jueves, 13 de septiembre de 2018

El embrión de Kylie - J.P. Bango: el alimento de los dioses que corrompe el mundo

Ilustración de Pericolos0

¿Y si viviéramos en un mundo desolado y estéril en donde lo yermo tamizase el horizonte? Un lugar en donde los vestigios de la humanidad estuviesen estructurados por clanes, y sólo una ciudad tratara de sustentar la conservación de la especie. Y, este marco —además—, estuviese recubierto por un raro vegetal (el vinegod o planta mutante), invasor del mundo y causante de los cambios climáticos que enferman a los de nuestra especie, y a las escasas comunidades de seres vivos que buscan sobrevivir. 
Bienvenidos a El embrión de Kylie, volumen que sirve como punta de lanza al inicio de un cosmos literario, el de J.P. Bango.

Bango es un autor sumamente ligado al ámbito fantástico, en especial, en su visión o parte cinematográfica ha participado con la AEFCFT en el recopilatorio "Visiones 2005". Y con esta obra, el autor nos introduce claramente en una distopía en la que el reto de supervivencia que se le presenta al hombre, junto a la atávica e intrínsica búsqueda jerárquica, se hace evidente.

En un primer momento, la historia se centra en el personaje de Kylie, enfermera de Frontera, región de Tecnópolisurbe protegida de las radioaciones solares y del vinegod por una cúpula artificial . En Frontera se lleva a cabo la revisión, valoración y aceptación de las personas del desierto (denominados vulgarmente como predas). Sin embargo, esta situación hará que el sistema se colapse y en la ciudad se declare un estado de excepción. Es en este momento en el que entra en escena la figura de Hikaru, soldado de Tecnópolis.

Diríamos que un aspecto bastante llamativo del argumento es la restructuración económica, política y administrativa de las diferentes castas o clases que conforman el diagrama social de la región. Y es que, es evidente que su autor ha querido con ello dar paso al apéndice reaccionario del debate ético-filosófico inherente al tratar con castas sociales término medievalista que se perpetúa irremisible en el tiempo y parece cohabitar con la naturaleza de nuestra especie—.  Ésto nos lleva a una distopía madura, hilada y pensada —al menos, eso creemos nosotros— para configurar una madeja de volúmenes de los que éste sería el primero (apenas se dan pinceladas de lo que promete ser un vasto y prolífico universo). Otro dato relevante —que continua ahondando en el concepto de la desigualdad— es el conflicto existente entre los habitantes del desierto y los de Tecnópolis.

 Ilustración de coffeecookiecat

A medida que la trama avanza,  Bango nos atrapa aportando diferentes estampas belicistas, filosóficas y morales que nos permiten ser activos —al igual que lo hacen los personajes— en la elucubración de roles antagonistas ("bueno/malo"). El avance reside en no sólo ver el camino del héroe, sino también el de los marginados, además de añadir un punto de vista caledoscópico que nos permite sentir la corrupción, el anhelo de venganza... Obras relevantes que emplean estos juegos de perspectivas argumentales son, por ej.: "Un mundo feliz" de Aldous Huxley, "1984" de George Orwell o "Ciudad Maldita" de los hermanos Strugatski. Podríamos —barriendo para casa— encuadrar aquí: "Hasta que todos los mares", increíble relato del discípulo de Lovecraft, Robert H. Barlow, por el hecho de ser una "distopía climática" y por interrelacionar las psiques y emociones de los personajes entre sí. 

En cuanto a lo que éstos respecta,  J. P. Bango es un genio: ¡emocionante diversidad! compuesta por hombres-topo, caníbales, referencias a tribus mesoamericanas, organizaciones-colmena... ¿Aún dudáis de la posible expansión de El embrión de Kylie?
El autor concluye la obra de forma sublime, recordándonos al increíble "Éxodo" de David Luna. 

Estilísticamente hablando: Bango hace uso de un estilo directo y conciso de ritmo narrativo muy acorde con el tema tratado pausas necesarias para construir y enriquecer mundos que se reflectan hacia nosotros como reales (corrupción y decadencia)—, que nos acerca su obra a otras como "El plan soñado" o "La decisión final" (2º Premio Vórtice 2004).

Punto negativo: pese a ser una lectura más que recomendable, hay ciertos momentos en los que Bango no termina de encuadrar al lector —quizás se deba a una mal gestionada visión cronológica de los hechos pues, el paso del tiempo no se estipula bien desde el principio—.

El embrión de Kylie es, por consiguiente, una obra distópica que abarca pluralidad de temas, ahondando en la visión lúgubre de una humanidad añeja.
"Controlar al receptor, controlar el mensaje" y,  la claustrofóbica atmósfera creada por Bango nos absorbe.


El embrión de Kylie
(The Kylie´s embryo)
  • Autor: J.P. Bango
  • Editorial: Wave Books Editorial
    • Colección: Wave Gold
  • Fecha de publicación: 2018
  • Precio: 9,00 € (papel) / 2,99 € (ebook)
  • Páginas: 396
  • Formato: Rústica / Epub
  • ISBN: 978-1718040311

martes, 11 de septiembre de 2018

La complicada amistad de H.P. Lovecraft y Robert H. Barlow, discípulo y gran admirador de Lovecraft

Artículo de Paul La Farge
Traducción y revisión por Amparo Montejano

El 18 de junio de 1931, un joven llamado Robert Barlow envió una carta al escritor de terror H. P. Lovecraft.

