miércoles, 26 de febrero de 2020

Regresa su voz, por Luis Gómez

Ilustración de Chris Van Allsburg
Por Luis Gómez García



The dead do not need 
aspirin or 
sorrow, 
I suppose. 
but they might need 
rain. 

CHARLES BUKOWSKI, «Everything», 
de The Roominghouse Madrigals: Early Selected Poems 1946-1966 

Dejó de llover a finales de marzo. La sequía ha devastado la finca en estos seis meses ásperos e interminables. Incluso los fantasmas han huido, supongo, a la espera de que regresen las lluvias. No me acostumbro a vivir sin su presencia tranquilizadora. Las pesadillas duelen más desde su marcha, y aunque el médico ya me advirtió de que el tumor las agravaría, estoy convencida de que su partida repentina las ha empeorado. 

Anoche me despertó un repiqueteo en los cristales del dormitorio, un susurro de agua semejante al de un breve aguacero estival, pero debió de ser un sueño. Me asomé descalza a la ventana. Los visillos permanecían quietos y solo se oía el rumor de las chicharras más allá de la negrura que rodeaba la casa. Escudriñé la oscuridad sin parpadear, atenta al silencio de la calle distante. La silueta redonda de los pinos se recortaba contra el firmamento estrellado. Reconocí el tendedero vacío y la alambrada que ciñe la parcela, cubierta a medias por la hiedra. Esperé en vano su llegada y luego rompí a llorar. 

Lo único que me une a este pueblo arrugado en el fondo de la meseta castellana es su cementerio. Desprende un aroma reconocible cuando llueve. Pensé que me acostumbraría a sus viñedos lentos y al invierno azotando frío contra las casas, y apenas tolero tanto cielo, y tan abierto, aplastado ahora por el sol implacable de septiembre. 

―Entonces ―oigo la voz de Fernando a mis espaldas, en el umbral de la puerta, como si aguardara una señal mía para entrar en la cocina, que es suya―, ¿estás decidida a irte? 

Me giro sonriente hacia él, con los brazos cruzados sobre el pecho. Aún conserva el aire majestuoso de sus fotografías juveniles, la pose elegante de cirujano discreto que yo no conocí. Amo ese pelo revuelto, ahora cano, y esa cara soñolienta que me sigue a todas partes. Los dos pensábamos que él moriría primero. La diferencia de edad ―veintidós años― entraña esa lógica. En ocasiones es un foso de incomprensión y soberbia, pero también hay en ella una ausencia de expectativas, y eso nos mantiene a salvo de la pereza en la que se corrompen tantas parejas. 

―Estoy muy asustada ―respondo―. No puedo bajarme del tren en Barcelona e ir directamente a la consulta. Necesito ver a mi hermana y cerrar esa herida. Llevamos demasiado tiempo sin vernos. 

La seriedad le delata. Quiere pedirme explicaciones y no se atreve, estoy segura. Espero. Nuestros miedos tropiezan en silencio a mitad de camino, sobre la encimera de la isla, donde aguardan desde la cena dos copas solitarias y una botella sin descorchar del último Garnacha, el del viñedo de arriba, tan viejo y digno. 

―Quiero acompañarte ―dice. 

―Ya lo hemos hablado. 

―Sigo sin entenderlo, Aurora. 

La idea de involucrarlo en mi enfermedad, en la perspectiva de una muerte temprana, y, de esa forma, ahogarnos juntos, me resulta inaceptable. No quiero que su dolor contenga el mío. Nos volveríamos condescendientes el uno con el otro y terminaríamos sepultados bajo una losa de falsa compasión. Él piensa lo contrario. Cree que si insiste me convencerá. ¿Cómo no amar a un hombre así? 

―Son tres días ―digo―, hasta el viernes por la tarde. Recógeme a la vuelta en la estación y llévame a aquel restaurante… 

―¿El Figón? ―me interrumpe. 

―Sí, ese. Bebamos, seamos felices. Juguemos después toda la noche. 

Siento un escalofrío de placer en las ingles y cambio de postura. 

―Te quiero ―dice. 

Me acerco, nos abrazamos. El cuello le huele a fatiga. Aprieto los dientes para contener las lágrimas y dejo que su respiración ocupe mi hombro izquierdo. Son las doce y media en el reloj de la pared. El paso del tiempo tiene un ritmo más veloz en la última semana, desde que me telefonearon del hospital. Una millonésima de segundo en diez mil años, por ejemplo, pero suficiente para olfatearlo en el aire, como si fuera parte de un protocolo accesible solo a los enfermos. Al separarnos me agarra las manos con fuerza. 

―Eres lo mejor que me ha pasado en la vida ―digo. 

 Me mira a los ojos. 

―Vámonos o perderás el tren ―replica. 

