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miércoles, 1 de mayo de 2024

John Silence, o la elegancia de lo sobrenatural


Si ya en artículos anteriores he tenido la suerte de habla con vosotros sobre el origen de los detectives paranormales, llega el momento de conocerlos un poco más de cerca. Trataré de esbozar los rasgos básicos de los primeros y más importantes investigadores de lo oculto, génesis de mucha de la narrativa audiovisual y literaria que conocemos hoy. 

Mientras los relatos de detectives racionalistas como Dupin o Holmes cobran importancia, aparecen varios investigadores de caracter preternatural; la época victoriana, en la que reuniones espiritistas, órdenes mágicas y narraciones legendarias tras la cena son fuente de entretenimiento para las clases medias y altas, es un caldo de cultivo perfecto para este tipo de literatura. 

Nos ocuparemos hoy de uno de esos primeros detectives, que reconozco es uno de mis preferidos, hasta el punto de que el personaje estrella de mis novelas se llama Jonathan Silencio en homenaje a él. 

Pero no hablemos de mí. Hablemos de Algernoon Blackwood, padre literario de John Silence; un autor que se dedicó a la literatura tras haber pasado por muchos otros trabajos, y que practicó la investigación de lo paranormal como forma de vida, más allá de la simple afición, llegando a formar parte de la Golden Dawn, una de las más populares y activas órdenes esotéricas del mundo. 

Con estos antecedentes, no es extraño que sepa dotar a sus relatos de una verosimilitud envidiable. 

Muchos autores defienden que Blackwood no pretendía producir literatura de entretenimiento sino exponer, usando a Silence como alter ego, los resultados de investigaciones reales que él u otros miembros de la orden habrían llevado a cabo. Un trasfondo que dota de mayor interés a sus historias. 

A la hora de crear el personaje, Blackwood trata de dotarle de un aura de autoridad; para ello le da el título de “doctor” y nos cuenta que ha pasado un tiempo indeterminado en una especie de retiro de estudios o investigación, preparándose para la tarea que se ha impuesto. El autor no será nunca demasiado explícito sobre los procesos de dicho estudio, ni sobre los métodos utilizados por Silence para la resolución de sus casos, y esta falta de datos acerca del origen de Silence resulta tener dos caras. A veces le proporciona una adecuada aura de misterio, y en otros momentos hace que el conflicto parezca resolverse mediante un abracadabra, un deus ex machina que nos deja cierta sensación de vacío. 


 

Explicaré más en detalle a qué me refiero; quienes escribimos literatura de investigación nos dividimos, queramos o no, en detectives Poirot o detectives Holmes. Es decir, nuestras narraciones pueden aportar al lector pistas, ya sean todas verdaderas o alguna falsa, permitiendo y alentando que el lector se implique en la lectura y pueda llegar con nosotros a la resolución del caso, como ocurre en los relatos de Poirot, o bien usar pistas y datos que el lector no conoce o es difícil que conozca, colocando así al detective en un plano superior, a veces heroico y a veces pedante, como ocurre en los casos de Holmes. De ahí que Blackwood peque en algunos momentos de desconexión con el lector, aunque no puede negarse que consiguió un gran éxito en su época y que su legado sigue vigente. 

Silence es un hombre elegante, preparado, de carácter calmado y generoso, muy empático y humano; casi lo opuesto al detective duro y cínico que el hard boiled cultivó unas décadas después y que el imaginario popular tiene en mente. Sin embargo, sigue usando el método deductivo y el razonamiento para llegar a sus conclusiones, y es en ese sentido un detective en toda regla. Blacwood se mostrará capaz de manejar muy diferentes espacios y muy distintas aventuras, mostrando una envidiable versatilidad que siempre resulta admirable. Sin embargo, fueron pocos los relatos de Silence en la ingente obra de este artista, tal vez porque su intención didáctica, a la que aludía en principio, no se cumplía. Siendo muy positiva la acogida del público, tomaban sus relatos como fantasía narrativa, y no como una exposición de otras realidades desconocidas. 

Una buena muestra de las características humanas de Silence y el profundo trabajo de documentación y divulgación de Blackwood es el relato “Una víctima del espacio superior”, en el que Silence será poco más que un espectador de los hechos. Nos habla este breve cuento de un hombre capaz, a su pesar, de viajar entre las dimensiones, más allá del tiempo y el espacio. Cliché del que no podía dejar de ocuparse Blackwood, que ya en otros relatos ha tocado el tema de las casas embrujadas, los antiguos ritos y las trasnformaciones. 

