martes, 18 de mayo de 2021

Carne y Hueso - Santiago Eximeno: "Carne es carne, hueso es alma"

Ilustración de The Night Crawls 666

Por Amparo Montejano

 

Cuán difícil es hablar de lo que estimas; de lo que, por ser materia amada, se nutre de tu conocimiento. De un conocimiento escaso (sí, lo reconozco) acerca del conjunto de manifestaciones artísticas (heterogéneas) cuyo denominador común no es otro que la contemplación de la carne como materia inquietante. Carne como factor modificable, manipulable y sufriente de cualquier hibridación pensante que la humanada mente invente, y que se transforma, por tanto, en su trasunto; en una reproducción que, no obstante, se cementa en la imperfección y la miserabilidad de lo encarnado…, o sea, de nuestro propio Yo. Y es que la obra Carne y Hueso (Ediciones El Transbordador) de mi querido (y admirado) Santiago Eximeno podría, en términos generales, encuadrarse en esa configuración orgánica de obras (literarias, visuales, plásticas…) que, por ser amadas, se nutren de nuestro rechazo y de nuestra incomprensión consciente (aunque siempre morbosa y anhelante) hacia el deseo (desgarrado) por la carne vieja (que no la nueva carne), sembrada de agonía y alimentada por el horror de lo decadente, de lo putrescente y de la desdicha. 

Y es que la obra de Eximeno esconde miedos… 

Miedos que nacen (o renacen) en el mismo instante en que somos conscientes de la noción de «sujeto»: materia animada por un alma, y que se nutre de un conocimiento racional. Una materia que la literatura (en su modalidad de arte) siempre atendió, ocupando lo orgánico un lugar primordial dentro de su contextualización de lo humano (basta recordar los textos doctrinales cuasi paleo-cristianos para llegar a esta afirmación). Porque lo orgánico (lo débil, lo corrupto, lo inmundo…) sirvió de planteamiento al dogma de la resurrección del cuerpo. Un cuerpo, carne y hueso, que en la obra de Eximeno se deshilacha en dos principios que bien parecerían no hallarse (ni jamás haberlo estado) mancomunados; dos principios ideológicos esenciales en donde el hueso es sinónimo de alma (fuerte, incorrupto, elevado…), casi un concepto o vía teológica, frente al universo de penurias, frustraciones y carencias que es la carne. Una Carne obsoleta en donde malviven los que de carne son; una Carne que se fija en el alzado, en la hechura de la urbe, roja, hecha de lisiados tendones, pústulas y tumefacciones que a la pulpa barren e infestan; una carne que palpita, mareante, y que agoniza como agonizan los que, cárnicos (amebas infrahumanas que construyen un cuerpo, y que, en sí mismos, son «el cuerpo»), se humillan para que se transparente la albura de los que, encubiertos, cohabitan en el interior de un díptico malsano (Carne y Hueso) constituyendo (constituyentes) un mundo utópico o alígero en donde, a través de sus avenidas óseas, de sus blanqueadas calaveras unifamiliares y de sus nobles construcciones de sólidos fémures, la dignidad y la grandeza de lo imperturbable se aleja del sobrecogedor ingrediente/situación del hombre desde el minuto cero de su concepción: lo abyecto. 

Carne es carne: que arde, que huele, que teme; sumida en el vanita vanitatum de la fugacidad orgánica; en la miseria ineludible que, como el pus, empapa a los personajes que, desde el inicio del cuento (su tormento relatado), sabes que de malsanos fluidos son nutridos; sabes que son descritos con un esperpento tipo que los lleva, atados como están por las muñecas, a un final bestial, de bestias, pues como bestias viven, crían y nutren la tierra que, agusanada, ansía devorarlos. Y es que no existe redención posible para «el cárnico», pues es débil, enfermo y pusilánime. 

Hueso es alma: solemne, impertérrita, eterna; solo corrompido por Carne, su tirana; su principio fisiológico sin el cual no nace, pero sin la cual se muere. Hueso precisa de Carne igual que un delicioso fruto precisa de un árbol para gestarse, para nutrirse de su savia, para madurar y hacerse apetitoso; para dignificarse como se dignifica lo que está por encima de lo humano: lo divino. 

Ilustración de Corentin Ligot 

¡Qué grande Eximeno, qué grande! Pues con su peculiar ironía y sus juegos de palabras, perfectamente sincopados por entre su prosa, ágil y «natural», nos habla, con el terror de lo abyecto, no solo de enfermedad o de muerte (consustanciales al hombre), sino también de clases; clases sociales vinculadas orgánicamente, estratificadas en base al típico y comunitario sistema que anega a casi todo nuestro orbe, dividido en jerarquías basadas en las diferencias. 

Las diferencias… Carne y Hueso, Hueso y Carne. 

¡Pobre Solomo!, pobre… Él, nunca protagonista de la función de su vida (la Divina), y siempre figurante de su Infierno. 

Qué sencillo resulta hablar de lo que estimas, pues es un goce conocer la obra de Eximeno.  

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