto universo. A los más poderosos los sellaron en los confines más remotos para garantizar su eterno letargo. A algunos los fragmentaron en varios planos para debilitar su poder y consciencia. A otros nos confinaron en nuestros antiguos templos, siendo testigos inmortales de nuestra miseria, atrapados en lo que una vez fueron nuestros hogares.

Pasé milenios meditando y esperando a que apareciera otro ser. La voracidad se tornó desasosiego, el desasosiego se volvió paciencia, y luego surgió el sopor. Lo abracé, aprendí y en él encontré mi verdadero poder. Fue entonces cuando fui consciente de quién era y cuál era mi propósito. Y empecé a comprender, a conocer mi poder y mi verdadero nombre.

Según nuestra condición, los dioses primigenios podemos influir en seres inferiores de distintas formas. Aunque podemos eliminar su existencia con un simple pensamiento, requerimos de ellos como medio para conseguir nuestros fines. La mayoría de los primigenios están limitados por los elementos, requiriendo de una transformación lenta y laboriosa de las razas que les adoran, para poder otorgarles sus bendiciones y así beneficiarse completamente de su veneración. Algunos son la misma esencia del caos y su sola invocación destruye planetas y enloquece planos enteros. Un incoherente torrente de poder que ni ellos mismos pueden controlar. Otros, como yo, no tenemos limitaciones por los elementos o razas. Somos conscientes del control de nuestro poder y nuestra influencia radica en un estado de la mente. Las emociones primarias de cada raza son la puerta de entrada para nuestro control y de ellas nos servimos en la labor de dioses. Porque, ¿qué es de un dios sin siervos?, ¿qué razón de existir tiene un dios, sino la de influir en las emociones más atávicas de quienes lo veneran? Todo dios tiene un origen, un nacimiento del que solamente él es consciente. No conoce su origen ni la razón de su existencia, solamente sabe que existe y que por tanto tiene una razón de ser. La edad de un dios no es importante, ni es usada como comparación con otros dioses para demostrar importancia o algún tipo de superioridad jerárquica; pero cuando un dios sabe su propósito, empieza a existir como tal y es conocedor de su potencial. Podemos pasar eones vagando por los planos del universo sin saber realmente cuál es nuestro propósito. Hasta que un día, se produce el despertar de la razón.

En mi reducto, pasé tiempo observando entre las sombras, a ras de suelo y a través de la piedra, esperando el momento oportuno y acumulando poder. Al fin otros vinieron y estos, atrajeron a más. Cuando su confianza fue firme, enviaron a un grupo a las catacumbas de mi morada, preparados para lo que pudieran encontrar dentro. Parecían entusiasmados en la exploración y buscaban con interés posibles tesoros. Podían buscar cuánto quisieran, allí no había nada de valor. También podían prepararse con todo tipo de armas, no les servirían contra mí. O podían haber cultivado su alma, pues no sería suficiente fortaleza para mi influencia.

Cuando lo creí propicio, les hice presos en sus cuerpos azuzándoles con imágenes y sensaciones del sopor eterno. Entré en sus mentes y las resquebrajé, uno a uno. Comprendí luego el temor de su raza y lo hice mío. Los liberé, imbuidos con la locura del saber de mi existir. Ellos fueron mis primeros adalides, haciendo a sus semejantes conocedores de mi presencia. Mis tentáculos de influencia se extendieron hasta su población y les infundí el miedo a sueños y vigilias, el temor a existir, al no reposar y al simple hecho de pensar. A todos ellos, les volví latentes y les sumí en la más terrible de las realidades hasta que desearon no pensar, para luego entregarles el júbilo del sopor y la desgana. Por fin lo había comprendido, yo era Phelgoras, el sopor eterno. Yo soy el sueño del desvelado, la indiferencia ante la impotencia, soy el hastío de la existencia.

