miércoles, 29 de enero de 2020

La princesa en el castillo, por Cristian Blanco

Ilustración de Jean-Joseph Benjamin-Constant

Todo el mundo conocía a Princesa, era una especie de celebridad en el pueblo, pero nadie la había visto pasear por sus calles desde hacía años. Su madre la tenía recluida en aquella casa apartada de todo, lejos de la carretera, lejos del ayuntamiento, lejos de la piscina, lejos del colegio. Lejos de todos. Los pocos que la conocieron de niños, y que todavía vivían en el pueblo, la recordaban como una chiquilla triste, solitaria e imaginativa. Su única amiga era una muñeca de trapo, que ya era antigua hacía treinta años, y de la que Princesa nunca se separaba. Algunos adultos, se apiadaban ahora de ella, pero fingían olvidar el acoso escolar al que la habían sometido, ya fuera verbal o físico o simplemente haciéndole el vacío. No eran más que mentiras que se contaban a sí mismos para olvidar que un niño también podía ser cruel y habían sido sus infantiles dedos los que se habían metido en los ojos negros y profundos de Princesa. 

Princesa observaba el paisaje que rodeaba su hogar a través de la ventana de su habitación: montes pelados, árboles esqueléticos, matojos, una carretera en mal estado por la que apenas circulaban coches y al fondo, las casas del pueblo, pentágonos blanquirrojos, que parecían de juguete. Princesa apretó la muñeca contra su pecho, escaso y escuálido, y sus uñas ennegrecidas atravesaron su felpa con una mezcla de furia y amor. Ambas tenían casi cuarenta años y estaban atrapadas en un marco temporal del que no podían escapar. Princesa era consciente, pese a lo que pensaran esos paletos de ahí abajo, que, con el paso de los años, su muñeca y ella se parecían cada vez más. Pelo negro ensortijado, rostro pálido, ojos grandes como la noche y un camisón violeta eran la seña de identidad de los dos únicos habitantes de la casa en la colina. De repente, algo llamó la atención de Princesa y vio por el rabillo del ojo un objeto rojo que subía por la carretera y tomaba el desvío que llevaba a su hogar. La mujer se tensó e, inconscientemente, se pasó las manos por el rostro. ¿Invitados? Ella no esperaba a nadie. Además, estaba hecha un adefesio, no se había vestido ni maquillado, ¿Cómo osaban perturbar su descanso? Como fueran los de la compañía del gas de nuevo se iban a enterar. Depositó la muñeca con cuidado sobre la mecedora en la que había estado sentada y dijo con voz dulce e infantil: 

–Tú quédate aquí, Princesa. ¿De acuerdo? 

El Peugeot 505 iba demasiado rápido para su propio bien pero su conductora estaba demasiado emocionada como para controlar la velocidad. Habían encontrado el Santo Grial de las casas encantadas tras meses de investigación y noches pelándose las nalgas en mansiones derruidas cuyo mayor peligro eran las cucarachas. 

–¿No nos habremos confundido? –murmuró su copiloto. 

El joven se ajustó las gafas con una mano y entornó los ojos mientras apretaba su asiento con la otra mano. Su compañera, jefa y amiga parecía tener aversión al freno y ya estaban internándose en el camino privado de la Casa Principesca. Afortunadamente, la mujer se dio cuenta y deceleró paulatinamente. 

–Es aquí, Juanma. Hemos llegado–dijo ella con una gran sonrisa. 

Sus ojos brillaban de aquella manera tan especial que había conseguido meter a Juanma en aquel follón. A él también le atraía lo sobrenatural y el misterio, no en vano le encantaba colaborar con el podcast de Elia “Hades desatado”, pero lo de investigar in situ, enfrentarse a vecinos cabreados, policías, y locos en general, le aterraba. Sin embargo, no podía evitarlo. Era débil, se rendía con facilidad a los ojos verdes de Elia pese a que ella nunca sabría lo que sentía. Era una mujer casada, con dos niños en casa, y con aficiones un tanto estrambóticas cuyo marido no compartía. A veces Juanma se imaginaba como un caballero blanco que la rescataba de un matrimonio gris y aburrido pero sabía que Elia vivía en una utopía familiar y él no era más que el inofensivo amigo rarito que nunca diría una palabra más alta que otra. 