Un silencio sin pliegues nos envuelve a medida que bajamos las persianas de las habitaciones. Por un breve instante pienso que la casa quiere hablar conmigo; no en un enfático gesto de despedida, sino con un apagado rumor de advertencia. Luego el sol nos ciega la vista al salir y me olvido de ello. 


Viajar me trae a la memoria los terrores nocturnos de la infancia. Se hicieron incesantes en torno a los ocho o nueve años. Mi abuela Flor recomendó a mi madre que me llevara ante la Virgen. Les espantaba la posibilidad de que yo fuera una demente. Todos los niños tienen terrores nocturnos, claro, pero los míos dejaban marcas en las paredes y llenaban de zarpazos la madera de los muebles. Lo cierto es que no recordaba nada al despertarme, y eso los volvía más amenazadores aún. Los fantasmas aparecieron después. 

Cruzamos la península de Badalona a Trasierra, un pueblecito de Badajoz próximo a Llerena, hogar de mis antepasados paternos. Kilómetros y kilómetros de trenes y autocares, postes de teléfono y llanuras sin cultivar. El sonido de las vías y las carreteras tenía una textura mineral. No dormí un solo minuto en todo el trayecto, incapaz de despegar el rostro del cristal de la ventanilla. Llegué a orinarme encima. En la ermita, un sacerdote de pasos sigilosos puso su mano callosa en mi frente e hizo la señal de la cruz. Los dedos le apestaban a nicotina. Tuve una arcada que le hizo apartarse de mí con un movimiento brusco. Lo miré perpleja, babeando. Mi madre y mi abuela se santiguaron repetidas veces hasta que él se aproximó al banco donde estaban sentadas. Cuchichearon entre sí mientras yo contemplaba embobada el polvo que flotaba al trasluz en el aire. El cura entró en la sacristía y regresó con una medallita que introdujo en la pila de agua bendita. Se persignó al sacarla y me la colgó del cuello. Masculló que eso los mantendría alejados. No supe a qué se refería. 

* 

La estación exhala un aliento de polvo y cristaleras refulgentes en mitad de la planicie. Nos adentramos en un vestíbulo de tiendas con carteles de «Se alquila» bajo los cierres metálicos. Buscamos en el panel electrónico el andén y la hora de llegada de mi tren. Fernando se pregunta en voz alta dónde está la cafetería. No hay. Su aparente despiste me pone nerviosa. Una máquina de vending se anuncia a sí misma en una esquina. Tras las botellitas de agua colocadas tapón abajo, en filas perfectas, y los envases relucientes de patatas fritas y frutos secos, parpadea sin cesar una luz plomiza. 

―Ya no tengo sed ―digo. 

Tampoco vemos a nadie con maletas o trolleys. La mujer uniformada de azul claro que friega el suelo con largas brazadas, igual que si levantara en las baldosas un suave oleaje, parece esfumarse en el espacio vacío que la rodea. De niña percibía a mi lado la presencia de espíritus más sólidos. 

―¿Este lugar es siempre así? ―pregunto. 

Fernando mira en torno suyo. 

―Alguien ganó mucho dinero vendiendo estos terrenos tan alejados ―contesta―. Pensé que preferirías el AVE. Es un viaje más breve, sin paradas. 

Le aprieto el antebrazo en señal de agradecimiento. 

―¿Puedes verla? ―digo. 

―¿A quién? 

―A la mujer de la limpieza. 

―Sí, claro. ¿Por qué no iba a poder? 

Aunque está acostumbrado a mis visiones, a Fernando todavía le cuesta reaccionar cuando le hago preguntas así. Es el único hombre que no me ha abandonado llamándome loca o chiflada, como mi hermana. Poco después de conocernos, una noche en que bebíamos vino y follábamos en un hotelito de Montparnasse, cerca del cementerio, cuyos mausoleos eran visibles desde el balcón, le confesé que mantenía una relación especial con el más allá. Si iba a salir corriendo, pensé, que fuera pronto. Encendió un cigarrillo, me lo puso en los labios y me acarició la cara con sus dedos impregnados de sexo. 

―¿Significa eso que hablas con los muertos? 

―Bueno ―titubeé, sorprendida por su franqueza―, no es exactamente así. De vez en cuando tengo jaquecas muy intensas. Si estoy en un lugar habitado por un espíritu, siento su presencia. 

―¿Puedes verlos? 

―No ―mentí, acobardada de pronto por el miedo a perderlo; hice una pausa y añadí―: Quería ponerte a prueba. Solo es cierto lo de las jaquecas. Si el dolor es muy agudo, veo formas borrosas, como manchas en el aire. Me gusta creer que son fantasmas. Es un juego infantil, nada más. 

―No me importa que seas una médium ―rio―, siempre que no utilices conmigo tus poderes. 