Las historias de Lovecraft sobre seres monstruosos de más allá de las estrellas aparecían regularmente en la revista de temática pulp de nombre Weird Tales, y de la que Barlow era un fanático. Quería saber cuándo Lovecraft había empezado a escribir, en qué estaba trabajando y si el Necronomicón un tomo de conocimiento prohibido que aparece en varios cuentos de Lovecraft era un libro real.  


Una semana más tarde, Lovecraft respondió (cosa que no era de extrañar pues, se estima que en su corta existencia escribió más de cincuenta mil cartas).  Esta epístola en particular, fue el comienzo de una curiosa amistad que cambió el curso de la vida de Barlow y la de Lovecraft.

Lovecraft era muy conocido en el mundo de la "ficción extraña", un término que popularizó: era un género de principios del siglo XX que abarcaba historias de terror sobrenaturales y algo de lo que ahora se llamaría ciencia ficción. 


Se había casado —por un corto espacio de tiempo— con una inmigrante ucraniana judía llamada Sonia Half Greene, y con ella había vivido en la popular metrópolis de Nueva York hasta que en 1931 regresara a su Providence natal. Allí viviría con su tía, escribiendo y haciendo trabajos correctivos de textos literarios.  


En tanto, el jovencito Barlow, que había crecido en bases militares al ser su padre coronel del ejército, se trasladó a vivir hacia el centro de Florida a unos veinticuatro kilómetros al suroeste de la ciudad de DeLand — a consecuencia de la enfermedad mental que comenzó a experimentar su progenitor (delirios paranoides).

Barlow era tímido, no conocía a nadie en Florida y no había muchachos que compartiesen sus intereses: tocar el piano, coleccionar ficción extraña, pintar, etc.

<< No tenía amigos ni estudios, salvo aquellos que unía el noble correo de EE. UU>>escribió en un libro de memorias sobre su verano con Lovecraft, (publicado en 1944).

Epístola a epístola, Barlow y Lovecraft se hicieron amigos. Escribió historias que Lovecraft revisó. Finalmente, en la primavera de 1934, Barlow invitó a Lovecraft a visitarlo en Florida. Cuando Lovecraft se bajó del autobús y lo vio —apenas un chiquillo de dieciséis años, teniendo él cuarenta y tres— se sintió tremendamente consternado… Ahí estaban los dos, frente a frente: el escritor más viejo, de traje arrugado y semblante “Danteriano” (según el propio Barlow), y el joven admirador, delgado y con cara de comadreja, de pelo negro hacia atrás y anteojos con gruesas lentes redondas.

Finalmente, Lovecraft permaneció con Barlow y su madre el padre estaba visitando a unos familiares en el norte del paísdurante siete semanas.

¿Que qué hicieron durante todo este tiempo? Según el propio Barlow:

<< …recolectar bayas silvestres, componer coplillas de rimas complicadas, remar en el lago…>>

Toda aquella diversión hizo que Lovecraft encontrase el clima de Florida muy estimulante:

<< Me siento como una persona nueva, tan ágil como un joven…>> le escribió a un amigo suyo de California—. <<Voy sin sombrero y sin chaqueta...>> Y ¡cómo no!, disfrutaba en suma de la grata compañía del muchacho:  << Nunca antes en el curso de una vida larga había visto un niño tan versátil…>> escribió.



Los críticos literarios siempre han especulado con la posibilidad de que Lovecraft fuese “un homosexual en la sombra”, o bien, un hombre de escaso o nulo interés por el sexo. No obstante, su esposa Sonia lo describió como: “un amante excelente". Que se sepa y tras la separación de ella, no volvió a intimar con otras mujeres, e igualmente y por el contenido de sus cartassabemos que condenaba el hecho en sí de la homosexualidad como si fuese algo reprobable, llegando incluso a convencer al jovencito Barlow de que en sus relatos de ficción pasase de largo por estos temas.

Pese a todo, el fantasma de la especulación siempre sobrevoló a la sombra del de Providence pues, con anterioridad a Barlow, Lovecraft visitó al veinteañero Alfred Galpin, en Cleveland. Mientras estuvo allí, Galpin le presentó a Samuel Loveman y Hart Crane (ambos homosexuales, no así Galpin del que Lovecraft escribió una serie de poemas burlones mofándose de su obsesión por las quinceañeras).

Pero, Barlow tenía muy clara su orientación sexual. Hay una línea reveladora en su libro de memorias de 1944, en el que expresa de manera oficial:  

<< La vida se compone de literatura…>>; mas, en el texto original (que está en la Biblioteca John Hay en Brown), puede leerse lo siguiente: << La vida, salvo por los deseos secretos que poseo hacia un joven y debo reprimir, se compone de literatura…>>



Lovecraft lo visitó de nuevo en el verano de 1935, y permaneció allí durante más de dos meses que dieron para explorar una jungla de cipreses —próximos a la casa familiary para construir una cabaña al otro lado del lago.