–Es…diferente a como la había imaginado–dijo Elia mientras aparcaba en un camino de tierra entre dos árboles. 

Se habían presentado sin avisar ni llamar al dueño de la llamada Casa Principesca pero Elia había investigado a fondo y había descubierto que legalmente aquel lugar estaba abandonado y no pertenecía a nadie. En realidad, no era más que una treta jurídica que se guardaba en la manga para justificar su presencia allí. Si realmente aquel lugar estaba habitado y no convencían a su dueña se marcharían pero no sin intentarlo al menos. 

–Pensaba que era roja–musitó Juanma mientras salía del Peugeot cargado con una mochila llena de todo tipo de trastos que no estaba seguro que llegaran a usar. 

La casa era de construcción sólida, con techo de dos aguas, y piedra blanca por doquier, parecía que le hubieran echado recientemente una capa de pintura blanca brillante que deslumbraba desde la lejanía. Sin embargo, lo más curioso era que la mayoría de la gente decía que la Casa Principesca era roja. Juanma recordaba voces discrepantes que la habían visto negra o azul pero en los foros de internet machacaban a esas personas y les acusaban de no haber estado allí realmente. Por lo que él sabía, el equipo de “Hades desatado” eran los primeros en visitarla en años. 

–Eso es lo maravilloso de la Casa Principesca, no es siempre igual–respondió Elia mientras empezaba a sacar fotos con su teléfono móvil. 

Juanma dejó la mochila en el suelo y se acarició la barba encanecida prematuramente mientras observaba la casa. Era un edificio típico de aquellos lares sin nada especial que la definiera…excepto los supuestos fenómenos extraños que albergaba en su interior. Las pocas personas que les habían atendido en el pueblo se habían limitado a hablar con pesar de Princesa, la única e ilustre moradora de la Casa Principesca. Una mujer que no parecía estar en sus cabales y que languidecía en aquellas cuatro paredes de las que nunca solía emerger. Allí no había nada de paranormal, sólo una persona enferma y solitaria, como tantas otras en muchos rincones de España. 

De repente, como si su presencia la hubiera conjurado, oyeron unos cerrojos y la puerta de entrada se abrió y tras ella emergió una mujer. Un largo vestido negro de época cubría su delgado cuerpo y dejaba a la vista unos brazos esqueléticos, tan pálidos que uno podría pensar que habían sido maquillados a conciencia para recrear tal efecto. La mujer mostraba una tímida sonrisa tras unos labios rojos y sensuales y sus grandes ojos negros les escrutaban desde la distancia con una curiosidad casi científica. Su pelo negro, rizado y complicado, estaba cubierto por un ajado sombrero de paja. 

–Buenos días–saludó Elia mientras agitaba una mano. 

No podía creerse su suerte, no sólo habían encontrado la casa sino que la propia Princesa había salido a verles. Si manejaba bien sus cartas incluso podrían entrar dentro. 

–Hola señores, ¿Se han perdido? –preguntó Princesa aumentando su sonrisa. 

A Juanma le sorprendió escuchar una voz tan seductora proveniente de un cuerpo tan frágil y pequeño. La misteriosa Princesa debería rondar los cuarenta años pero no tenía ni una sola arruga y si vistiera a la moda podría pasar por una veinteañera más. 

–No, no. Somos periodistas y querríamos hacer un reportaje sobre su casa–respondió Elia. 

Su soltura al mentir para poder colarse en los lugares más inverosímiles había alcanzado tal maestría que ya nunca titubeaba. Ella misma se creía su propio engaño. 

