sábado, 9 de marzo de 2019

El solar maldito, por Lola Robles



El solar del que hablo en este cuento es real, está en la esquina de las calles Castillejos con Juan de la Encima. Deben saberlo si pasan o viven allí, no digamos si tratan ustedes de construir en él. 



Aquí, en mi barrio, muy cerca de mi casa y del metro de Estrecho, hay un solar maldito. Es una hectárea aproximada de terreno, rodeada por otros edificios y una tapia de ladrillos nuevos, bastante alta, casi dos metros, llena de pintadas. En el muro hay una puerta metálica. Podría construirse un inmueble de tres o cuatro plantas. 

El solar se ofrece a la venta, con proyecto y licencia, dice un cartel en la tapia. Pero hace bastantes años que se halla ahí. De modo que el hecho de que nadie compre el terreno no se debe a la Crisis. Porque anteriormente tampoco se logró venderlo. Ocurre que en el barrio todo el mundo sabe que ese solar está maldito, y esas voces corren como los galgos. Por mucho que lo anuncien en Internet, las constructoras habrán investigado el asunto. Nunca es buen momento, y desde luego ahora menos que nunca, para arriesgar la pasta con sitios sospechosos. Bueno, quizás sea cierto que durante la burbuja inmobiliaria inversores y políticos hubieran construido hasta sobre un cementerio sioux. Pero aquello ya pasó. 

Cuando yo vine a vivir a esta parte de Madrid, en la que no pienso permanecer toda mi vida, porque mi ideal sería conseguir un piso más grande en una zona de más distinción, en el solar había una casa ya deshabitada y en ruinas. Las ventanas sin cristales, que de noche, cuando pasabas bajo ellas, te provocaban un repelús. Y malas hierbas en el jardín abandonado, además de un árbol de ramas retorcidas, hojas secas y malolientes igual que la ruda, y aspecto tan siniestro como el de las aberturas negras de la fachada. 
Se cuenta por el barrio que en la casa vivía una vieja sola y sin herederos. Apenas salía y contaba con una pésima reputación. Cuando los chavales jugaban al balón en la calle estrecha, o se animaban a pisar el jardín, sin duda tras hacer una apuesta de si eran valientes o no, la vieja les lanzaba maldiciones que les hacían huir despavoridos, supongo que en eso también estaba la gracia. La mujer no admitía sino la visita del cartero. Se murió allí igualmente sola, y el fiambre permaneció durante días hasta que el mencionado trabajador de Correos, extrañado de que no le abriera la puerta para recibir la correspondencia, avisó a la policía. Tuvo que venir y todo el juez de guardia a levantar el cadáver. Había muerto de ancianidad, pero aún así hubo que hacerle la autopsia, porque ningún médico normal quiso certificarlo. Y es que ella no los visitaba, solía apañarse con hierbas y remedios naturales, se dice. 

Bueno, el caso es que cuando la casa se quedó vacía no se acercaban ni los críos ni los perros. Y ahora tampoco, ahora ni la gentuza esa de los Enclaves Libres, que por si no tuvieran bastante con la tierra que la Comunidad de Madrid les ha dejado en el sur de la provincia, siguen metiéndose en edificios y solares vacíos, ni ellos quieren entrar al terreno. La verdad creo que yo soy la única que me siento en el banco que está junto a la puerta metálica, los domingos por la mañana, a leer el periódico y tomar el sol. 

Mi novio me dice que todo esto es una auténtica majadería. No me extraña que opine así. Hasta hace bien poco yo hubiera pensado lo mismo de escuchar afirmaciones semejantes. De hecho ni siquiera puedo explicármelo bien, lo de estar convencida de la maldición del solar. Y de que esa suerte funesta se extendería a cualquier inmueble que construyeran allí. Siempre me he considerado persona muy racional. He estudiado Derecho, igual que mi novio, aunque yo no ejerzo. Trabajo de contable en una Gestoría. Soy eficaz, práctica, y confieso que en general nada imaginativa. Por eso me sorprendió tanto cuando empecé a tener aquellas ensoñaciones. No es nada que tenga relación con lo alucinatorio, no, en absoluto. Soy casi abstemia, únicamente me tomo una cerveza, un vinito o un vermú cuando salgo por ahí. En mi vida he probado ningún otro tipo de drogas, ni he fumado. Hago deporte y solo leo el periódico, en concreto El Mundo, y algún que otro best–seller, sobre todo novela histórica. 