El verano siguiente fue Barlow el que marchó a Providence para visitar a su maestro, pero, Lovecraft apenas le hizo caso al hallarse enfrascado en sus trabajos de corrección. No obstante, decidieron viajar juntos hasta Salem y Marblehead ciudades que Lovecraft había mitificado en ficción— pero, otro discípulo admirador del de Providence, Kenneth Sterling (futuro estudiante de Harvard) se unió a ellos.  Si Barlow andaba enamorado de Lovecraft, no tuvo más remedio que reprimir sus impulsos. Algo de esto se traduce en la que fue la última historia que Lovecraft le corrigió: "The Night Ocean" (1936).

Versa sobre un ilustrador que decide alquilar una cabaña en la playa para descansar de sus ocupaciones. Mientras está allí, observa en las noches extrañas figuras que se alejan y a las que pierde el rastro cuando se internan en la neblina oceánica. Concluye:

<<… quizá, jamás ninguno de nosotros pueda desentrañar los misterios. Existen, desafiando toda explicación. >> Tal vez, la propia alma de Barlow se sumió en una tristeza y melancolía de dimensiones insondables. 

Ilustración de Seb Mckinnon

Lovecraft falleció de un cáncer intestinal en marzo de 1937. Antes de morir, llamó a Barlow y, lo que en principio podía entenderse como un gran honor Barlow se había convertido incluso en su albacea literario—, fue para él un desastre: además del terrible dolor por la pérdida de un ser tan querido, los propios discípulos del “Círculo” —entre ellos, August Derleth y Donald Wandrei, que querían recopilar sus historias en un libro— lo relegaron al más horrendo ostracismo cuando Barlow publicó (sin ellos saberlo) un volumen con textos inéditos de Lovecraft en edición tipográfica de setenta y cinco copias—.

Entonces, Derleth y Wandrei le exigieron a Barlow los textos manuscritos. Como éste era reacio a entregárselos, se encargaron de difundir rumores de que Barlow era un ladrón que había robado libros de la biblioteca de Lovecraft.  Incluso, el escritor y artista Clark Ashton Smith —integrante del “Círculo” — le envió a Barlow una nota con el siguiente mensaje:

<< Por favor, no me escriba ni trate de comunicarse conmigo de ninguna manera… >> decía—. << No deseo verle o tener noticias suyas después de su deplorable conducta con respecto a la herencia de un querido amigo fallecido...>>

Para Barlow este mensaje fue: << cortarme las entrañas con un cuchillo de carne…>>

Acababan pues de exiliarlo de aquello que más amaba: el mundo de la literatura. Fue entonces cuando se bosquejó en su mente la posibilidad del suicidio, pero, consiguió remontar ingresando en las escuelas de California y México (para cursar estudios de antropología). Allí —y desde el 43 en el que se mudó definitivamente— estudió junto a Alfred L. Kroeber cuyo trabajo acerca de los Ishi, los últimos indios Yahi de California, lo hicieron académicamente famoso—.  

Desde entonces, se sumió en un período de actividad frenética que duró casi una década: viajó a Yucatán para estudiar a los mayas; también se trasladó al oeste de Guerrero para estudiar la cultura de los Tepuztecas. Así mismo, comenzó su carrera de profesor de antropología en el Mexico City College, llegando a fundar dos revistas académicas y a publicar alrededor de ciento cincuenta artículos, panfletos y libros.


Para entonces, Barlow ya había entregado los manuscritos de Lovecraft a la Universidad de Brown, convenciéndoles de que aceptasen los restos de su colección de ficción extraña, a cambio de otorgarle una imprenta en la que pudiera publicar un periódico náhuatl (para que así los descendientes de los aztecas pudiesen leer en su propio idioma). 


Después, viajó a Londres y París para consultar códices mexicanos. Fue nombrado presidente del departamento de antropología de la Ciudad de México. El poeta Charles Olson, que se hizo con algunos de los escritos de Barlow a finales de los años cuarenta, los calificó como:  "la única experiencia íntima y activa de los mayas aún impresa".

Era como si Barlow finalmente hubiese abandonado la fantasía por la auténtica realidad, aunque, cualquiera que haya leído las historias de Lovecraft sabrá que los dioses aztecas revestidos de escamas, plumas, colmillos y salvajes ojos redondos, eran personajes muy del gusto del escritor —quizá Barlow hubiese encontrado en la “horrorología” de Lovecraft ese gusto por el pasado mesoamericano.

Ilustración de Katty Walls

Pero, desafortunadamente, todo esto no compensó aquello que había perdido. << Cuando tengo un período de tiempo libre y no me encuentro realizando ninguna actividad, me siento más descontento…>> escribió Barlow en una autobiografía fragmentaria e inédita —. << Invento mil placeres simulados para mantenerme ocupado de otra manera, o me agoto para no pensar en ninguna otra actividad, sino solo en el sueño… >>

 A finales de la década de los cuarenta estaba agotado, y sus ojos —que nunca estuvieron bien— comenzaron a fallar.  Y cuando un estudiante descontento lo amenazó con denunciarlo por ser homosexual, Barlow decidió que ya había tenido más que suficiente: el 1 de enero de 1951 se encerró en su habitación y tomó veintiséis tabletas de Seconal. Antes, dejó una nota manuscrita en la puerta en la que podía leerse: "No me molestes, deseo dormir durante mucho tiempo". Estaba escrita en maya.