–Ah, bueno. Me alegra su visita pero preferiría que se marcharan, Princesa no se encuentra bien. 

–Sólo serían unas fotos y un par de preguntas, es una casa tan hermosa–dijo Elia llevándose teatralmente una mano al pecho. 

Juanma tragó saliva. El encanto de Elia solía funcionar, era dulce y simpática, pero no tuvo el efecto deseado en Princesa. La expresión de la mujer cambió de una sonrisa tentativa a una fina línea en medio de su cara, como una cicatriz. Y sus ojos ya no observaban como una científica sino como una depredadora. Tomó del brazo a su compañera y le dijo al oído: 

–Será mejor que nos larguemos, esta tía no está para bromas. 

–No seas tonto, con lo que nos ha costado llegar–dijo Elia tirándole del brazo. 

Princesa frunció los labios y miró con indecisión al interior de su hogar. Tras unos instantes, en los que parecía haberse sumergido en lo que hubiera detrás de la puerta y perdido el interés en sus visitantes, se dirigió de nuevo a ellos. Su sonrisa había regresado con tanta fuerza que unas patas de gallo mostraban ligeramente las marcas de su edad. Sus ojos, sin embargo, no mostraban simpatía ninguna así como su voz. 

–Está bien, entren si tanto lo desean. Pero sólo unos minutos, por favor. Princesa no está bien hoy.

–Muchísimas gracias, le prometo que no tardaremos nada–dijo Elia. 

La mujer sacó un bloc de notas de la mochila de Juanma y sonrió arrebatadoramente a Princesa. Juanma la siguió a trompicones, maldiciendo la barriga que había criado gracias a su afición a la cerveza, y suspiró. Otra mañana de sábado perdida en la casa de un loco e intentando ver señales fantasmales en cualquier ruido inesperado. Sin embargo, al pasar por el lado de Princesa, quien le sujetaba la puerta de forma extrañamente galante, vio algo que le produjo el mismo efecto que un puñetazo en el estómago. Por supuesto, era imposible y no debía ser más que algún efecto de la refracción solar, pero habría jurado que el exterior de la casa había pasado del blanco al rojo. Un rojo tan intenso como el de los labios de Princesa. 

La entrada de la casa daba directamente a un comedor de aspecto rústico, paredes ennegrecidas en las que habitaban arañas y sombras por igual, y dominada por una mesa cuadrada de madera, cuatro sillas devoradas por termitas y un sofá con una manta a cuadros verde. Las puertas cerradas del resto de estancias eran un claro mensaje a los invitados no deseados, así como las escaleras que llevaban a un segundo piso, poco iluminado y tenebroso. 

–Tomen asiento–dijo Princesa. 

La mujer se había quedado de pie, con una mano sobre la polvorienta mesa y la otra en su cintura, como una maestra impaciente aguardando a que un alumno especialmente torpe recitara la lección. Sus dos visitantes intercambiaron miradas de incomodidad pero Elia no se arrugó y se acomodó en una silla de crujientes patas. 

–¿Podemos grabar la conversación? –preguntó con tono amable pero inquisitivo. 

Princesa se encogió de hombros y clavó su mirada en Juanma, quien agarró una grabadora de voz digital y la apuntó con timidez a su anfitriona. Los ojos de la mujer bailaban en su rostro como ascuas, inescrutables y peligrosas. 

Elia repasó sus notas a toda velocidad antes de realizar su primera pregunta. Entrar de lleno en el campo de los fenómenos inexplicables solía conseguir que los entrevistados se cerraran en banda, ya que muchos creían que se estaban burlando de ellos. A Elia eso le dolía mucho, ella era una ferviente creyente en la parapsicología y empatizaba con aquellas personas, pero por ello solía romper el hielo con preguntas generales sobre la vida de sus entrevistados. Aquella mujer había tenido una vida peculiar para los tiempos que corrían pero nada fuera de lo normal, su problema era que las habladurías del pueblo habían acrecentado una leyenda de soledad. 