Apreté su pene con fuerza y soltó un grito. Nuestras bocas estaban tan juntas que mi aliento rebotaba intacto en sus mejillas, extendiéndose por la piel como si fuera combustible. Me deslicé hasta su vientre y seguí más abajo, segura de mí misma. Vivíamos juntos desde hacía un año cuando sufrí un ataque de pánico en una casa rural de la montaña leonesa. Demasiados fantasmas, demasiada melancolía entre ellos. Fernando me trasladó al hospital de Oviedo. Allí lo admití todo. 

―Es una enfermedad ―concluí en tono lúgubre―. Nunca lo veas de otra manera. 

―Ese pueblo ―dijo―, Rionsele, era un sitio abominable. No debimos ir. 

Por la ventana de la habitación entraba el sol de mediodía. El amor se pone a prueba cuando tienes que sumergirte en las tinieblas de tu pareja. Es similar a la forma como yo ahondo en la memoria de un fantasma. No hago preguntas. No juzgo. Lo denomino intuición de las sombras: percibes el abismo y te lanzas a él sin dudarlo. Es un acto de salvación mutua. 

―No m'agrada aquest lloc ―murmuro de un modo inconsciente, alarmada por las cristaleras de la estación y las puertas automáticas que se abren y cierran solas a nuestras espaldas. 

Fernando me atrae hacia él. El simple roce de sus dedos en mi cintura tiene un efecto sedante. La limpiadora se fija en nosotros, se acerca, sonríe. Tiene la dentadura amarillenta y dos manchas de sudor en las axilas. Su olor corporal acentúa mi malestar. Quiere saber si me encuentro bien. Respondo que sí, que no se preocupe, y nos alejamos de ella. 

―¿Qué sucede? 

―Algo no encaja ―respondo. 

―¿Es esa mujer? 

―No, es la estación. 

―Es una simple estación de tren, bastante vulgar, por cierto. Demasiado nueva para estar habitada por fantasmas. 

―Lo sé. Necesitan un vínculo con el sitio donde viven y aquí no parece haber nada de eso. Es el edificio, como si reclamara ser ocupado por ellos. 

Fernando me mira con extrañeza. 

―A veces me desconciertas ―dice. 

―Tampoco yo lo entiendo ―protesto―. Esta sensación es nueva para mí. 

―¿Quieres una botella de agua? En el tren no hay cafetería. Tendrías que llevar agua y unos sándwiches. Vas en un vagón de silencio. 

―¿Y eso qué tiene que ver? 

―Los demás viajeros podrían molestarse si te mueves de un lado a otro. 

―Eso es absurdo ―replico―, pero vamos. No quiero comprobar demasiado tarde que tenías razón. 

Echamos a andar en dirección a la máquina de vending. Fernando hurga en los bolsillos del pantalón en busca de monedas. Se le cae una, rebota dos veces y empieza a girar enloquecida sobre sí misma. Su sonido metálico retumba a lo largo del vestíbulo igual que si lo hubieran amplificado con un micrófono. Miro a mi alrededor. Una nube, en alguna parte del cielo, oculta el sol brevemente. El interior de la estación se queda en penumbra durante unos segundos, lo suficiente para que un escalofrío atraviese mi espina dorsal. 

Anuncian la llegada de mi tren por megafonía y apremio a Fernando para despedirnos. Me invade un miedo repentino a no regresar de Barcelona. Dicen que las personas desahuciadas por los médicos temen no despertar jamás si se quedan dormidas. Es un miedo infundado. Claro que te despiertas. El problema es que no puedes volver. 


De los viajes al pueblo conservo el recuerdo de unos trenes oscuros, estridentes, que olían a frío humeante de tabaco y cansancio. A mi hermana y a mí nos juntaban en un solo asiento de aquellos compartimentos de ocho plazas, decorados con fotografías en blanco y negro sobre el reposacabezas. Dormitábamos casi todo el tiempo, acurrucadas la una contra la otra, tiritando de frío o agotadas por el calor. Los nuevos vagones son higiénicos, sensibles, mudos, pensados para mantener las distancias y el desinterés. El horizonte relampaguea sobre los campos agostados por la sequía. Contemplo en el cristal el reflejo de una mujer consumida, con la cabeza rasurada bajo un pañuelo de seda natural, y me acuerdo de los días de felicidad que siguieron a mi primer encuentro con Fernando. 