En poco tiempo, hube esclavizado a toda la población y no quedó reducto que no fuera pasto de mi poder. Supe que eran colonos de otro mundo que habían aterrizado sus naves en mi desolado planeta, buscando minerales y agua en el subsuelo. Afortunadamente para ellos el subsuelo era rico en agua y fósforo, los elementos que necesitaban para subsistir y hacer funcionar la mayoría de su instrumental. Al parecer, los dioses arquetípicos sólo esterilizaron la superficie del globo. Con mi poder, fácilmente les di acceso a los materiales que necesitaban, pudiendo asentarse y reproducirse.

Crearon comunidades, cortaron comunicación con la base y olvidaron su origen. Aquí eran felices, pese a su desanimada expresión. A diferencia de lo que pudiera parecer desde una perspectiva subjetiva, mi influencia no les hizo desgraciados, sino todo lo contrario; les entregué un inalterable estado de agradable parsimonia, en el que la tristeza o la alegría tenían la misma repercusión en su ser. Se podría decir que les quité el dolor a cambio de la felicidad. Disponían de libre albedrío, por supuesto, pero mi influjo les incitaba a adorarme. Con las generaciones, el estado parsimonioso se hacía evidente ya en los recién nacidos, siendo muestra de alegría contenida en la familia si un hijo tenía el rictus y no lloraba nada más nacer. El llanto, la risa y las palabras fueron sustituidos por murmullos, y estos por el silencio. Con ello, la raza transcendió a un nivel comunicativo superior, usando únicamente el pensamiento. Aunque sus expresiones no lo denotaban, me estaban agradecidos por los dones que les había otorgado y yo me regocijaba en sus progresos.

Mi culto había sido reconstruido con creces y gracias a mi amparo, mis sirvientes volvieron a dar el salto a las estrellas y a los distintos planos a los que eran afines. Con mi autoridad, les incité a recuperar el contacto con su planeta natal, y no tardaron en esparcir mi fe y mi don a toda su raza. Mi influencia a través del universo, solamente estaba restringida por el límite de mi discreción y astucia.

En mi decrépito estado, había encontrado mi verdadero poder para sobrevivir, cambiando completamente mi concepción. Con el tiempo, he empezado a tener idea del alcance de mi nuevo poder y a pensar que esos locos dioses que buscaban venganza, quizás no eran tan locos ni su cruzada tan descabellada. Quizás como en mi caso, otros habían descubierto su auténtico poder, creando una nueva generación de dioses: los renacidos. Dioses con nuevas intenciones, que habían olvidado sus antiguos poderes y con ello sus restricciones. En su prepotencia, los dioses arquetípicos nos habían obligado a obtener más poder del que podíamos imaginar.
Este relato puede encontrarse en Morada de Relatos. ¡Síguelos!

sábado, 10 de junio de 2017

[Reseña] Diabólica Tentación -VV. AA.


El día que cayó en mis manos Diabólica Tentación-Relatos de mujeres malignas, una extraña sensación extra empírica se apoderó de mi cerebro; un hormigueo extraño y una agradable cadencia que me conectaba con el libro… Sensación parecida a la que se experimenta cuando inmerso en una marabunta de gente crees conocer a una persona en concreto-como si fueses tú mismo-, acodada sola en una esquina… ¡Claro!, que cuando uno es amante de esta clase de creación literaria, aproximarse a ella resulta emocionante e inspirador.  Y esta exaltación creció aún más, al comprobar que se trata de una antología de relatos cuyas protagonistas son mujeres, féminas que se debaten entre la locura extrema, los deseos de venganza, el vampirismo acomodado, el desarraigo, la incomprensión… en una época victoriana claramente patriarcal. Relatos en los que el espíritu femenino late en total desproporción, impregnando los recovecos de los mismos. Es la consecuencia lógica de que cinco de los cuentos-la antología está compuesta por ocho-,  estén creados por mujeres. ¿Quién mejor que ellas para expresar con excelso lirismo, la sintomatología del corazón y la mente femenina? ¿Quién reflejaría fielmente el erotismo y la sensualidad macabra de virginales y vampíricas apariciones espectrales?  ¡Pues sí, ellas! ¡Tan sólo ellas!, aunque los autores masculinos que las acompañan en la aventura de este libro, se hallen a la altura de estas mismas… Encontramos a Poe con Morella (ingenuamente macabra), a  Walter Scott con La cámara de los Tapices (ejemplo claro de literatura de terror gótico) y al hijo del increíble Nathaniel Hawthorne, Julian, con sus románticas y arabescas descripciones en La tumba de Ethelind Fionguala. 