–Señora María José De Rigalto, tengo entendido que usted creció con su madre en una casa sin teléfono, televisión, radio o internet. ¿Echó de menos en algún momento dichas comodidades? 

–Me llamo Princesa, señorita. –respondió Princesa lanzando una mirada furiosa a Elia. 

Elia tragó saliva y se excusó a toda velocidad. Puede que estuvieran ante una situación más complicada de lo que esperaba. 

–Lamento mi confusión. A veces tenemos los datos incorrectos. 

–No me han dicho sus nombres en ningún momento ni para que medio trabajan–dijo Princesa acercándose a Elia. 

–Oh, claro. Me llamo Elia Vázquez y él es Juanma Soler, realizamos un podcast de misterio y tenemos miles de subscriptores. 

–No sé lo que es eso pero ya decía yo que no parecían ustedes trabajar para un periódico–dijo Princesa alzando la voz. 

Juanma tragó saliva y vio algo inquietante. En las anteriormente desnudas y roñosas paredes del salón habían aparecido colgados cuchillos, hachas, azadas y todo tipo de instrumentos que servían tanto para el trabajo en el campo como para el asesinato. ¿Cómo no los había visto antes? 

–Elia, estamos molestando a la señora. Quizás sería mejor que nos marcháramos. 

–No, no, sólo serán unas preguntas más, Princesa–dijo Elia exhibiendo su sonrisa más encantadora.

La interpelada no se dejó seducir y se media vuelta, dándoles la espalda con el señorío de una emperatriz abandonando la sala del trono. 

–Princesa tiene sueño, cuando terminen déjenlo todo recogido, por favor–dijo mientras se dirigía a los escalones del segundo piso. 

–Mierda, ¿Qué hacemos? No hemos conseguido nada. –murmuró Elia frustrada. 

–Joder Elia, ¿No lo estás viendo? Vámonos ya–dijo Juanma tomándola del hombro. 

Su compañera vio por fin las armas que colgaban de las paredes, y que indudablemente no habían estado allí hacía un momento, y se le iluminó el rostro. Parecía una niña pequeña en la mañana de Navidad. 

–Graba esto, Juanma. Esto es una prueba documental de que el poltergeist, los fantasmas o como quieras llamarlos existen ¡Vamos a ser más famosos que el puto Iker Jiménez! ¿Los has tocado? 

–¿Estás tarada? ¿No recuerdas la leyenda que pesa sobre esta casa? Aquí ha muerto gente. Yo me largo. 

–¿Y vas a dejar aquí sola a una madre?–respondió Elia haciendo morritos. 

–Será un momento, ya que no hemos conseguido una entrevista al menos tendremos una prueba visual. Luego en casa montamos el vídeo con las grabaciones, salimos nosotros hablando y voilá. De podcasters a youtubers y de youtubers a la tele. –añadió tirando del brazo a su amigo para que rodearan la mesa y se acercaran más a las paredes. 

Juanma se acercó reticente y maldiciendo la facilidad con la que se dejaba embaucar por su colega. Se acercaron a una de las hachas y le asustó el brillo que desprendía su filo, en comparación con la suciedad y podredumbre que inundaba toda la sala. El hombre tragó saliva y encendió su videocámara portátil mientras imploraba a Dios que ninguno de esos objetos afilados se moviera y pudiera regresar a casa sano y salvo. 

–Qué pasada–dijo Elia. –Luego tengo que pensarme un buen guion para acompañar esta grabación, van a alucinar nuestros fans. 

Juanma hizo una mueca. Llamar fans a sus cien seguidores(entre los que muchos de ellos se encontraban amigos y familiares) era ser aventurado como poco. No podía negar que estaban ante una situación realmente sobrenatural pero hubiera preferido encontrarse con los típicos ruidos o portazos que, seguramente, habían preparado los dueños de anteriores casas encantadas. 

–Fantástico, ¿Podemos irnos ya? –dijo Juanma entre dientes. 