August Derleth y Donald Wandrei, mientras tanto, habían publicado un primer libro de relatos de Lovecraft —con rotundo éxito— seguido por otros dos más. La consecuencia: a mediados de los cuarenta, la reputación de Lovecraft como maestro del horror había crecido hasta el punto en que Edmund Wilson (escritor y crítico literario), decidió utilizar las páginas del The New Yorker para desinflar la burbuja de admiradores que el extinto Lovecraft había adquirido. Y así dijo:  

<<El único horror real en la mayoría de estas ficciones es el horror del mal gusto y el mal arte… >>

Pero, sus palabras no consiguieron denostarlo, todo lo contario; Lovecraft y su “cosmos” seguían sumando adeptos de forma exponencial.   


De hecho, es sabido por todos que hasta la más nimia de sus obras se halla impresa hoy en día —por ej. "The New Annotated HP Lovecraft" editado en 2014—, y que su visión del “horror” inspira obras literarias, cómics, videojuegos y toda clase de merchandaising en los que la cabeza de Cthulhu —el dios primigenio con cabeza de pulpo abisal —, parte como buque insignia en los logos para camisetas, tazas, etc…

Frente al éxito de su Maestro, el discípulo Barlow se sumió en el ostracismo literario, en el más errabundo de los olvidos. Incluso "The Night Ocean", obra en la que Lovecraft apenas agregó un par de frases tal era su calidad, fue atribuida (casi hasta nuestros días) en autoría, al de Providence.

La vida de Barlow, que abarcó los mundos de ficción extraña, la poesía experimental y la antropología (en inglés, español y náhuatl), es difícil de explicar.  Según el académico Marcos Legaria, nueve han sido las personas que, hasta la fecha, se han sentado para escribir una biografía de Barlow y no hubo ni uno sólo de ellos que no se diese por vencido. 

François-Auguste Biard. Óleo sobre tela, 1882

Y es que, la oscuridad en la que mora Barlow es quizás el reflejo de una ansiedad insoportable —acrecentada por la horda de fanáticos de lo weird, las crecientes sospechas, desde los años cincuenta acerca de la homosexualidad de Lovecraft y las constantes y actuales de su conciencia xenófoba del mundo—. 


Lo cierto es que Barlow no inventó a Cthulhu. Vivió en el gran sueño de Lovecraft, pero, jamás se convirtió en un gran soñador: allí en donde Lovecraft aprendió a soterrar temores y deseos, Barlow tuvo relaciones sexuales y vio el mundo. Allí en donde Lovecraft imaginó a los terribles Profundos, él aprendió a conocer cómo eran realmente las personas… 


Literariamente se dice que, el hecho de que Barlow tenga una influencia “extraña” en el mundo de la ficción, no se debe únicamente a Lovecraft ni a que toda su actividad fuera en última instancia en su propio perjuicio.



Después de la Segunda Guerra Mundial, el Colegio de la Ciudad de México atrajo a varios estudiantes en el G.I. Cuenta. Uno de ellos era William S. Burroughs, que había ido a México con su esposa Joan Vollmer, escapando de los cargos por consumo de drogas que tenía en el condado de Louisiana. En la primavera de 1950, Burroughs tomó una clase de códices mayas con el profesor Barlow, del que se decía que era un gran maestro: <<Tenía una facilidad de expresión que atraía a la vida hechos que habían muerto hacía tiempo…>> decía de él un amigo.  De hecho, las imágenes del mundo Maya son recurrentes en las obras de Burroughs (en "The Soft Machine", el narrador hace alarde de su conocimiento de arqueología Maya y del secreto significado del ciempiés; en “La forma de Ah Pook”, al igual que en “Almuerzo Desnudo” se habla acerca del dios de la muerte como el Dios del ciempiés). Y es que, la visión de Burroughs acerca de un mundo de "adictos al control" embrujados por la muerte es, entre otras cosas, una transfiguración de lo que sabía sobre la teocracia maya, y que habría aprendido, sin género de dudas, de sus clases con el profesor Barlow.

[… ¿Alguna vez indagaste en los códices mayas? ]— pregunta uno de los personajes de "Almuerzo desnudo"—.  [Lo imagino así: los sacerdotes alrededor del uno por ciento de la poblaciónhicieron transmisiones telepáticas para instruir a los trabajadores de cómo sentir y cuándo…]



Pese a todo, Burroughs no se conmovió por la noticia de la muerte de Barlow. De hecho, estas fueron las palabras que escribió a su amigo Allen Ginsberg acerca del suicidio de Barlow:  

<< … un tonto profesor de K.C., Mo., jefe del departamento de Antropología, se quitó la vida con una sobredosis de “bolas para tontos”. ¡Vomitaría por toda la cama! ¡Agh!, no puedo ver a una patata suicida… >>

Paradójicamente, nueve meses después y tras una borrachera, Burroughs le disparó un tiro en la cabeza a su propia esposa.