Y es aquí cuando a mí me asaltan las dudas: ¿qué hubiese pasado si estos relatos de autoras increíbles, hubiesen sido hechos por hombres? Serían ejemplos exponencialmente claros de literatura gótica de terror; probablemente, todo buen amante de las letras conocería Luella Miller (M. W. Freeman), La historia de una hora (Kate Chopin) o El abrazo frío de Mary E. Braddon. ¿Os suenan? Seguro que algo. Siendo honesto diré que yo no los conocía-salvo a Edith Nesbit con su Boda de John Charrington-; el resto, fue para mí un delicioso descubrimiento, un viaje impensable en las mareas del olvido, una expedición  mágica hacia una época en la que ser mujer y enamorarse de los libros, era algo que estaba mal visto. Escritoras maltratadas por su tiempo (XIX), y por los convencionalismos socio-culturales que de él se desprendían…


Centrándonos en el libro, haré especial hincapié en referir que ¡todo!, ¡absolutamente todo!, es cuidado hasta en el más mínimo detalle (edición de lujo hecha por Apache Libros). El gnosticismo espiritual fluye en los relatos: el conocimiento es intuitivo, los ambientes se hallan recargados-teatralmente barrocos con criptas cavernarias, ciudades olvidadas en el tiempo y la memoria, ominosos cementerios al borde de precipicios, castillos medievalizados…-, gracias a las exhaustivas descripciones no sólo atmosféricas, sino también de los huecos anímicos y psicológicos de los personajes. Todo esto te conmueve, te acerca al universo representado y te seduce a partes iguales. Lenguaje exquisito, con un vocabulario rico y lleno de matices que no deberíamos haber perdido en esta era digital… 


Para finalizar este humilde reseña, me gustaría hacer una mención especial al que a mi gusto, es el mejor cuento que se nos presenta en esta antología: Charlotte Perkins Gilmans su autora, y  El tapiz amarillo el título del relato.  



Ya desde las primeras páginas, el candor y la inocencia mancillada de su protagonista, te atrapa irremisiblemente.  Abocada a la locura por no carecer de un espíritu excesivamente sensible y divergente a lo pautado,  por poseer aspiraciones y sueños individualistas-exaltación del Yo frente al bien común que Kate Chopin también recrea espléndidamente-, en el marco de una sociedad arcaica, machista y frívola…  Es de entender que el genio de Providence, adorase este relato, modelo disciplinario de los recovecos mentales y de la frágil línea que separa la lucidez de la vesania. 


Y poco más que añadir: ha sido un auténtico placer su lectura, una experiencia altamente gratificante y recomendable.  

Valoración: 10/10
 



TítuloDiabólica Tentación
SubtítuloRelatos de mujeres malignas
AutorAA.VV.
Director de la colecciónSebastián Beringheli
Número de páginas176
Alto190
Ancho140
ISBN978-84-944929-1-4


Como fiel reflejo de la sociedad en que se desarrolla, la literatura muestra los cambios y terrenos que ha ganado la mujer a lo largo de la historia. Aún queda mucho camino que recorrer pero Medea, Sherezade, Morella, Madame Bovary e, incluso, Lisbeth Salander han ayudado a defender y reivindicar los derechos de la mujer.

En esta antología no hemos hecho distinción entre autores o autoras pues nos hemos centrado plenamente en los personajes femeninos como ejes de la antología. La maldad que estos reflejan, como verá el lector, se produce por el desamor, la venganza o la incomprensión y estará repleta de tintes sobrenaturales y misteriosos.