La estancia parecía más oscura que nunca, las tinieblas habían devorado todo el mobiliario como famélicas células cancerígenas y sólo el fulgor de las herramientas le permitía poder ver sus manos y el rostro de Elia. 

–Sí, sí, joder, que miedo. 

Las palabras de Elia no correspondían con su sonrisa nerviosa, esa excitación que sólo se conseguía en las montañas rusas más rápidas. Estaba sintiendo un auténtico chute de adrenalina, una prueba latente de que había algo más en el mundo de lo que explicaban los libros de ciencia. 

–¡Agáchate! –gritó Juanma. 

Algo atravesó la habitación a velocidad demoníaca y se incrustó en la pared que tenían delante de sus narices. Un cuchillo. Había salido volando desde la pared opuesta dispuesto a liquidarlos. 

–Me cago en la puta, ¿Qué esta pasando? –dijo Juanma con lágrimas en los ojos. 

Elia trataba de mantener la calma, su rostro había palidecido y brillaba como un faro en medio de aquella oscura estancia. 

–No perdamos los nervios, es solo un aviso para que nos vayamos. 

Se agarró del brazo de su compañero y caminaron inseguros hacia la puerta, sumergidos en un océano tenebroso que no les permitía ver más allá de sus pies. Tanteaban el aire como ciegos, temiendo encontrarse quién sabe qué en lugar de la mesa anticuada pero, apenas dieron dos pasos hacia la salida, un segundo objeto voló hacia ellos a toda velocidad y se clavó en la puerta. El hacha se había incrustado en la madera con la fiereza de un tigre de Bengala y su filo rozó la mejilla de Juanma, dejándole una ligera marca, poco más que el corte de un mal afeitado pero lo suficientemente terrorífico como para obligarle a detenerse en seco. 

–Mierda, mierda. 

–No te muevas, Juanma. Nos quedaremos aquí quietecitos si es lo que quiere la casa–dijo Elia agarrándose a su brazo como un náufrago a una tabla de madera en un mar tempestuoso. 

–No, no, no. ¡Joder! 

Juanma se libró del brazo de su compañera y corrió hacia la puerta. No era una carrera larga, apenas dos zancadas le separaban de la ansiada libertad, de un mundo luminoso en lo que lo desconocido era medible y comparable con fórmulas matemáticas o placas de Petri. Ya no era Juanma Voro, camarógrafo aficionado, técnico de sonido y aficionado a los puzles sino una víctima más de los efectos colaterales, ya fueran de la guerra o la estupidez humana. No comprendía porque querían hacerle daño pero tampoco quería descubrirlo, sólo quería estar a salvo. Sin embargo, cuando llegó hasta la puerta y su mano estuvo a punto de tocar el pomo, las espadas del agresor le borraron de la existencia. Se convirtió en otro caído más en combate, ante un enemigo invisible pero igual de despiadado. Media docena de cuchillos volaron desde una punta de la habitación hasta él y se le clavaron en línea recta, desde la nuca hasta el coxis, convirtiéndole en una leyenda más de la Casa Principesca. 

Elia intentaba mantener la calma, no era una persona que se asustara con facilidad, pero por primera vez desde que había empezado a investigar misterios sobrenaturales, temió realmente por su vida y el terror que sentía era algo más que un agradable cosquilleo en la nuca. Antes, era un amigo que prometía emociones fuertes pero ahora era su peor pesadilla. Gritó, aterrorizada y apenada, y corrió hacia la única luz visible en aquella horrible casa, la que provenía de la segunda planta. Subió los escalones con los ojos cerrados, temiendo ver algo horrible y que los cuchillos volaran hacia ella con intención asesina, pero agarrada entre lágrimas al pasamanos y tropezando como un cervatillo recién nacido, logró llegar hasta el piso superior. Sintió la luz incidiendo en sus párpados y se atrevió a abrir los ojos, pese a que temía que una nueva pesadilla acabara con su cordura. 