Quizás los horrores que secundan la vida sean, en cierta medida, la materia prima en la que se basan los escritores para poder plasmar sus miedos, sus temores y sus frustraciones vitales. He aquí la historia de Barlow, que nos recuerda, cuántas luces y sombras dejan los genios tras de sí. 

sábado, 8 de septiembre de 2018

Estamos todos de puta madre - Daryl Gregory: La realidad alucinógena, tremebunda y aciagamente sobrenatural

Ilustración de la portada de la edición de Le Bélial'.

Las descarnadas pesadillas existen y conviven con nosotros. Monstruos de estos y otros mundos que nos visitan, interactuan y nos aterran. Y que se quedan ahí, despedazando nuestras cuerpos y la cordura de nuestras mentes..., de forma lenta y callada, de a poco a poco...

Os presentamos la reseña de Estamos todos de puta madre de Daryl Gregory, Premio Shirley Jackson 2014, editado por Ediciones Gigamesh.
 
Este libro fue un regalo (fantástico). Uno de esos que no te esperas como obsequio del día del libro y que te alegran lo que resta de jornada pues, su título chocante-decidídamente peculiar y hasta estrambótico-te llama... Si a eso le añades la absoluta creatividad onírica de una compleja portada de matices "fundamentalistas", entonces, entonces deseas comenzar una lectura que se prevé arriesgadamente pirotécnica. Y es que todo el volumen escrito por Gregory es eso: infastuosas llamas que encierran un viaje hasta el mismísimo infierno, que se halla condensado en la mente de un conjunto de personas que acuden a terapia de grupo.

Personajes todos ellos, únicos supervivientes de experiencias alucinógeneas, tremebundas y aciagamente sobrenaturales. Aislados de una sociedad que no les es factible y a la que inútil y esforzadamente tratan de adaptarse. Son casi tulpas de lo que fueron, fantasmas que pululan-con diferentes organigramas psico-emocionales-entre el horror y el amor, la compasión y la lobreguez más absoluta..., orquestados por una misteriosa terapeuta que no rebela sus cartas hasta el mismo y conclusivo instante final. 

La trama es un rompecabezas secuencial en el que se nos da-por cápsulas de capítulos-información acerca de cada uno de estos desdichados, con los que el lector llega (de alguna forma) a empatizar- ante las bizarras y fantásticas torturas físico-emocionales a las que han tenido que enfrentarse-.

Punto negativo: el final-desde nuestro humilde punto de vista-pierde fuelle con respecto al resto de la secuencia narrativa, con respecto al resto de la imaginería que Gregory nos ha hecho esbozar a lo largo de su lectura. Da la sensación de ser una novela muy bien hilvanada pero, de final un tanto precipitado.

En cuanto al estilo, diremos que es fresco y dinámico. De una agradable sencillez estructural que, nos ha recordado al de grandes maestros del terror (Matheson, por ejemplo), haciendo que se aviven las llamaradas de la acción/precipitación de una forma más que evidente.

Estamos todos de puta madre es un "libro-puzzle" enigmático y rompedor, en donde la cruda realidad se hilvana (magistralmente) con la fantasía más lisérgica. Recomendado si lo que pretendéis es tener una "lectura ligera", cargadita de fantasía y horror.



Ficha técnica

Estamos todos de puta madre
(We are completely fine)
  • Autor: Daryl Gregory
  • Editorial: Ediciones Gigamesh
  • Colección:
  • Fecha de publicación: 2018
  • Precio: Promocional Día del Libro
  • Páginas: 162
  • Formato: Rústica
  • ISBN: 

Cabalgata Nocturna, de Alister Mairon

Ilustración de ©Soner Çakmak / Relato publicado en Círculo de Lovecraft nº7.

Por Alister Mairon



El sol se oculta tras las siluetas de las casas, tiñendo las aguas oscuras del Pacífico de ocres y anaranjados.

   —Otro día perdido —mascullo, rasgando la superficie del mar de una pedrada.

   —No se apure, doctor St. John. Mañana tal vez tengamos más suerte —trata de animarme Braulio, mi guía y acompañante en mi periplo por Queilén.

Me encojo de hombros, agarro otra piedra y la lanzo contra las olas. No creo que el día de mañana vaya a ser mucho más productivo que el de hoy. Hace ya más de un mes que me hospedo en este infecto archipiélago y aún no he logrado hallar nada.

La idea de regresar a casa cruza fugazmente por mi cabeza, pero la desechó de inmediato. No puedo volver a Londres con las manos vacías. Sería bochornoso, tendría que aguantar durante el resto de mi vida las miradas desdeñosas de quienes ya se burlaron ante mi ocurrencia.

   —Eres un pretencioso, Edward St. John —había comentado sir Henry Bonheart, mi tutor, cuando nos despedimos en el puerto—. Tal vez este viaje te ayude a bajar los humos.

Cretinos... Ríen las gracias a ese idiota de Darwin y a sus ridículos pinzones mientras desprecian mis líneas de investigación. Chaladuras de jovenzuelo, las llaman. Locuras de una mente ociosa... Nadie, ni siquiera uno de los cientos de pomposos catedráticos que calientan asiento en las universidades inglesas quiso dar un penique por mí. Me dejaron solo. Pero pronto se arrepentirán de sus palabras. Cuando regrese a Londres, traeré conmigo la prueba definitiva de que la mitozoología es el futuro de las ciencias naturales.