En esta antología se incluyen los siguientes cuentos:

El tapiz amarillo
Charlotte Perkins Gilman


Luella Miller
Mary Wilkins Freeman


El abrazo frío
Mary Elizabeth Braddon


Morella
Edgar Allan Poe


La tumba de Ethelind Fionguala
Julian Hawthorne


La boda de John Charrington
Edith Nesbit


La historia de una hora
Kate Chopin


La cámara de los tapices
Walter Scott

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 Apache Libros


Los Apaches son un símbolo de la resistencia heróica y la lucha por la libertad. A lo largo de los siglos se han negado a ser absorbidos o asimilados. Tomando como referencia a esta tribu norteamericana, Apache Libros nace con el propósito de nadar contracorriente, forjar una resistencia cultural y editar libros con los que nos identificamos. Nos apasiona: 


  • Novela gótica de terror
  • Ciencia-ficción
  • Cómic y arte secuencial

martes, 16 de mayo de 2017

[Reseña] Kaiki. Cuentos de terror y locura - VV. AA.

A todos, en algún momento, nos han contado, por ejemplo, una experiencia paranormal de cualquier tipo. Que si la ouija, que si el espejo... Este tipo de relatos se vuelven más perturbadores, narrados por alguien cercano, y los creamos o no, nos producen esa fascinación y miedo que nos hacen escucharlos en silencio.

Las historias de terror han pasado de boca en boca a los largo de los años y la cultura japonesa es especialista en ellas. Está repleta de relatos sobre fantasmas, seres sobrenaturales y mitos populares. Tanto es así que tienen diferentes términos para designarlos, según el grado de locura o de desesperación que provocan. Ésto nos lleva a hablar de Kaiki. Cuentos de terror y locura, que está compuesto por doce historias muchísimo más tétricas y espeluznantes.

En esta antología se recogen los kaiki de Ryūnosuke Akutagawa, Juran Hisao, Kyōka Izumi, Kōda Rohan, Kōtaro Tanaka, Kaita Murayama, Mori Ōgai, Atsushi Nakajima, Kidô Okamoto, Rampo Edogawa, Junichirō Tanizaki y Yumeno Kyūsaku. Algunos de ellos son autores prestigiosos de finales del siglo XIX y mediados del siglo XX y otros son bastante desconocidos, pero todos los cuentos atrapan al lector desde la primera palabra, y lo envuelven en una atmósfera claustrofóbica hasta golpearlo con el giro final. No es frecuente encontrar una antología de varios autores —ni siquiera de un único autor— en la que todos los relatos sean disfrutables, pero la selección que la editorial Quaterni ha realizado para Kaiki. Cuentos de terror y locura es excelente y hará las delicias de los aficionados a la novela gótica y de terror.

Supersticiones antiguas, apariciones infernales y maldiciones más allá de la muerte marcan el rumbo de los protagonistas de estas historias.

Opten por el enfoque que opten, la lectura resultará igualmente terrorífica. Con Kaiki. Cuentos de terror y locura nadie se librará de que un escalofrío le trepe por la espalda al final de cada relato...

Valoración: 9/10 

viernes, 17 de marzo de 2017

[Reseña] Vampiros y otros seres inquietantes - VV. AA.

Libro sencillo, pero  cargado de opacidad, pues en  él encontramos relatos de encumbrados escritores de horror: H. P. Lovecraft, Mary Shelley, Bram Stoker, Polidori...; aunque para mi gusto resulta algo sucinto ya que   existen autores no tan renombrados y que tratan el tema de Los No Muertos, con la misma  originalidad y pasión que podrían hacer los primeros, (LaTorre, Maupassant...)

La figura del vampiro siempre nos ha fascinado, ignotizado..., y nos ha hecho quedarnos sin aliento; de ahí su importancia en la literatura. Además, la intromisión del halo filosófico que supone el debate atávico acerca de la muerte y lo inmortal, lo convierte en un tema recurrente y siempre de plena actualidad.  Este libro recoge textos que muestran la cara fiel y original de los vampiros, no las versiones rosas y edulcoradas tan de moda hoy en día. Por todo ello, es un libro de cabecera para todos aquellos que deseéis introduciros en el mundo de la noche, en la esfera de los no muertos, en el universo vampírico.

