sábado, 6 de marzo de 2021

Asuntos de muertos - Nieves Mories: Un éxtasis de miedo

 Por Amparo Montejano

 

Todos adoramos a nuestros muertos, los patrios; los que a nosotros huelen y con los que expira nuestra propia esencia; una esencia adherida no al concepto de «separación» como tal, sino al de la unión precedente que supone la del alma y su envoltorio (como decía Platón en Fedro: «cuerpo y alma para siempre unidos, crecidos conjuntamente»); cuerpo que, no obstante, enferma, se ulcera y se «aviene a tierra» tras del accidente corporal que es la irremisible muerte (por cierto, cosa de todos).

La muerte que nos atormenta, que camina hacia nosotros desde nuestro «surgir», que va sembrando el odio (nuestro, a ella, por ella) y el lolio en el corazón familiar. Y lo hace una vez, si es que no es más (siguiendo el ciclo del Saṃsāra) para llevarnos a «sus asuntos». Y tal como la de la guadaña se pasea, omnipresente y orgullosa, por el rodar de la vida (consustancial con ésta), así se pasea (o nos pasea) su autora, Nieves Mories, por entre los recovecos de esta novela perturbadora y exquisitamente oscura: Asuntos de Muertos

Asuntos de Muertos es la inmejorable escenificación del sufrimiento y la muerte en base al amor descarnado y profundo que se personifica en lo que es familiar y no ampara: lo verdaderamente desgarrador. Porque «¿Qué tiene la hija del sepulturero? ...», que diría el gran poeta Gabriel y Galán (hilo conductor, junto al bardo Sinatra, de la espiritualidad narrativa de esta obra); yo os lo diré: hambre de afecto. «Una mala hierba es una flor sin amor», sentencia Ella W. Wilcox.

No podríamos estar más de acuerdo, porque es esa hambre de afecto la que hace que su protagonista, antiética y villana (otros diríamos que «distinta»), nos encadene a la maraña negra y asfixiante en la que crece, de la que mama, y que construye al abrigo de una jaula consanguínea y hogareña que la hace transmutar; así, lo que no era se hace, se cimenta en base a la mendacidad que edifica un mundo (el de la protagonista, el nuestro) en el que poder habitar sin ser quemado por «bicho». Y qué bien traída aquí la entidad de un nombre, Victoria, porque eso es ella: la victoria de un alma oscura e imperfecta, que no se ha ido; la pervivencia y convivencia de los muertos (que no lo son) y de los vivos (que no lo están) transitando por un mundo de opresivos cortinajes, de ceniceros quebrados y de tijeras (chaschaschaschas) con las que desgarrar el velo de lo que nunca estuvo verdaderamente unido: amor y familia. Y así, con almas familiares que hacen palpitar luces y estrellar objetos en una habitación de sangre, nuestra Victoria (ya no es solo tuya, mi querida Nieves, que es un tantito nuestra) crece en una realidad desnuda y fría que la hace densa; a ella y a sus cicatrices, muchas: todas las que puede soportar un corazón roto que busca la aceptación y el cariño de sus vivos. Y también de sus muertos.

 

«Aunque en muchos de sus aspectos este mundo visible parece formado en amor, las esferas invisibles se formaron en terror». 

Bien podría servirnos esta frase de Herman Melville como pala para excavar por entre la historia de Mories; como pala que escarba por entre la agusanada tierra para desenterrar los ojos, los pensamientos y las emociones de la que es su narradora; una que relata su historia vital sirviéndose de una prosa ágil, lírica (muy «poeiana») y aparentemente límpida, mas solo en apariencia, pues pronto asoma por entre sus trasparencias el sarcasmo, enredado entre sinécdoques, metonimias e imágenes (vívidas) de miseria y dolor… del terrible horror que produce lo que lentamente agoniza abocado a la muerte. Porque así resulta de esta ceremonia de vida en la que somos espectadores copartícipes: la inocencia se torna malicia, la cordura se vuelve insania, el amor se hace odio y la piel sana vira a pústula a medida que buceamos, con el ritmo oportuno y una impecable narración fragmentada (en espacio y tiempo), por entre los asuntos de Victoria. Por entre los asuntos de Mories, nuestra particular médium que nos confirma su apego «al otro lado» haciendo de esta novela un impecable y bellísimo ejercicio narrativo en el que dejar de existir no es ni una desgracia personal ni una desgracia cósmica… tan solo es una fenomenología dramática (aquello que el gran Nietzsche catalogó como de «gran mentira») imbuida en el acto más puro e instintivo que significa estar vivo. 

¿Qué tendrá la hija del sepulturero? Yo os lo diré: una doliente autocompasión y un «sin afecto»; un, en definitiva, corazón muerto.  


P.D.: La ilustración inicial corresponde al artista Miklós Ligeti.

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