Se encontraba en una habitación pequeña, casi un zulo, cuyas paredes empapeladas con motivos infantiles le resultaban siniestras en aquellas tinieblas. Al fondo, una cama cubierta por una manta de ganchillo y coronada por una talla de madera de Jesucristo y una mecedora en la que estaba sentada Princesa. La mujer dormitaba con una muñeca de trapo en sus brazos.

–Déjeme dormir la siesta, Princesa y yo tenemos sueño–dijo Princesa con una voz infantil que sonó terrorífica a los oídos de Elia. 

–Por favor, tiene que parar, Princesa–dijo Elia. 

–Mamá, no me dejan en paz–respondió la mujer en tono lastimero. 

Elia tragó saliva y dirigió la mirada hacia la planta baja, tan oscura y peligrosa. ¿Sufriría el mismo destino que Juanma si se atrevía a bajar? Su única salida era la ventana de la habitación pero eso supondría saltar cinco metros y ella no era precisamente una gimnasta. 

–Mi amigo está herido, voy a tener que llamar a la policía–dijo Elia sacando el teléfono móvil. 

Princesa abrió un ojo, tan oscuro y ominoso como el de un calamar gigante, y habló con una voz rota, casi anciana: 

–¡Fuera de mi propiedad! 

Elia retrocedió un paso y pensó en sus hijos, en su marido y en cómo iba a perderlos por su estúpida curiosidad y por querer ser alguien cuando no lo necesitaba. Una sonrisa siniestra se expandió por el rostro de Princesa y se levantó con dificultad de la mecedora, dando pasos lentos, artríticos pero seguros hacia Elia. 

–No quiero hacerle daño–dijo Elia levantando las manos. 

Le temblaba todo el cuerpo y no se había peleado en su vida pero no moriría sin defenderse. Aquella mujer, por muy loca que estuviera, era más bajita y delgada que ella. Estaba segura de que podría doblegarla salvo que usara alguno de sus trucos paranormales con cuchillos pero aquella habitación parecía segura. 

–Se cuela en mi propiedad, asusta a mi hija y se atreve a amenazarme ¿Quién demonios se cree que es usted? –rugió Princesa. 

Sus manos estaban engarfiadas y, pese a que exteriormente seguía siendo una mujer de cuarenta años, a Elia le pareció estar frente a una anciana rabiosa. 

–Sólo quiero irme a mi casa–suplicó Elia. 

Quería luchar pero no podía hacerlo, aquella mujer le aterraba, todo su cuerpo exudaba maldad si tal cosa era posible. Juró a Dios que nunca más volvería a inmiscuirse en lo paranormal si lograba volver sana y salva a casa. Princesa la arrinconó contra la pared y extendió un brazo hacia la ventana sin dejar de sonreír. Elia habría jurado que aquella boca tenía más dientes cuando la vio por primera vez. 

–Salta como el sucio mono que eres–dijo Princesa. 

Elia cerró el puño, sería tan fácil cerrar aquella bocaza desagradable, pero temía las consecuencias. ¿Quién sabía que podría hacerle aquella perturbada? Pensó que quizás los cinco metros de altura no eran para tanto, podía torcerse un tobillo pero podría volver andando al coche, ir al hospital más cercano y llamar a la policía para que encerraran a esa psicópata. 

–Vale, vale. 

Se apartó de la mujer, caminando hacia un lado y Princesa la observó con una sonrisa condescendiente. La ventana estaba abierta pero no le serviría de nada gritar para pedir ayuda. No circulaban coches por aquella apartada carretera y el pueblo estaba demasiado alejado como para que alguien acudiera en su auxilio. Apoyó una mano en el alfeizar y vio que el exterior de la casa se había vuelto completamente negro. Dios, que estúpida había sido y por culpa de su tozudez había muerto Juanma. 

–Ramera, salta ya o mi marido te azotará hasta sangrar–bramó Princesa. 