"Los vampiros son eternos. Son seres que viven entre nosotros, sedientos, malditos y que se alimentan de nuestros miedos generación tras generación. Desde siempre, la humanidad se ha sentido atraída por lo desconocido, por aquello que fascina y perturba al mismo tiempo.

Estas historias nacen de las tinieblas y se adentran en la noche de los tiempos. Donde no hay vencedores ni vencidos. Sólo miedo".


Puntos negativos: el tipo de formato. Tanto la cubierta como la textura de las hojas me parece, sinceramente, inapropiada. Una tapa de plástico blando, no es lo más apropiado para este tipo de literatura, como tampoco lo sería su portada poco trabajada (no digo que no me guste, hay cosas peores, pero por favor...¡quitad los 3 Euros!); lo peor, es que luego no vale eso, por ejemplo, en Amazon (https://goo.gl/B7tuLH) podéis encontrarlo por 10 euros... y por ese montante, hay ediciones y variantes mejores: (¡¡¡Valdemar es un claro ejemplo!!!).

Este libro supone un primer contacto con este género. Es un petit regalo, pues su abanico de autores permite a un lector novel, aventurarse en este universo mítico para, más tarde, centrarse en aquello que realmente le horroriza.

Valoración: 7´5/10

miércoles, 15 de marzo de 2017

[Reseña] Historias para no dormir - Pedro Rodríguez


“Historias para no dormir” es una joyita para poner en nuestra biblioteca. Una visión original y bella de los relatos de autores como: Guy Maupassant, Sheridan Le Fannu, J. William Polidori, Robert Louis Stevenson, Edgar Allan Poe...
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Pedro Rodríguez, es un gran dibujante, con un estilo muy original, cuyo trabajo se presta muy bien a este tipo de adaptaciones literarias de terror.
 
















La presentación de los relatos corre a cargo por los propios autores de la obra, en el que Rodríguez da lo mejor de sí, para mostrarnos una excelente selección de historias, que van desde: “La mano”, donde una misteriosa mano cumple una vendettta contra un cazador inglés llamado John Rowell; “El convenio de Sir Dominick”, en el que el Diablo le juega una mala partida de cartas al último de los Sarfield, “La casa de la pesadilla”, donde viajante de comercio queda atrapado en una extraña e inquietante casa, fruto de la avería de su automóvil; “El Vampiro”, en el que Audrey, un joven y rico heredero, va en busca de aventuras, en compañía de Lord Ruthven, pasando por Italia y Grecia, con unas consecuencias fatales para su familia; “La casa B… en Camden Hill”, en el que unos extraños sucesos paranormales espantan la clientela de la casa de huespedes; “El usurpador de cadáveres”, donde un joven estudiante llamado Fettes, se ve envuelto en el robo de cuerpos del cementerio, en pos de la ciencia y la medicina, o “El gato negro”, donde los Glenvill, que adoraban a los animales, en especial al minino Pluto, sufre el disgusto de su vida tras su viaje al más allá del minimo, donde la peor de la pesadillas puede llegar a convertirse en realidad.

“Historias para no dormir”, es la cuarta novela gráfica que publica la editorial Parramón, tras “Cuna de cuervos”, “Relatos de Poe” y “Frankenstein”. Una colección, que tiene como objetivo dar una cuidada edición y una buena selección de autores e historias, con los que deleitar al lector más exigente.



Sinceramente un buen tebeo para leer al lado de la calefacción, en estos días de duro y frío invierno. Dulces pesadillas...