Ilustración de Ivan Aivazovsky, 1878

El viaje a través de las dimensiones está, en dicho cuento, muy vinculado a una figura que a todos los aficionados al cine de superhéroes actual le resultará familiar; el teseracto o tesaracto. El cubo de energía casi infinita que la saga Marvel nos ha mostrado en las películas, y que fue descrito por primera vez en 1888 en un complicado -al menos para mi humilde capacidad- tratado sobre geometría escrito por Charles Howard Hinton. La definición más sencilla sería decir que el teseracto es al cubo lo que el cubo al cuadrado; es decir, multiplica las dimensiones en que la figura está presente y es un paso de lo bidimensional a lo tridimensional, y después a lo tetradimensional. Tiempo y espacio por tanto, son susceptibles de cambio mediante un adecuado tratamiento de los ángulos. Una teoría que el mismo Lovecraft y su círculo darán por buena en sus relatos y que Blackwood aplica con gran acierto en éste. 

Por tanto, podemos decir que Silence es un arquetipo del investigador sobrenatural experto en la materia, creyente, más dado a la contemplación que a la acción y superior en lo intelectual. Una especie de Holmes de lo preternatural al que podéis disfrutar en los relatos: 

-Antiguas brujerías 

-Culto secreto 

-El campamento del perro 

-La Némesis de fuego 

-Una invasión psíquica 

-Una víctima del espacio superior

 

sábado, 23 de julio de 2022

Emilia Pardo Bazán: Entre sacamantecas y brujas



Reconocemos que cuando la editorial Cazador de Ratas nos ofreció la posibilidad de reseñar -inmensamente agradecid@s por la deferencia- dos obras de la gran Emilia de Pardo Bazán, la novela El saludo de las brujas (1899) y tres pequeños relatos -de entre los más de quinientos que escribió- en formato bolsilibro, editados como El destripador de antaño y otros cuentos, en nosotr@s surgió esa indescriptible sensación que mixtura un épico regocijo con una ingente temeridad, pues no es esta autora sino una más del palmarés de escritores a los que admiramos y queremos, no solo por la ingente capacidad literaria/creativa -casi como del quattrocento- que ejerció a lo largo de toda su trayectoria artística -novela, ensayo, obras dramáticas, poesía, artículos, libros de viajes, traducciones..., e inclusive, trabajo editorial (al comandar y sufragar el tan criticado diario independiente de pensamiento sociopolítico El cuento semanal)-, sino también por los valores humanos en los que basó su vida y que, acertadamente o no, defendió hasta sus últimas consecuencias -lo que la hizo estar siempre presente en el disparadero colectivo de la crítica artística, ética y social, de los unos y de los otros-. 

Dicho lo cual, y si sumamos el hecho de que hablamos de una mujer, en la España del mediados del XIX y primer cuarto del siglo XX (1851-1921), demás está decir que constituye para Círculo de Lovecraft un indefectible orgullo el haber podido trabajar con dos de sus obras. Obras que, pese a no perder nunca ese sello suyo, romántico/realista, tan identificativo, se encuadran en contextualizaciones bien distintas que, subjetivamente hablando, las hacen diferentes. Y ¡no!, la cuestión no resulta de la extensión argumental o estilística... es más una cuestión anímica, de aproximación simbólica o naturalista al enfoque creativo. 

En Un destripador de antaño y otros cuentos nos topamos con tres relatos increíbles... El primero, que da título a la antología, se hallaba incluido en su colección Historias y cuentos de Galicia (1900); Vampiro (1901) y Bajo la losa, que pertenece a su serie Cuentos de la Tierra (1888). Es en estos relatos en donde Bazán nos arrebata el juicio y nubla los sentidos, porque, con la maestría lírico/narrativa que la caracteriza, aúna crueldad y belleza, vileza y honestidad -empleando una adjetivización profusa (no en vano es la "madre del naturalismo ibérico")- que la lleva a atormentarnos con tramas pesadillescas que reelaboran los tópicos de terror; tópicos que adapta al ambiente castizo -de usos y costumbres- de su amada tierra gallega. 

Es en ellos en donde la autora escoge con mesura las palabras -que rima y con las que hilaza y edifica complejas estructuras sintácticas- para hacerse abanderada de los dramas y causas sociales -el proletariado, la vida rural y la situación de la mujer- que reflejan el ambiente hosco, pétreo y hostil que se vivía en la España de la época. Sus protagonistas, mayormente femeninos -a veces verdugos, las más, víctimas- expresan, de forma sutil y desgarrada, ese naturalismo de Émile Zola -que tanto la sedujo- que ha hecho que sus cuentos se tengan por verdaderos "ensayos fisiológicos" que demuestran la influencia del medio sobre el desarrollo, a todos los niveles, del individuo; individuo que es aquí paradigma de dolor e incapacidad, de padecimiento: hambre, miedo o castigo -que experimenta con una brutalidad cuasi "asnal"- que, desde el principio, se masca en el ambiente -ominoso y tétrico, boscoso- pero que no llega a redundar en lo soez o macabro -pese a la crudeza que exhiben sus historias-. Una obra excelente; un lujo para los amantes de los relatos, ya sea de los de sus primeros años -La dama joven y otros cuentos (1885), por ejemplo- o de sus composiciones más postreras -Cuentos trágicos (1912)-. 