Hace dos semanas consideré la posibilidad de abandonarle. Estuve sentada en el columpio del jardín hasta bien entrada la madrugada, sopesando los pros y los contras. Vi cómo trajinaba en la cocina y luego apagaba las luces de la casa y se retiraba a dormir. El silencio se hizo tan sólido que su respiración cadenciosa llegaba con nitidez a mis oídos. Me habría gustado que viniese a mi lado, que no mostrase esa clase de desinterés emocional tan masculino. Después me peleé con la rabia y la tristeza. Decidí que era una estúpida. Fernando tiene dos hijas que no han aceptado nuestra relación. Me culpan del divorcio, del fracaso familiar, a mí, que aparecí por casualidad al final del naufragio. La mayor vive en Londres y la otra en Madrid. Está tan solo que ni siquiera lo persiguen sus fantasmas. Subí a acostarme y lo encontré desnudo sobre la cama. Los insectos zumbaban enloquecidos en la noche. Lo desperté y le obligué a penetrarme. Tuve un orgasmo pesado, breve, como perteneciente a otra mujer. Un preludio del olvido que me espera. 

No me he fijado al subir si había alguien más en el vagón. Quizá está vacío. Mi vida entera es un vacío a estas alturas. 

¿Dónde estamos? Tendría que recordar el nombre de este paisaje de barrios acuclillados ante viejas chimeneas industriales, semejantes a los de la Badalona donde me crie, a los de cualquier periferia de emigrantes. Reconozco esa aleación de ropa tendida en las ventanas y pueblos a los que regresar en verano, esa amalgama de pasados de tierra adentro que nunca logras borrar de la piel, pero no puedo fijarla con exactitud en la memoria por más que me esfuerzo. Mi niñez está sepultada bajo una losa de cadáveres en busca de descanso. 

Al principio adivinaba la presencia de los muertos en ciertos gestos involuntarios. Comenzaba por morderme las uñas. Me arrancaba trocitos de piel con milimétricos bocados de los incisivos. Las pupilas se me dilataban al contacto con las yemas de los dedos, que olían a suciedad y saliva. Mi madre se empeñaba en untármelos con un aceite grasiento, maloliente, cuyo amargo sabor avivaba el destrozo. Me detenía cuando notaba en los labios el sabor de la sangre y los músculos de las piernas se me contraían en espasmos. Necesitaba levantarme si estaba sentada, sentarme si estaba de pie. Las jaquecas aparecieron con la primera regla, a los trece años. En ocasiones veo al fantasma tras la persona con la que hablo, recortado en el aire como una silueta proyectada desde el mundo de los vivos. Gritan o lloran; nunca dicen nada. Entonces surge el ahogo, la urgencia de chillar, de estrellar contra la pared lo primero que tengo a mano, esos arrebatos incomprensibles que Fernando maneja con absoluta destreza. 

El vagón apesta de pronto a humo de tabaco. Mi padre murió en un accidente de coche y yo supe que había regresado a casa por el inconfundible olor a Ducados en mi cuarto. Tengo el dedo índice en la boca, sangrando, y la sensación de que el tren frena suavemente, como si se alzara sobre la vía. 

Está a mi derecha, lo que fue un joven en vida, un adolescente quizá, irreconocible, aniquilado por el fuego. Su ropa hecha jirones flota en el aire enrarecido, mohoso, gélido. Me pongo de pie y contemplo el vagón, que ha perdido su textura física y se ha transformado en una reverberación fosfórica, semejante a la de unas olas cenagosas en una mar tranquila. Hay mujeres y niños y niñas, abrasados, rodeándome con ese desconsuelo de quien escucha desde la muerte el sonido de la vida. La mía. 

Sus miradas suplicantes se entorpecen unas a otras. 

* 

Un edificio de cuatro alturas encajonado entre dos inmuebles de traza más moderna. Eso es lo que veo. El aire de fuera está turbio, tiene el color de una tormenta seca, de una espuma eléctrica que se vierte muy despacio sobre el suelo. Los límites entre la cordura y la realidad se desvanecen. Tres vigas metálicas sostienen la fachada ennegrecida, apoyadas en una tapia cubierta de pintadas y carteles a medio arrancar, desprendidos por los bordes, formando un engrudo consistente de papeles sucios. Los huecos de las ventanas traslucen una montaña de escombros. La calle, sin embargo, está vacía. No hay coches aparcados en la calzada ni transeúntes por las aceras. No hay nada. Las ruedas del tren chirrían sobre los raíles. Nunca antes había sentido un sufrimiento así a mi alrededor. Me tapo los oídos y cierro los ojos. Al abrirlos, la visión se ha desvanecido. El tren coge velocidad. No distingo la casa al alejarnos. Las otras sí, pero no esa. 

 

Magda se alisa la falda al verme en el vestíbulo de Sants. Nuestro último encuentro fue hace siete años, un mes después de su divorcio, cuatro tras el fallecimiento de nuestra madre. Bebíamos cerveza en la terraza de un café del Born. La tarde era pegajosa y húmeda. Discutimos, claro. Hubo reproches, risas absurdas, y a continuación esa vaga certeza de que la memoria también es una batalla a librar entre hermanas. Le regalé unos pendientes de bisutería que costaban nueve euros con sesenta. Ella a mí nada. Lo estaba pasando mal, alegó. La animé a ponerse unos aretes en los pezones y enrojeció hasta la raíz del pelo. 