Bueno, pues lo que me ha ido pasando es que esos domingos que me siento en el banco junto a la tapia del solar, a tomar el sol y leer el periódico, mientras mi novio juega al fútbol con sus compañeros de trabajo, he empezado a imaginarme cómo sería la vida en un posible edificio construido allí. Veo un bonito inmueble con fachada de colores cálidos, coquetas ventanas y un portal de aspecto acogedor. Hasta yo me animaría a proponerle a mi novio que alquiláramos un piso. Por fortuna, la Crisis nos ha respetado. Entre ambos ganamos un sueldo decente y sin duda las viviendas no estarían tan caras como en otros tiempos. El solarlo adquiriría finalmente una constructora con pocos escrúpulos, o mejor dicho con menos todavía de los que suelen tener estas empresas. Se darían cuenta de que mucha gente no iba a conocer la fama del lugar y, si les ofrecían un buen precio, acabarían alquilando o incluso comprando. Ya sé que ahora no se vende ni una cerilla. Pero les estoy hablando de una imaginación, no de la realidad, acerca de la cual opino de manera bastante parecida a los perroflautas de los Enclaves. O, matizo, yo no creo que la Crisis sea una estafa. Creo que a los poderes financieros se les fue todo de las manos por exceso de codicia e imprudencia. Y al darse cuenta estos y todos los de arriba decidieron lo de siempre, que el pato teníamos que pagarlo los de abajo. A ver si íbamos a creernos que eso de hacerse ricos o por lo menos clase media llevaba garantía de perdurar con las vacas flacas. No señor no, si la cosa se pone fea hay que hacer como el la Edad Media, esquilmar a los pobres. Pero bueno, lo dejo, a ver si al final voy a escribir realmente con el lenguaje incendiario de los alternativos. Todo lo malo se pega. 

Me da por imaginarme que el inmueble se iría llenando rápidamente de inquilinos. En la planta baja entrarían a vivir un matrimonio joven con niños pequeños, y una familia de chinos, muchos y todos iguales, no habría manera de distinguirlos. 
La segunda planta estaría ocupada por una pareja de chicos claramente gais. Uno de ellos más amanerado, el típico homosexual que te llama «bonita» y te da consejos sobre tu vestuario y peinado. El otro sería más masculino, con barba y todo, el que hace el papel de hombre en la pareja, supongo. Ambos guapos, enseguida buscarían un gimnasio por la zona y tendrían una casa decorada con mucho gusto, más que yo sin duda. Justo enfrente llegaría como inquilino un abogado oriundo de Sevilla, casi tan guapo como los gais, muy bien trajeado, asimismo adicto al gimnasio y al deporte. Un chico ambicioso que venía a hacer carrera en la capital, pues su padre, juez de instrucción en su ciudad, le había enchufado para entrar en el bufete donde también trabaja mi novio. A mí el tipo me parecería desde el principio demasiado prepotente y un poco cargante. Pero también es un plasta mi novio, y a este le interesaría cultivar la amistad del recién llegado. Eso sí, los tres compartiríamos la afición al fútbol y éramos del Real Madrid. 

Y por último, en la planta superior, la tercera, viviríamos mi novio y yo, y en el otro piso una italiana madura pero todavía de buen ver, que viajaría mucho. 
Una vez el edificio se encontrara habitado por completo, haríamos la primera asamblea de vecinos y a mí me iba a tocar ser presidenta. Y entonces comenzaría todo. A partir de ese momento empezarían a encadenarse los sucesos espantosos. Muy, muy pronto. La vida suele darnos poca tregua. 
Un día, la hija de nueve años del matrimonio de abajo asfixia a su hermanito. Aprovecha la ausencia de su madre, que se ha ido a comprar. Mientras, el padre está con los cascos puestos, embebido en un videojuego de esos hiperviolentos, y sin enterarse de nada. La nena coloca una almohada sobre la cabecita del bebé, sin duda empujada por un ataque de celos. Yo, la verdad, la comprendo. Me hubiera gustado hacer lo mismo con el canijo que me tocó en suerte como benjamín. Pero claro, imaginen el panorama con que se topa la madre a su regreso del supermercado, porque su esposo sigue sin darse cuenta de lo sucedido. La pobre no tardaría en volverse loca, y tendrían que ingresarla en un centro especializado. El padre, que se siente muy culpable y con razón, sube un día que estoy sola a pedirme una cuerda. Yo es cierto que pienso que la quiere para ahorcarse, pero allá cada uno con sus decisiones, las respeto. A la niña, tras quedarse huérfana, la tutelaría la Comunidad de Madrid. 