Valoración: 9/10


“Historias para no dormir”

Guión: Pedro Rodríguez, Jorge García
Dibujos: Pedro Rodríguez
Colección: Novela gráfica
Editorial: Parramón
Formato: rústica con solapas, 96 páginas,17 x 24,5 cm, color
PVP: 15 €

sábado, 21 de enero de 2017

[Reseña] Relatos terroríficos I - Junji Ito


Al pensar en historias de terror, algunos de los nombres que nos vienen inmediatamente a la cabeza son Edgar A. Poe, H. P. Lovecraft y seguramente algún clásico más, pero no hay duda de que Junji Ito bebe sobre todo de fuentes algo más cercanas. El horror de Ito nos sorprende como lo hacían los episodios de Alfred Hitchcock presenta y sus magníficos e inesperados desenlaces. Nos divierte como nos divertía en nuestra infancia aquel cómic de terror llamado Creepy. Nos entretiene como un buen libro de Stephen King, y nos horroriza como lo hacía aquella familia de chalados de La matanza de Texas, por mencionar sólo algunos de sus referentes. Por eso, vamos a hablar sobre este volumen de cuentos de terror, en los que la realidad se deforma hasta límites desconocidos para la razón humana.

El primero de estos "Relatos terroríficos I" muestra la maestría de Ito al combinar varias de esas influencias en una estupenda historia de terror psicológico y terror del otro. Kotani, un joven estudiante, recibe la llamada de Narumi, una antigua compañera de instituto que le anuncia que está a punto de tirarse de un puente. Kotani le salva la vida y, ante la negativa de Narumi a volver a casa, le permite alojarse con él. La convivencia, sin embargo, no es fácil y, cuando Kotani insiste en que debe volver con sus hermanos, ella amenaza con suicidarse. Narumi es huérfana y hasta ahora vivía en una vieja casa con sus seis hermanos, y es aquí cuando las cosas se ponen verdaderamente interesantes y macabras.
Los hermanos Hikizuri, que es como se llaman, son una colección de variopintos y sádicos bichejos que harían temblar al más pintado. Están dominados por el mayor de ellos, Kazuya, que es quien decide qué tipo de castigo se merece Kotani por haberse apropiado de su hermana, aunque el final no es el que el lector se espera. Volvemos a encontrarnos con ellos en el segundo relato.
El tercer relato, “La mansión del dolor fantasma”, es, sencillamente, magistral, si bien tiene un tono completamente diferente de los anteriores. El terror aquí es mucho menos cárnico y sí más angustiante y enigmático, y la idea de una mansión que, en cada uno de sus rincones, duele (como suena) al joven que la habita, se erige en una soberbia metáfora que nos hace pensar en el ya mencionado Poe o incluso en el autor italiano Dino Buzzati.
La última de las historias está un tanto menos lograda. En ella el autor plantea como motivo central la locura del culto al cuerpo y el sacrificio de la salud en aras de una presunta belleza. En conjunto, estos "Relatos terroríficos I" confirman la existencia de otro gran autor de terror y lo pasarán de "locos", ya sean hitchcokianos, poeistas o lovecraftenses.

jueves, 6 de octubre de 2016

Dark Water

Relatos de horror desde Japón



 photo DW_Interior_zpsc5u8pc2w.jpg



Koji Suzuki es el escritor de terror y ciencia ficción más célebre y aclamado de Japón. Tras graduarse en la Universidad de Keio, desempeñó diversos trabajos antes de dedicarse por completo a la escritura. En 1990 fue galardonado con el premio de Novela Fantástica de Japón por “Rakuen” y al año siguiente alcanzó el éxito comercial con “The Ring” que fue llevada al cine por Hideo Nakata en 1998, convirtiéndose en la película más taquillera del año, desatando el aplauso unánime de la crítica y catapultando a Suzuki a la fama mundial. En 1996 vio la luz la colección de relatos de horror “Dark Water”, que también servirá de inspiración para la aclamada película homónima del mismo Hideo Nakata en 2002. Sin bajarse del éxito, Suzuki ha continuado explorando la oscura senda del horror psicológico y los sinuosos caminos de la ciencia ficción apocalíptica en obras como “Kamigami No Promedae” (2003) o “Edge” (2008). En su último trabajo, “Jukai” (2015), Suzuki se adentra en los misterios que se ocultan entre las frondosos árboles de Aokigaha, el “Bosque De Los Suicidios”.