De súbito, una silueta oscura emerge de las aguas y al poco vemos aparecer a un hombre vestido completamente de negro en el embarcadero. Lleva la cabeza cubierta por un sombrero con capucha y avanza encorvado sobre la arena de la playa. Hay algo en él que me disgusta, que hace que la boca se me seque y el corazón se me acelere, víctima del desasosiego. Tal vez sea el hecho de no ver ni un centímetro de su piel lo que me inquieta.

Al pasar junto a nosotros, Braulio agacha la cabeza y yo me avergüenzo de haberme dejado imbuir por sus supersticiones.

Giro la mirada hacia las olas para perder de vista tanto a mi guía como al hombre del sombrero. Algo capta mi atención. O más bien la falta de algo.

   —¿Pero qué demonios...? —Mis ojos escudriñan la superficie del mar, pero no hallan nada. No hay barca ni embarcación de ningún tipo—. ¿Cómo ha llegado a la orilla ese hombre?

Braulio ladea la cabeza.
  
   —Ese hombre es un brujo, señor —explica mi guía—. Lo habrán traído los caballos marinos.
  
   —¿Caballos? ¿Es así como llamáis en Queilén a los lobos marinos? —pregunto con sorna.
  
  —¿Lobos? No, doctor. Le estoy hablando de un animal muy distinto. Son las monturas de los brujos chilotes, hijos del mar.

Retuerzo las puntas de mi bigote entre los dedos, reflexionando. Tal vez el día no está del todo perdido.

   —Quiero verlos —digo a mi guía—. Llévame donde pueda observar a esos caballos que dices.
Braulio alza las manos, negando con la cabeza.

   —Lo que usted pide es imposible. Esas criaturas habitan en las profundidades y solo se presentan ante sus amos. No hay forma de que usted pueda verlas.

Frunzo el ceño, pero me abstengo de insistir. En el tiempo que llevo aquí he aprendido que los chilotes son celosos de sus secretos y que protegen con ahínco a esos animales que ellos creen semidioses. Si quiero cazar uno, y ese es mi objetivo, deberé hacerlo sin ayuda de los nativos.

*   *   *

El sol se esconde de nuevo tras las casas de Queilén mientras observo, oculto tras una roca cubierta de líquenes y algas en putrefacción, al misterioso encapuchado. Ha pasado una semana desde que lo vi por primera vez, emergiendo de las aguas. No es fácil seguirle la pista a uno de esos llamados brujos, pero al fin he logrado dar con él.

En esta ocasión no está solo. Lo acompaña un comerciante de Queilén, uno de esos hombres de sonrisa flácida que hacen fortuna solo Dios sabe cómo. No sé qué se traen entre manos. Solo que se reunieron en la plaza hará unas horas y que el encapuchado le ha conducido hasta la pequeña caleta en la que ahora me encuentro.

El brujo alza la mano y señala hacia la orilla del mar. Solo entonces reparo en la presencia de un pequeño bote, completamente negro, varado sobre la arena fina. Frunzo el ceño. Por lo poco que he podido descubrir por mi cuenta, la barca negra es el vehículo que los brujos entregan a algunos elegidos, un símbolo de que existe una alianza entre ellos.

Al ver la barca, el comerciante se acerca, la acaricia con mimo y luego se deshace en reverencias y alabanzas hacia el brujo antes de despedirse de él, de regreso a la ciudad. Desde mi escondite le veo partir, en cambio el encapuchado permanece de pie ante las olas, expectante.

Dejo escapar un suspiro resignado y me acomodo cuanto puedo tras la roca. Me fastidia tener que esperar, pero puede que esta sea la única oportunidad que se me presente de poder cazar uno de esos caballos. En cuanto se vaya el brujo, tomaré el bote y saldré en su busca. ¿Quién sabe? Si responden a la llamada de los brujos, tal vez también se presenten ante los que navegan en sus barcas.

Las primeras estrellas manchan el cielo cuando al fin puedo acercarme a la negra embarcación. Siento los músculos entumecidos por las horas inmóvil, expuesto a la humedad, pero eso no me detiene. Avanzo por la playa con sigilo y me detengo a escasos pasos del bote.

Al poner mis manos en él lo siento viscoso, frío. Parece ungido en una suerte de grasa que, por el característico olor que desprende, deduzco que es alquitrán. Maldigo entre dientes echando un vistazo a mis dedos manchados antes de empujar el bote hasta las aguas oscuras del mar y saltar a su interior.
A fuerza de remo, me alejo de la playa en dirección a mar abierto. Pronto la costa no es más que una franja luminosa a mis espaldas y el océano, una alfombra añil donde se reflejan las estrellas. Recojo los remos y oteo las aguas a mi alrededor. Ahora toca esperar.

Todas las estrellas lucen altas sobre las aguas del Pacífico cuando oigo un chapoteo a mi derecha. Me giro justo a tiempo para ver desaparecer una aleta caudal de grandes proporciones. Un escalofrío me recorre la espalda y de forma casi inconsciente me refugio en el centro del bote.
Un nuevo chapoteo —esta vez a mi izquierda— me eriza los pelos de la nuca. Las aguas se abren para dejar paso a una cola que golpea la superficie antes de hundirse ante mis ojos. El corazón se me acelera. No de miedo, sino de emoción.