Elia sabía bien que Princesa no estaba casada pero tampoco iba a refutar a una persona que no sólo no estaba en sus cabales sino que era extremadamente peligrosa. Se sentó con cuidado en el alfeizar y sus piernas colgaron como cuando era una niña y se montaba en el columpio. La única diferencia es que una mala caída desde esa altura tendría consecuencias mucho peores que unas rodillas raspadas. 

–Mala mujer que vienes aquí con otro hombre que no es tu esposo, molestas a mi hija y la haces llorar ¡Sal de mi propiedad! 

El grito de Princesa reverberó por todo el dormitorio como el eco de un gigante y Elia notó como el alfeizar temblaba bajo sus piernas. Por el rabillo del ojo vio que las paredes se habían oscurecido a excepción de unos objetos brillantes que habían aparecido allí como por arte de magia. No necesitaba mirarlos para saber que unos cuchillos estaban apuntándole como francotiradores sobrenaturales manejados por la ira de Princesa. 

–Dios, permite que vuelva a abrazar a mi familia–dijo Elia al borde del llanto. 

Cerró los ojos y saltó. 

No era una caída mortal pero Elia no era una atleta y estaba tan aterrorizada que se dejó caer como si se lanzara a la piscina. El duro suelo recibió su cuerpo con furia, haciéndola rebotar de forma despiadada, sintiendo como sus piernas se descoyuntaban de forma innatural, como sus hombros se separaban y un latigazo recorría su cuello. Apenas podía moverse pero continuaba consciente y sus manos funcionaban, por lo que, supuso, que no se había fracturado la espalda ni corría el riesgo de quedar paralítica. Seguía sin atreverse a abrir los ojos, pero debía reconocer el terreno y arrastrarse hasta su coche para pedir ayuda. Era más fácil decirlo que hacerlo pero eso no la frenó. Alguien debía detener a esa loca, no era una atracción de feria, era una asesina. Sin embargo, cuando al fin se atrevió a mirar, lo que sus ojos encontraron no fue el agreste paisaje que rodeaba la Casa Principesca sino el vestido negro de Princesa. 

–No,no–gimió Elia. 

Princesa la observaba con expresión furiosa y llevaba una pala entre sus brazos. ¿Cómo había podido llegar tan rápido? ¿Había saltado tras ella o se habría quedado inconsciente durante un buen rato?

–Por favor, llame a un médico. 

–Todas sois iguales, ya lo decía mi madre. 

Elia tragó saliva y negó con la cabeza. ¿Quién tenía delante? ¿A la hija o a la madre? Si fuera la verdadera Princesa quizás tuviera una oportunidad de dejarla vivir pero apenas podía hablar y el velo de las lágrimas le impedía concentrarse. 

–Por favor… 

Princesa no contestó. Levantó la pala por encima de su cabeza y la descargó con furia sobre Elia. Fue un golpe tan contundente que la mató en el acto pero, sólo para asegurarse, la golpeó tres veces más. Una vez comprobó que Elia ya no respiraba, la arrastró por el pelo (ella era una señorita, no tenía tanta fuerza como para cargar a otra persona en brazos) y la llevó hasta la parte trasera de su casa. Allí, en un huerto protegido por una valla de alambre de espino crecían las tomateras, las berenjenas, los pimientos y las acelgas rodeadas de pequeñas cruces. Princesa gruñó malhumorada, en previsión del trabajo que le esperaba, y empezó a cavar con la pala ensangrentada. Ojalá tuviera algún amigo o amiga que pudiera ayudarla en aquellas tareas pero sólo tenía a Princesa. Y a sí misma. 



©Copyright Cristian Blanco para Círculo de Lovecraft, Enero 2020. 

4 comentarios:

  1. Fantástica, alucinante!!!! De diez, Cristian!!!!

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  2. Cómo ha cambiado el cuento... Muy bien hilvanado, Cristian, con personajes por los que sufres.

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  3. Muchas gracias por vuestros comentarios, animan a seguir :D

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