―¿Desde cuándo no echas un polvo en condiciones? ―le pregunté. Contemplábamos embobadas a un grupo de adolescentes que reían a lo lejos; ella chasqueó la lengua. Esperé lo suficiente antes de seguir, para que entendiese que hablaba en serio, y añadí―: Ese cabrón se merece el peor destino que puedas imaginar. Tienes que vivir de nuevo. Vivir ―subrayé. 

Me acusó de ser una resentida. No nos vemos desde entonces. Hemos mantenido el contacto a través del whatsapp: qué tal estás, todo bien, mañana es el aniversario de los papás, cosas así. Hubo una temporada en que mandaba vídeos religiosos y bulos racistas a los que nunca respondí. Se cansó pronto, igual que se cansaba de mi indiferencia si me mantenía al margen de sus provocaciones. Magda me saca trece meses y jamás ha sentido la presencia de los muertos a su alrededor, o eso creo. Me detesta por ello. Pasó de afirmar que yo fingía a escupirme guillada a la cara, un día tras otro, con ese mezquino instinto para el odio que desarrollan las hermanas mayores. 

Avanzo hacia ella con la mejor de las sonrisas. Nuestro abrazo es silencio. Juntas otra vez, a solas de nuevo, desprovistas de confianza y palabras. Nos dirigimos a la parada de taxis. 

―¿A qué hora tienes mañana el médico? ―dice. 

―No es necesario que me acompañes. Solo quiero estar contigo antes y después del hospital. Allí no. 

Reprime las lágrimas. Aprieta mi mano izquierda y un leve rubor me sube desde el cuello. Un anciano que lee un periódico nos mira con dureza al pasar. 

―Gilipollas ―gruño, sin que ella lo oiga. 

La luz de Barcelona me golpea con fuerza nada más salir de la estación. La recordaba más amable, como si se derramara sobre el mar, tan opuesta al cielo del pueblo, endurecido por la tierra. Es posible que mi geografía adolescente haya cambiado. 

He reservat a les deu en un lloc nou de Diputació ―me dice ya en el taxi. 

El taxista, un joven corpulento mal afeitado, nos acecha por el retrovisor. Las esteladas se alargan con avidez desde terrazas y balcones que la velocidad me impide contemplar con calma. Ya nada es como antes, salvo los muertos, que palpitan de idéntica manera en todas partes. 

―¿Ha habido un incendio hace poco? ―le pregunto a Magda―. Als afores, prop de les vies del tren a l'Hospitalet

Frunce el ceño. Conozco esa mirada inquisitiva. 

―¿Un incendio? 

―Una casa de cuatro pisos, de esas antiguas, como en la que estuvimos alquilados antes de mudarnos a Badalona. 

Se encoge de hombros. 

Al juliol va cremar un edifici al Poblenou ―nos interrumpe el taxista―. Estava ocupat per immigrants

―Está todo hecho un asco ―dice Magda―, con los manteros y los inmigrantes. 

―Dejemos la política, ¿vale? ―replico, sin dar al taxista la posibilidad de seguir hablando.

―Para vosotros es fácil ―insiste ella―, solos en un pueblo de Castilla, sin más compañía que los perros y los viñedos. 

¿Y qué fueron nuestros padres?, pienso. Mi padre abandonó Trasierra en el verano de 1975, animado por un primo suyo que trabajaba de tornero en la Mikalor de Sabadell. Le prometió a mi madre, antes de subir al coche de línea, que vivirían con dignidad. Tendrían esperanza y no se dejarían intimidar más por los ricos del pueblo. Puede que fuera así, no lo sé. Los domingos, al salir de misa, mi padre se refugiaba en un bar próximo. Se prendía un clavel en la solapa y cantaba tangos extremeños de Porrina de Badajoz. No sé por qué le gustaba Porrina de Badajoz. Yo lo escuchaba embelesada desde fuera, encaramada a una ventana. Aquella luz se rompió tras el accidente. Nos dejó a las tres en tinieblas, no solas o ciegas, sino impotentes para continuar juntas. 

Me llevo la mano a la frente. Todavía siento leves pinchazos en las sienes. 

―¿Tienes jaqueca? ―dice. 

―Ya sabes. ―Guarda silencio―. Són els morts ―susurro. 

―¿Por qué sigues hablando de esa mierda? No lo entiendo. 

¿He mencionado ya su tono de voz cuando me arroja a la cara su desprecio? Magda es de esa clase de personas que frecuentan la ofensa y la humillación con toda naturalidad. Nunca modulan su encono. ¿Para qué? Dejarían de ser ellas mismas. Fernando es más benevolente que yo. No comparte la dureza de mis juicios familiares. La disculpa si le relato algún episodio funesto de nuestra niñez. Llegué a creer que su discreción reflejaba una falta de confianza en mí. Estaba equivocada. El amor, en definitiva, es una cuestión de escuchar en silencio. 