El siguiente hecho terrible fue cuando el abogado ambicioso y guaperas salió una tarde por la puerta de su casa armado con un hacha, con la aviesa intención de cargarse a los gais, que a su vez abandonaban su hogar camino del gimnasio. Lo que no sabía el picapleitos es que la pareja iba a responderle con agilidad y fiereza, pues eran expertos en artes marciales. Por añadidura, el más femenino llevaba una katana, que desenvainó y acabaría clavada en el corazón del agresor. Para que te fíes de las apariencias. Al celebrarse el juicio yo hubiera podido testificar a favor de los chicos supervivientes. Sabía bien que el abogado, cuando subía a ver el fútbol con mi novio y conmigo, se mostraba obsesionado contra los homosexuales en general y contra sus vecinos en particular. Siempre decía que si ese tipo de conducta es una aberración, que si los oía gemir mientras hacían el amor… A lo mejor en el fondo él era también gay, pero reprimido. Lo digo porque a veces miraba a mi novio con demasiada insistencia cuando éste se quitaba la camisa en verano. El caso es que yo no podía declarar en su contra. El jefe de mi novio nos había recomendado guardar silencio tras recibir una llamada del juez padre del fallecido. Pero de verdad que lamenté mucho que aquellos dos chicos tan majos fueran finalmente a prisión supuestamente por haberse excedido en su defensa propia. Me caían bien. No tengo nada en contra de los gais, bastante problema tienen en serlo, hay que tenerles compasión. 

A estas alturas de la historia, la familia de chinos ya ha puesto pies en polvorosa. Son listos, estos asiáticos. Se han coscado de lo de la maldición y no están dispuestos a esperar más pruebas. 
La última en sufrir un percance fue la italiana. Y eso que estaba pocas veces aquí. Un Martes de Carnaval, cuando salía hacia una fiesta de disfraces, con uno de esos atuendos venecianos tan elegantes, pero que llevan un antifaz que a mí siempre me ha dado mal fario, tropezó al bajar las escaleras y se rompió el cuello. 
Y sigo imaginando, imaginando… Al final me veo sola en el edificio. Mi novio ha pasado de mí, aunque ya no me importa en absoluto. Total, yo estaba con él porque lo de un novio es algo más que hay que tener en la vida. Pero me siento muy feliz de vivir sin nadie más en mi casa y en el inmueble. A veces me acuerdo de aquella película sobre un tipo que recorría los pasillos de un hotel bastante siniestro del que era guarda o algo así. 
Se trataba de un escritor que se volvía loco. Y le daba por teclear un montón de veces en su máquina la misma frase. 

Poco a poco la gente del barrio volverá a convencerse de la maldición y ni ellos ni los de fuera desearán venir a importunarme. Solo saldré a comprar o a recibir al cartero para que me entregue la correspondencia. Al fin y al cabo, a mí la maldición no me ha afectado, como puede verse. 
Me parece que no he dicho que estoy transcribiendo estas reflexiones y Ensueños en un cuadernito, aquí mismo, al pie del muro, en el banco, luce un sol primaveral que ya calienta lo suficiente para que no te quieras ir. Les pido por favor que disculpen mis errores gramaticales, no se me da muy bien esto de redactar. 

Creo de todos modos que ya está bien por hoy. Cierro el cuaderno, doblo el periódico y me dispongo a marcharme. Veo cómo se acerca un perro suelto, aunque su ama viene detrás. El bicho me mira, me ladra amenazante y se cambia de acera para no pasar junto a mí, ni cerca de la tapia. Me alejo tras una última ojeada al muro y a lo que puede vislumbrarse del solar y de las malas hierbas. Lo que más me apenaría en el caso de construirse un inmueble como el que imagino es que no tuviera jardín. Con lo a gusto que se estaba en él. 




©Copyright Lola Robles para Círculo de Lovecraft, Marzo 2019. 

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