El saludo de las brujas se encuadra dentro de sus más de cuarenta novelas conclusas. En ella, y a nuestro parecer, la autora consigue rasgar -un mucho- ese "naturalismo Zolista" que tanto se hace de notar en sus cuentos de costumbres. No obstante y aunque cierto es que su estilo es definitorio y definitivo: prosa/lírica, realismo que atraca en activismo social -abrazando siempre su carácter reformador y crítico-, es esta una obra que evoluciona hacia dosis mayores de espiritualismo, de detracción moral y remordimientos ético/religiosos. No en vano, la propia Pardo Bazán escribió, en su ensayo de 1887, La revolución y la novela en Rusia, acerca de la importancia de lo simbólico: 

"El elemento espiritualista de la novela rusa es para mí uno de sus méritos más significativos [...] los realistas franceses ignoran la mejor parte de la humanidad que es el espíritu..." 

Es un libro lírico, de tramoya urbanita, en donde la intriga se enhebra gracias a los prejuicios de clase y las aprehensiones morales que derivan en matrimonios pactados que, a la postre, desembocan en amores trágicos que ondean en limbos..., entre sombras -muy autobiográfico, muy característico de Bazán ("mujer precoz" y que experimentó de lo uno y de lo otro: la conveniencia de una unión y el amor libre)- y que encontramos en otras obras suyas tales como: La cuestión palpitante (1883, ensayo) o la propia La dama joven, anteriormente citada. No es de recibo nombrar su patetismo, siempre inherente, sutilmente mostrado... quizá el propio que desarrolla una mujer adelantada a su tiempo que se conoce sabedora del sacrificio y renuncia que supone vivir al filo de lo que no se considera aceptable. Tal cual argüía: 

"... un error momentáneo de los sentidos, fruto de las circunstancias imprevistas..." 

Y es éste, como tal, el verdadero argumento de El saludo de las brujas; mas, no obstante, ¿qué fue su autora sino una bruja? Una mujer culta, de pensamiento crítico y que vivió y luchó según sus convicciones momentáneas; una mujer que escogió su destino y que, hasta su último aliento, se hizo libre: una Mary Shelley hispana, injustamente tratada -por críticos y literatos- e inmerecidamente leída.

Fragmento de ‘Fantasy Based on Goethe’s Faust’, de Theodor von Holst (1810-1844)

lunes, 26 de abril de 2021

Lo que ruge - Izaskun Gracia Quintana: Ecos de lo desconocido e insólito

Ilustración de Chris Cold
Por Amparo Montejano

 

Reconozco mi indefensión…, la inconsecuente falta de pretensiones con las que, mea culpa, me acerqué a la antología de la autora Izaskun Gracia Quintana. Me explico: muchas veces (otras tantas) mi razonamiento imaginativo se halla (imperceptiblemente) intervenido por una «codificación clasista» que, lo quiera o no, tod@s habremos de emplear en nuestro día a día para la consideración de entidades, objetos, u otros elementos más introspectivos (véase el arte) a partir de unas premisas o etiquetas que, mejor o peor, nos ayudan a caminar por el mundo (y acoger sus parámetros) volcando habilidad y creatividad en nuestro intelecto; intelecto al que reconozco, que, en este caso en particular, debiera de haber cedido más protagonismo. ¿Y toda esta reflexión que parece dictada por el mismísimo Pedrogrullo, para qué, Amparo? Pues para dar una explicación que, ahora sí, anhelo que resulte sencilla de entender: es mi sentido y más sincero reconocimiento hacia Lo que ruge y hacia su creadora, pues ésta que escribe se hallaba errada; sí, me erravisse