Turbulento raudal de muerte


 photo DW_Portada_zpsjh6znk4z.jpgLa alucinación y los fantasmas imaginarios producto del pánico, el miedo o la obsesión, bastan para conseguir la atmósfera de pavor, amenaza y peligro que acompaña a esta antología de relatos que gira en torno al agua. Elemento imprescindible para la vida, el líquido vital se transforma aquí en heraldo de la muerte y en germen del terror primigenio.

1.- Agua Que Se Agita: Una madre divorciada lleva una vida monótona y anodina junto a su hija pequeña en un semiabandonado edificio de apartamentos hasta que su plácida existencia se ve acosada por la presencia intangible de una niña ahogada.

2.- Isla Solitaria: Kensuke Suehiro es un profesor hastiado de las escasas satisfacciones que le ofrece la vida docente. Por ello, buscando emociones más intensas no duda en embarcarse en la expedición de un colega para explorar “Daiba VI”, una ominosa isla artificial con fama de encantada en la que tiempo atrás un viejo amigo suyo afirmaba haber abandonado su novia, de la que jamás volvió a tener noticias.

3.- El Agujero: Nadie podría firmar que la fortuna hubiese sido generosa con Hiroguki, un desilusionado pescador de anguilas que se siente atrapado por una mujer a la que no ama y unos hijos a los que compadece. Para combatir su frustración sale a faenar con la mar revuelta y es sorprendido por una terrible tormenta.

4.- Un Crucero De Ensueño: Las aspiraciones de Enoyoshi se habían visto una vez más truncadas pues lo que en principio prometía ser un relajante paseo en yate se había convertido en una nueva e inesperada reunión de empresa. Al menos hasta el momento en que el barco se queda totalmente inmóvil y el motor no responde. Sin embargo, a la profundidad en que se encuentran resulta imposible que hayan encallado en un banco de arena…

5.- El Barco A La Deriva: Un atunero de pesca de altura se topa en alta mar con un moderno velero a la deriva sin tripulación a bordo. No signos de lucha ni desorden. Todo parece normal y en perfecto estado salvo por el hecho de encontrarse desierto. Entre los marineros del pesquero comienza a cundir el desasosiego al pensar que están en presencia de un barco fantasma.

6.- La Acuarela: El lugar elegido para realizar la representación teatral no podía tener un nombre más ominoso. El edificio “Mephisto” había sido una famosa discoteca venida a menos y reconvertida en centro cultural. Pero Kamiya no es un tipo supersticioso, y por eso cuando una inesperada gotera pone en riesgo la función de esa noche, decide investigar su origen para repararla haciendo caso omiso al extraño sentimiento de aprensión que le embarga.

7.- El Bosque En El Fondo Del Mar: La espeleología era la pasión confesa de Sugiyama. Cuando en una de sus rutinarias expediciones descubre lo que en apariencia parece ser una cueva ignota y desconocida, no puede sustraerse a la tentación de internarse en la misma para observarla mejor y descubrir los secretos que la Naturaleza ha preservado en su interior.

 photo DW_Izquierda_zpsgzwzfhsk.jpgEn definitiva nos encontramos ante un conjunto de relatos que fluyen entre la sugestiva realidad y la onírica ficción cuyo nexo común es el salvaje caudal de la vida, completada por sendos Prólogo y Epílogo que operan respectivamente como origen y fin metafórico de toda existencia no exentos de afán redentor y cierta truculencia vitalista. Una curiosa antología protagonizada por una variada pléyade de personajes avocados a luchar contra las adversas circunstancias en busca de esperanza. Y la misma les es concedida de las maneras más insospechadas. El volumen culmina finalmente con un breve pero brillante ensayo del ínclito escritor y crítico cinematográfico Jesús Palacios sobe la obra, inspiración e influencia posterior de su misterioso autor Koji Suzuki.