―La sequía ha sido terrible ―digo. 

Se pone rígida en el asiento. 

―¿Eso supone mucho dinero? 

―Tenemos ahorros, saldremos adelante. 

No es verdad. Mi tratamiento los ha consumido por completo, para nada. A mi muerte todo se perderá. Fernando venderá la bodega y las fincas y regresará a Madrid o buscará a sus hijas. Algunas mañanas, al clarear, lo veo fumar en el porche. Me acerco a él por detrás, descalza, y no siente mis pasos. Los aleteos de su tristeza son inasibles y están llenos de rugosidades. Lo sé porque los muertos lloran así junto a mí, de esa manera brevísima también. 

* 

Mi hermana vive en el tramo de Nació que desemboca a cara de perro en la Meridiana, en un anticuado edificio de cuatro alturas. El portal escupe una mezcla de humedad y olores viejos que se arrastran hacia arriba por el hueco de la escalera. Siento un escalofrío al entrar en el piso. Dejamos la maleta en una de las habitaciones y me enseña el resto sin ningún entusiasmo, ella delante y yo detrás. El linóleo bulle de manchas, el gotelé parece consumido por los años y una pátina verduzca cubre los pernios y los tiradores de las puertas. Los azulejos blancos de la cocina evocan nuestras peleas infantiles. Nos acosábamos hasta caer rendidas. 

―Estoy poco en casa ―se justifica―. Tampoco he encontrado nada mejor. Los alquileres están por las nubes. 

―¿Y Badalona? 

Ni siquiera me mira. Abre el frigorífico medio vacío y saca una botella de vino blanco. 

―Demasiados moros ―responde―. Además, aquí estoy a diez minutos de la oficina. 

Magda estudió Magisterio en el Mundet, pero nunca ha ejercido de profesora. La oficina es una gestoría administrativa donde confecciona nóminas. Supongo que es feliz en ese simulacro de importancia. 

―Está todo muy cambiado, ¿no? ―digo. 

No le da tiempo a contestar. El nombre de Fernando parpadea en la pantalla del móvil. Insiste en saber cómo ha ido el viaje. Me resisto a hablarle de la casa del tren, no por mantenerlo al margen sino por mi propia angustia, que aún permanece viva. Al final lo hago. 

―¿Había algo? ―pregunta. 

―Solo la casa ―miento. 

―¿Los sentiste en el vagón? ―Sabe que atraigo a los fantasmas desde lejos, igual que un faro en mitad de una borrasca. 

―Era un vagón de silencio, ¿no te acuerdas? Es lo único que había: silencio. 

Quiero saber qué ropa lleva puesta. 

―El pantalón corto azul ―contesta. 

Una oleada de calor me inunda el vientre. Magda se afana en arreglar un jarrón con claveles frescos que ha comprado para agradarme. Habrá olvidado que las plantas me aburren tanto como a ella, pero le acepto el detalle con un gesto. Recorro el pasillo hasta el cuarto de baño. Dos velas aromáticas de color violeta realzan la repisa del lavabo. ¿No debería de oler a moras dulces o frambuesas o frutas del bosque? Los aromas artificiales encubren el hedor de las casas inhabitadas, como lo es esta en realidad, pero aquí huele a amoniaco. Una anciana de rasgos huesudos y deformes aflora dentro del espejo. De su boca, que se reduce a dos filas de colmillos diminutos y perfectos, brota una especie de aliento que estampa en el cristal un círculo helado, denso como una neblina de invierno, que oscila con la precisión de un metrónomo. Le sostengo la mirada y desaparece. 

―Busca esa casa, por favor ―digo. 

 ―¿Qué te pasa? 

―Nada, de verdad ―miento de nuevo―. Estoy muy removida del viaje. 

Pulso el interruptor de la luz y el tubo fluorescente estalla sin hacer ruido, cubriéndome con una lluvia lenta de cristales. Magda aparece al instante. 

―¿Esto es tuyo? ―dice. 

Hago un gesto de negación con la cabeza. 

―Vaya mierda de casa ―rio nerviosa. 

También ella se echa a reír y nos abrazamos. Cuando me asaltaban las visiones en su presencia, se las ocultaba con una mezcla de desgana, ironía y bromas hirientes. La detestaba y quería protegerla, todo a un tiempo. ¿Cómo decirle que las paredes de la bañera están cubiertas de sangre, que jamás he visto nada así, que no podría describírselo sin caer aterrorizada yo con ella? 