Y espero (ese es mi propósito), con esta reseña, lograr que tod@s lo que, tal cual yo, se acerquen a este compendio de relatos con un razonamiento establecido, oteen lo perturbador y gratificante que resulta para el intelecto la ausencia de etiquetas; y es que, el hecho de que estos cuentos (ocho: eternos) no puedan «clasificarse» dentro de una vertiente exclusiva de lo fantástico, no solo es atractivo, sino que, además, es «transcendente». Transcendente porque ayuda, a nuestro Yo más individual y ontológico (ése al que tratamos de coaccionar y condicionar) a caminar hacia el mundo del deseo y de las ideas (el «supra»), y a sentir y a experimentar lo que se siente y se experimenta ante una correcta y bien orquestada obra inventiva. ¿Y cómo sabemos que lo es? Pues porque (casi sin darnos cuenta) Lo que ruge nos aproxima y nos motiva a recorrer el oscuro y confuso itinerario (que no estúpido) que nos lleva hasta el deseo; hasta el sueño luminoso que, en nuestro intelecto, tod@s experimentamos tras una lectura inteligente y apetecible: universal. 

Universal como lo es el arte (el Arte con mayúsculas); el arte que destila la creación comunicativa y estética que todo buen relato debe aportar al alma del que lo degusta. Porque un gran relato carga su temática de magia; temática variada que, como ocurre en este volumen, cumple con un estudiado ritual que es de la humanidad y para la humanidad: lingüístico, sonoro, conceptual… Un ritual que hermana a todos estos cuentos en una loa hacia lo inquietante, hacia lo descorazonador (por tanto, aterrador) y hacia lo que nos resulta weird. Porque estos cuentos, estos ocho cuentos que son plurales (fantasía oscura, ciencia ficción distópica y realismo crudo), me han hecho recalar, siempre desde el punto de vista de lo humano, en el pluralismo de lo ético/filosófico (lo que creemos que es o entendemos que está bien; por supuesto, también en su némesis); en el concepto problemático de la libertad (lo es cuando la propia se dilata más que la ajena); en las nociones de igualdad de trato, de no discriminación; en los derechos y principios (cargados de dimensiones morales) que hacen que todos los Estados sociales (por muy dispares y por mucho que disten, morfológicamente hablando, los unos de los otros), cosifiquen o humanicen, dentro de su globalidad existencial, al ente/ser/individuo que los gesta. 

Porque ese es el arte (el Arte con mayúsculas) de lo breve: hechos reales o ficticios (o una mezcla de ambos, o un poco de cada, o un «sintón» de todo) que, como decía el gran Julio Cortázar, en términos pugilísticos, hacen que el relato gane por knock out (comparándolo con otros géneros narrativos) a la hora de recrear situaciones. Y las de estos cuentos… las de estos cuentos, de prosa ágil y mimada, nos llevan a una realidad X, para, luego, recortarse de ella; nos llevan a unos mundoscolmenas utópicos, para, luego, desencadenar en ellos una hecatombe estructural; nos conducen por una «resignación dolorosa» del dolor, para, luego, experimentar el lúbrico y beatífico sexo que hace de lo vengativo un libertario orgasmo… Ay, qué errada me hallaba, ¡ay! Bravo por la autora que ha creado estos cuentos, y bravo por la editorial que ha permitido que vean la luz. Porque Lo que ruge es arte inteligente, apetecible y universal. Porque lo que ruge, está vivo.

 

Ilustración de Chris Cold

martes, 24 de noviembre de 2020

La violencia y lo sublime en la obra de Robert E. Howard

 Por Jason Ray Carney
Traducción por José R. Montejano
 

Seamos honestos: Robert E. Howard estaba fascinado con la violencia. Boxeo, juego de armas, esgrima, batalla: estas actividades violentas aparecen, ampliamente, en las obras de Howard. Mas ¿con ello entenderíamos que Howard ensalzaba la violencia? 

A veces lo hacía. A veces no. Sería incorrecto afirmar que Howard articuló una sofisticada teoría de la violencia. Y, sin embargo, hay pruebas de que el joven escritor pensaba profundamente en la violencia y no siempre la glorificaba ingenuamente. Consideremos este pasaje de la historia de James Allison, El Valle del gusano; el narrador, James Allison, es una persona discapacitada que recuerda, de forma mística, sus múltiples vidas anteriores y, tal que así describe una de esas batallas: 

 

No puedo pintar la locura, el hedor del sudor y la sangre, el jadeo, el esfuerzo muscular, el astillamiento de los huesos bajo los fuertes golpes, el desgarramiento y el corte de la carne temblorosa y sensible; sobre todo el despiadado salvajismo abismal de todo el asunto, en el que no había ni regla ni orden, cada hombre luchando como quería o podía. Si pudiera hacerlo, retrocederíais horrorizados; incluso el yo moderno, consciente de mi estrecha relación con aquellos tiempos, se horroriza al repasar esa carnicería. 