Contrariamente a lo que había temido, ese cuerpo a medio camino entre el verde y el gris no puede pertenecer a una tintorera. Ni a ninguna otra especia catalogada hasta el momento. Justo en ese instante, tal vez adivinando lo que pasa por mi mente, una cabeza emerge entre las olas a pocos metros de mí. El perfil es inconfundible: se trata de un caballo.

La criatura me contempla con ojos profundos y añiles. Crines verdes y sedosas resbalan por un cuello fino, estilizado a la manera de los purasangre árabes. Si no fuera por la fina capa de escamas irisadas que le nace desde la base del cuello, cualquiera que lo viera juraría que se halla ante un caballo que ha aprendido a nadar.

Una segunda cabeza asoma a escasa distancia del primer caballo, seguida de una tercera. Pronto son seis los pares de ojos que observan curiosos el bote.

Sumerjo un remo en el agua para tratar de aproximarme, pero lo único que consigo es dispersar a la manada, que reaparece unos minutos más tarde frente al bote, manteniendo las distancias.

Opto por permanecer quieto y cederles la iniciativa a estos bellos y extraños hipocampos. Si se acercan voluntariamente me resultará mucho más fácil apresar al menos a uno de ellos.

Al cabo de un rato, tal vez considerando que no supongo una amenaza, el más pequeño del grupo salta de improviso fuera del agua, a la manera de los delfines, y cae con gracia sobre su costado. El resto de la manada no tarda en unirse a sus juegos, ofreciéndome un improvisado espectáculo que me permite contemplar su casi mágica anatomía.

Cuatro patas rematadas en aletas de tono rosado y una cola ancha y fuerte que culmina en una aleta caudal vertical sumamente desarrollada y que recuerda a la de los marrajos. Dos hendiduras situadas a medio cuello les sirven para respirar bajo el agua, complementando la respiración pulmonar que la presencia de ollares en el hocico atestigua.

Viendo cómo saltan, exhibiéndose ante mí, me reprocho el no haber traído conmigo el bloc de dibujo para poder abocetarles en estado salvaje. Solo el saber que podré llevar conmigo a Londres a uno de estos ejemplares logra consolarme ante esta pérdida.

Los juegos de las criaturas se alargan por más de una hora durante la cual los contemplo embelesado hasta que, tal vez por un error de cálculo, el pequeño de los hipocampos emerge justo al lado del bote.
Nuestras miradas se cruzan y puedo leer la tranquilidad en sus ojos. No tiene miedo. La confianza del animal me anima a alargar el brazo para tratar de acariciarle. Cuando estoy a punto de rozarle, el caballo sisea como una serpiente y retrae los belfos, mostrando tres filas de dientes afilados que se proyectan en mi dirección, haciéndome caer de espaldas sobre el suelo de la embarcación.

Los otros integrantes de la manada, emulando al pequeño, descubren sus monstruosas dentaduras y se lanzan contra el bote, cabalgando las aguas. Apenas me da tiempo de aferrar los remos antes de que el primero de ellos muerda el borde de la embarcación y arranque un buen pedazo de madera que se astilla entre sus fauces.

Movido por el pánico, hundo los remos en las aguas y hago virar el bote hacia la derecha, apartándome de las bestias cuanto puedo. Pero no es posible competir con ellas en un medio que dominan a la perfección y pronto dos de las criaturas me cortan la retirada, empujándome hacia el mar, cada vez más lejos de la costa.

Me acosan por turnos, se lanzan contra el bote y lo arañan con poderosas dentelladas que nada tienen que envidiar a las de los escualos. Pronto descubren mi fuente de propulsión y, con una coordinación digna de la más hábil partida de caza, se sumergen bajo las aguas y me arrancan los remos de las manos, dejándome indefenso y a merced del oleaje. A su merced.

Así, empujado por el movimiento del mar y los embates de estos monstruos, me pierdo mar adentro hasta acabar engullido por un banco de niebla densa y baja que reduce mi campo de visión a unos pocos metros.

Los caballos me rodean, siseando y golpeando el agua con sus colas y sus patas delanteras. Parecen sentirse a gusto en medio del mar de niebla. Chasquean los dientes, se preparan para atacar.
Y entonces desaparecen bajo las aguas.

Pasan varios minutos antes de que me atreva a asomarme por la borda para tratar de localizar a mis perseguidores, pero las aguas están calmas y ninguna sombra entre la bruma atestigua su presencia por los alrededores. Y sin embargo, sé que me observan.
Siento la urgencia de escapar y busco con desespero entre las sogas que alfombran el fondo cualquier cosa que pueda ayudarme a volver a la costa. Lo único que encuentro son un par de tablones podridos. Podría usarlos para remar, pero...

Sin preaviso, un sonido en la lejanía llama mi atención. Aguzo el oído. Es un ritmo extraño, armónico y artificial. Un sonido genuinamente humano que cada vez retumba con más fuerza, aunque mis ojos no puedan captar su origen.