Damos un largo paseo hasta el restaurante, serpenteando entre la Sagrada Familia y el Palau Macaya y la Pedrera, tan orgullosos en su soledad asediada por la gente. Resulta difícil caminar entre los turistas que estrangulan la ciudad, antaño iluminada por la vida. Barcelona se ha convertido en un poltergeist de su pasado, en un telón de fondo borroso e irreconocible. Pero amo a esta ciudad por encima de todo. 

Mis primeros meses de convivencia con los espíritus transcurrieron en sus calles. Hacía novillos en el colegio casi a diario, porque en mi cuarto se escondían cada noche las sombras. Bajaba en autobús desde Badalona y paseaba. Solo hacía eso: pasear. El Raval era el único lugar donde me sentía a salvo de ellos. No temía que me agredieran, por supuesto, como sí sucedería más tarde con los hombres que acechaban de madrugada mi regreso a casa; simplemente ignoraba qué querían de mí, y eso me asustaba. Rehuí su presencia con bastante eficacia hasta cumplir los quince. Una mañana, en la Riereta, alguien me agarró del hombro por detrás. 

―Tú puedes ver la muerte, niña ―oí. 

Tropecé con un bolardo en el intento de huir de la mano que me retenía y di con mi cuerpo en el bordillo. Recuerdo la escena con nitidez: la mujer sonríe, me tiende el brazo y lo sostiene en el aire hasta que lo acepto. Es una anciana mulata de ojos tostados y pelo canoso, recogido en lo alto de la cabeza con una felpa a rayas blancas y negras. Viste una túnica multicolor estampada de flores y grandes hojas de palma. De inmediato sabré más cosas; su nombre, por ejemplo. Odalys Rodríguez regentaba un boliche de productos esotéricos, así lo llamaba ella, en la esquina de Santa Elena y Les Carretes: libros, inciensos, hierbas, sahumerios, secretos. Me convenció para que la acompañara. 

Al fondo de la trastienda se ocultaba una puerta con un rótulo de almacén. 

―No temas. ―Me invitó a entrar con la mano y titubeé―. Es el ilé, la casa de los orishas. 

Flores frescas y canastillas de frutas brillaban a los pies de unas imágenes de santos. 
La atmósfera resultaba sofocante. Le pregunté si también ella los veía, pero no me respondió. 

Canturreó una melopea incomprensible delante de una vela encendida y los fantasmas nos rodearon poco a poco. Estaban lívidos. Imaginé que Odalys los había convocado a su pesar. 

―Deja que entren en ti, mijita ―susurró―, que sepan quién eres. Utiliza ese don tuyo. Es un milagro. 

Durante los dos años siguientes aprendí a mantenerlos a distancia, a sentir lástima por su tormento. Tan pronto parecían enfurecidos como dolientes o extraviados; sin embargo, jamás articulaban ningún sonido. Quise saber por qué no me hablaban. 

―Los orishas los enmudecen para que no los ayudemos a volver ―contestó Odalys―. Se desorientan al despertarse en el más allá e intentan regresar a la vida que han perdido. 

―¿No recuperan la voz? 

―Sí ―dijo―. Podrás escucharlos cuando tu muerte esté próxima. 

―¿Y hasta entonces? 

―Convive con ellos, entrégales tu amor. Serán felices a tu lado. 

Magda me saca del ensimismamiento. Estamos ante la puerta del restaurante, un local limpio, nuevo, que todavía huele a vocación y esperanzas. Una camarera oriental nos conduce a la mesa. 

Una ampolla de cava, si us plau ―dice; espera a que se retire la camarera y añade―: Llevas razón. Demasiado tiempo sin hacerlo. Al menos he aprendido a beber buenos vinos. Es lo que tiene la falta de sexo. 

Consigue que me ría. Se lo agradezco. 

―¿Recuerdas cuando te sorprendí masturbándote bajo las sábanas? ―digo―. ¿Qué años tenías, dieciséis, diecisiete? 

―Diecinueve. 

Suelto una carcajada. 

―¿Tan mayor eras? ―exclamo por lo bajo. 

―¿Que tiene que ver la edad? ―refunfuña. 

―No lo digo por eso, idiota. Tenías novio. 

―Jordi era un memo. Se corría solo con tocarle. 

Río de nuevo. 

―Lo pasábamos muy bien en esa época. Yo te admiraba mucho. Eras una especie de diosa. 

Se pone seria. 

―Creía que me odiabas. 

―Al principio sí, después de la muerte de papá y las apariciones. Te necesitaba, pero me rechazabas una y otra vez. 

Se hace un silencio entre nosotras.

―¿Qué ha sido de Odalys? 

―Murió hace tres años ―respondo―. Me visitó con frecuencia hasta que descubrieron el tumor. Llevo semanas sin verla. 

Magda agacha la cabeza y juguetea con los bordes de la servilleta de tela. Después me mira sin parpadear. 