Howard no es James Allison, por supuesto, pero Howard, como Allison, era un hombre de su tiempo, por lo que atribuir las sensibilidades de Howard a Allison podría ser algo muy, muy interesante. Mas, ¿se horrorizaba Howard, al igual que Allison, ante una violencia sangrienta? Esta es una questión  difícil de responder dada la ficción violenta (pese a ello, amorosamente  escrita) que se haya en la totalidad de la prosa de Howard.

Así pues, ¿qué era lo que Howard pensaba, en general, sobre la violencia? 

Tal vez una referencia biográfica mucho más directa nos ayude a descubrirlo. Consideremos, entonces, un pasaje de El rebelde: Post Oaks y Sand Roughs, una obra cuasi autobiográfico de la vida de Howard de finales de los años 20. El protagonista, Steve Costigan, reflexiona sobre el atractivo que tienen los partidos de fútbol para la gente de la época: 

 

Steve Costigan se sentó en las gradas para ver a los hombres chocar y sangrar, y fue franco en su admisión del hecho. [...] Y en este sentido fue conscientemente honesto, mientras que los espectadores, hombres y mujeres que rugieron por un touchdown, fueron tan inconscientemente deshonestos como aquellas damas y senadores que abarrotaban los anfiteatros de la antigua Roma para discutir la habilidad y la belleza de las carreras de carros [...] y secretamente se emocionaron al ver cómo los carruajes morían bajo los cascos frenéticos. 

 

Aquí Howard arremete con uno de sus temas perennes: la hipocresía de la civilización, la forma en que las reglas de comportamiento cortés a veces oscurecen y ocultan un salvajismo subyacente. Y esto nos recuerda la tan citada reflexión del joven Conan el Cimmerio en La Torre del Elefante: "Los hombres civilizados son más descorteses, por norma general, que los salvajes, porque saben que pueden ser descorteses sin que les partan el cráneo".

Howard no siempre glorifica la violencia. En cambio, muy a menudo reconoce cómo, quizás de forma trágica, la violencia es una característica intrínseca del ser humano. De esta manera, Howard encuentra un sorprendente aliado en un gran intelectual del período de entreguerras, Walter Benjamin (1892-1940), el famoso místico judío y filósofo marxista. 

En la sección V de las Tesis de Benjamín sobre la Filosofía de la Historia (1942), afirma: "Es ist niemals ein Dokument der Kultur, ohne zugleich ein solches der Barbarei zu sein. / No hay ningún documento de la civilización que no sea al mismo tiempo un documento de la barbarie." 

Aquí Benjamín transcribe la teoría de Marx (del siglo XIX) "Sobre el antagonismo de clase como motor de la historia" a un lenguaje lírico. Incluso para Benjamín, el arte más bello, por ejemplo, la inquietante composición orquestal de Stravinsky, El pájaro de fuego (1910), es sin embargo una oda oscura cantada por una sociedad sometida a una lucha interminable entre los que tienen y los que no tienen nada. ¿Podrían estas notas (trémulas) de 1910 prefigurar la cacofonía  que supuso la guerra de trincheras? Howard se atrevió a hacer esa comparación tan singular.

Resumiendo: Howard estaba fascinado por la violencia. A menudo, de forma pueril, la glorificaba en el registro del relato pulp, aunque su comprensión de ella fuese madura, lo mismo que sucedía con otros muchos, como William S. Burroughs, con el que compartía esa visión clara y trágica de la violencia. Burroughs habló de esta forma en una entrevista realizada en el año 1991: 

 

Este es un universo de guerra. Guerra todo el tiempo. Esa es su naturaleza. Puede haber otros universos basados en otros principios, pero el nuestro parece estar basado en la guerra y los juegos

 

La guerra y los juegos. La espada y el boxeo. Los juego de guerra y el fútbol. 

Como punto de reflexión qué mejor que un fragmento de una carta (diciembre de 1934) a H. P. Lovecraft, en donde Howard opina del siguiente modo acerca de la ubicuidad del derramamiento de sangre en la historia de Texas: 

 

Con frecuencia, las guerras, enemistades y peleas entre los pueblos no eran el resultado de una agresión deliberada por parte de ninguno de los dos bandos, sino simplemente de condiciones económicas, climáticas e incluso geográficas que escapaban al control humano. [...] Difícilmente se puede elegir una disputa occidental y decir con certeza que un lado fue "montado" y el otro "equivocado". 

 

Para Howard la violencia no es solo una cuestión de valor moral..., también es innata, como una tormenta, una plaga o un volcán en erupción. La violencia no es solo fea. También es sublime a la par que aterradora y, las más de las veces, se escapa (porque va más allá) de nuestro control.