Las aguas se rizan y pequeñas olas chocan contra el casco del bote, atentando contra su equilibro. El sonido ya no es un rumor lejano, sino una presencia sólida: música. Una melodía alegre y pegadiza que poco a poco lo cubre todo. La niebla se abre y aparece ante mí la silueta de un enorme buque de madera noble. He aquí el origen de la algarabía. No sé de dónde ha salido ni cuál es el cometido de este navío, pero siento un alivio inmenso al verlo.

Destierro el miedo que aún me atenaza y me pongo en pie sobre la bancada. Grito y sacudo los brazos, tratando de llamar la atención de los integrantes del barco. La música retumba con fuerza, pero no cejo en mi empeño. Grito y vocifero hasta quedarme afónico mientras el barco pasea su costado izquierdo ante mí.

Luego se hace el silencio.

Animado por este hecho, agito los brazos y chillo con más ahínco si cabe, hasta que veo aparecer a varias figuras que se asoman por la borda y que me señalan, barriendo las aguas con la luz de una suerte de candil.

   —¡Ayúdenme, se lo ruego! —suplico por enésima vez.

   —¿Quién demanda la ayuda del Caleuche? —inquiere una voz que reverbera con fuerza por entre la niebla.

   —¡Soy Edward St. John! ¡Por favor, déjenme subir a cubierta!

   —Nadie puede subir al Caleuche sin ser invitado, Edward St. John.

Las aguas se encrespan a mi alrededor y atisbo a ver por el rabillo del ojo una aleta caudal con ese tono entre verde y grisáceo que teñirá desde hoy todas mis pesadillas. Confiaba en que la presencia del navío mantendría alejados a esos monstruosos hipocampos, pero al parecer se sienten cómodos nadando entorno al casco de la gran nave.

   —¡Les pagaré lo que pidan, pero ayúdenme! —les apremio, barriendo la superficie del mar con la mirada—. ¡Hay criaturas terribles en estas aguas!

   —El único pago que acepta el Caleuche es la servitud. ¿Aceptarás ser parte de la tripulación por toda la eternidad?

La pregunta de mi interlocutor, pronunciada con tanta tranquilidad, enciende mi ira y disipa por unos instantes el miedo.

   —¡¿Pero cómo os atrevéis a exigirle algo así a un hombre a la deriva?! Si no queréis ayudarme, adelante. No os necesito para nada. Alguien me rescatará —aseguro.

Un coro de risas macabro se eleva desde la cubierta del barco. Las siluetas de los caballos marinos se hacen visibles bajo la superficie, cada vez más cercanas.

Se hace la luz en el buque y lo que hasta entonces me había parecido un navío sólido se presenta ante mis ojos como una silueta dorada y fantasmagórica cuyas velas ondean sin viento alguno que las empuje. Iluminadas gracias al brillo irreal del barco puedo ver a las figuras con las que hasta ahora he estado hablando: figuras oscuras, cubiertas con sombreros y capas. Brujos.

   —Esa opción no existe para ti, Edward St. John. Nos robaste.

Grito enfurecido, pero no me da tiempo de soltar un solo improperio. Una fuerza impulsa el bote desde abajo, resquebrajando el fondo y permitiendo el paso del agua. Las cabezas de dos de los caballos emergen junto al bote. Tratan de encaramarse, de darme alcance. Sus mandíbulas restallan como pinzas de metal ansiosas por despedazarme.

Los movimientos de las criaturas provocan que la madera del fondo del bote se astille todavía más. El agua entra con fuerza y pronto me cubre hasta los tobillos. No tardará en partirse por la mitad y hundirse en el mar. Y entonces...
No, no quiero. No puedo morir así. No puedo acabar mis días en el estómago de un monstruo cuya existencia negarán todos mis colegas.

Como si fueran capaces de leer mi mente, los macabros hipocampos se lanzan de nuevo contra la embarcación. Esta tiembla y zozobra, astillándose. El suelo se parte y las aguas empiezan a engullirla.
Desesperado, salto hacia lo que era la proa antes de que la succión de las aguas me envíe directo a la boca de esos monstruos hambrientos, que aguardan con un maligno disfrute impropio de una bestia mientras la barca se hunde. Me niego a creerlo, pero parece que se burlen de mi desgracia.
Los que sí vuelven a reír sin disimulo son los brujos del Caleuche. Sus siluetas negras se asoman de nuevo y al instante oigo el silbido de un objeto al abrirse paso en el aire, seguido de un golpe seco contra la madera. Han lanzado un cabo.

   —Última oportunidad para ti, Edward St. John. ¿Servir o morir?

Mis dedos se acercan inconscientemente a la cuerda, una vía de escape ante mí, pero me detengo. ¿Una vía de escape hacia dónde? Miro arriba, a los que serían mis amos para toda la eternidad, y luego volteo los ojos hacia los caballos de mar, que ya nadan en formación hacia lo que queda de la barca. El mar burbujea, demandando su pieza y el entrechocar de mandíbulas se mezcla con los crujidos moribundos de la madera y las risitas de los brujos. 

¿Qué hago, Dios mío? ¿Qué harían esos cientos de pomposos catedráticos que calientan asiento en las universidades inglesas a los que ahora envidio más que nunca?


©Copyright Alister Mairon para Círculo de Lovecraft, Febrero 2018.


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