―Desde que lo supe no dejo de darle vueltas a la posibilidad de… 

―¿De que mis visiones sean una antigua enfermedad que ha dado la cara ahora? Se lo pregunté al médico. Dijo que no había un diagnóstico concluyente. ―Pienso si debo hablarle del incidente del tren o de esos fantasmas que me dejaron un sabor a mugre en la boca―. Así que a lo mejor estoy tarada, como decía la abuela Flor. Quién sabe. Al menos no he tenido hijos. Me aterraba engendrar un monstruo idéntico a mí. 

La camarera aparece con la botella de cava, sirve las copas y toma nota de los platos. 
La luz se despliega en una gama de ocres y verdes que dan al lugar un aire transparente. 

Magda pide Tomàquet farcit en textures, Verdures i fruites d'estiu en cocotte y Peix del mercat cuit sencer. Conserva el acento extremeño que heredó de mi madre. 

―Pau estaba obsesionado con la idea de tener hijos ―dice―. Me culpé de que no llegaran. Después del divorcio pasé una temporada horrible. 

―Quizá no nacimos para ser madres. 

―Mi exsuegra repetía que una mujer estaba incompleta sin ser madre. Era odiosa. 

―Valiente imbécil ―digo―. En ocasiones somos nuestras peores enemigas. 

―¿Volviste a ver a papá? 

―Nunca ―respondo―. Desde el día del accidente, nunca. 

Le diría que algunas noches reclamo su presencia a mi lado, que solo conservo un vago recuerdo de aquella primera aparición, que he llorado mucho desde entonces. Pero en ese momento, justo antes de decírselo, me entra un whatsapp de Fernando. Es escueto, como él: «Llámame». 


Esto es lo que me dice: 

―La casa ya no existe. Se quemó hasta los cimientos en 1992. El edificio se derrumbó en cuestión de minutos y murieron nueve personas. Permaneció varios años apuntalado, hasta que lo derribaron. Ahora es un solar vacío. ¿Estás segura de que no había ninguna presencia en el vagón? 

―Ya te lo dije antes ―insisto en mentir, como si alguien me dictara las palabras en la mente. 

No acierto a interpretar su repentino silencio. 

―Hay una leyenda urbana circulando por internet ―dice al fin―. Los restos son visibles si te sitúas en un punto determinado de la calle, a la altura de un antiguo cementerio que levantaron para hacer las vías. Pero tú ibas en el tren. 

―¿Cuándo has dicho que sucedió? 

―En enero de 1992. 

―¿Puedes repetir la fecha? ―Me tiembla la voz―. El día exacto. 

―El diecisiete de enero. 

―¡Joder! ―sollozo. 

Ese día, en un cruce a la salida de Rubí, el coche de papá fue arrollado por un camión. Murió en el acto. Por la noche vino a verme. 

Tiro sin querer la copa de vino y el mantel se tiñe de burbujas. Magda me mira como si estuviera a punto de abofetearme. Era lo que hacía delante de nuestra madre cuando yo sacaba a relucir mis visiones: «¡Déjalo ya!», gritaba, y se abalanzaba sobre mí y me cubría de golpes y patadas sin darme tiempo a reaccionar. Me disculpo de forma compulsiva. 

―¡Cálmate! ―exclama―. ¿Quieres que nos vayamos? 

Le digo que no mientras respiro profundamente. Desde las mesas contiguas nos observan de reojo. ¿Cómo no me he dado cuenta hasta ahora de que Magda tiene los labios agrietados y la piel quebradiza y reseca? Su resplandor ha desaparecido. Surge de nuevo la hermana detestada. 

* 

Magda tiene la costumbre de fumar un cigarrillo en el balcón antes de acostarse, y aquí estamos, calladas. Los sonidos distantes de la Meridiana poseen una grandeza onírica, como un confín fronterizo con la muerte. El silencio es la verdadera conversación entre dos hermanas que se odian y se aman y se odian y se aman. Es un momento de éxtasis en el que la vida compartida transcurre ante nosotras como si acabáramos de conocernos, a jirones, entre recuerdos atropellados y la quietud del verano que termina. El aire huele a llovizna y ladridos. 
Me arrebujo en el chal. 

―Solo quería ver a papá una última vez ―dice tras una larga calada―, igual que tú. 

―¿Por eso me odiabas? 

―¿Y qué más da? El reloj de la vida no tiene marcha atrás. 

Mientras hablamos, un rumor de voces centellea de pronto al final del pasillo, dentro de una claridad anaranjada. 

Hola, hija. 

Respiro hondo. 

―¿Te pasa algo? ―me pregunta Magda. 

―Te has dejado encendida la luz de la cocina ―respondo. 

Ella mira en esa dirección y dice: 

―No, todo está a oscuras. 




©Copyright Luis Gómez para Círculo de Lovecraft, Febrero 2020. 

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