jueves, 31 de enero de 2019

Transcripción de las notas manuscritas..., por Bernard J. Leman

Relato publicado en Círculo de Lovecraft nº11


Me di cuenta de que era un bicho raro en cuanto llegué a la capital. Aquí, los hombres tienden a tocarse. Buscan el contacto físico con frecuencia, aunque no tengan la familiaridad necesaria para ello. Se dan palmadas en la espalda. Se agarran del brazo al volverse a ver después de un tiempo. Si estás sentado, se te acercan por detrás y posan sobre tu nuca una mano que introduce un témpano de hielo por tu espina dorsal, en un gesto que ellos interpretan como el supremo signo de confianza. 

En provincias, todos nos conocemos. Cada uno se comporta según lo que se espera de él. Los papeles están fijos y se reparten bien temprano. Si quieres improvisar, lo mejor es que te largues. Sin embargo, aquí, en la capital, nadie pertenece a ningún lugar. A ninguna otra persona. Sus miradas traslucen una expresión de pérdida, o de melancolía. Un ansia de encontrar alguna conexión con alguien, o con algo. 

Estudié Medicina por inercia. Es una carrera vocacional, que se hereda de padres a hijos. Como una de esas maldiciones góticas. Me especialicé en Neonatología. La misma especialidad que mi padre. Como si el conocimiento y la experiencia se transmitieran por vía consanguínea. Después de un par de años de prácticas en las urgencias pediátricas del hospital universitario de mi ciudad, conseguí encontrar una plaza en la Unidad de Neonatología del Hospital de la Paz, una de las más prestigiosas de todo el país, y me mudé a la capital. 

Alquilé este pequeño apartamento en los suburbios. Una mole grisácea de pisos, frente a una plaza de cemento abarrotada de críos por las tardes. Un territorio colonizado por las palomas. Las fachadas manchadas con sus heces agrias. El ambiente saturado del polvo de sus plumas. El aire abarrotado con sus gritos. Baten las alas estruendosamente, sueltan sus gemidos entrecortados, al posar las patas callosas por decenas, tras los cristales. Si te descuidas, irrumpen sin miedo en las habitaciones, por las ventanas abiertas. 

Cuando llegué a mi plaza, era un ingenuo. Trabajaba entusiasmado. A destajo. Sin pedir nada a cambio. Quería aprender y progresar. Asentarme en esta ciudad, que me era ajena. Mis compañeros me miraban con condescendencia. Yo me ofrecía para hacer sus guardias a cambio de futuros favores. Éstos, por descontado, nunca llegaron. Tras sus palabras de ánimo podía detectar una barrera insalvable compuesta de gestos de frialdad y distancia, signos de forzada amabilidad y muecas de desconfianza. Yo me entregué a mi papel de marioneta con fruición, esperando una camaradería que jamás me concedieron. 

En aquel momento, las Urgencias de Neonatología estaban desbordadas. La capacidad de la planta se había visto mermada por los recortes de gasto público, fruto de la crisis económica. Mi puesto no era más una plaza eventual, registrada como apoyo excepcional, dadas las circunstancias. Los ingresos de pacientes eran un 150% superiores a lo que la unidad podía absorber, pero la situación estaba hábilmente maquillada por los tecnócratas de turno. El incremento, se pensaba, tenía un origen social y económico. La crisis había provocado el decaimiento de las condiciones de vida de la población inmigrante, que seguía multiplicándose con rapidez y en condiciones insalubres. Ingresábamos septicemias, neumonías, meningitis, candidiasis, ictericias, toxoplasmosis.... La mortalidad perinatal crecía a tasas alarmantes. 

En tales condiciones, el trabajo era duro. Hace falta tener mucha vocación. Más, sin duda, de la que yo podía simular. Con el tiempo, deja de afectarte. Llevas un mortinato en el carrito al depósito como si llevaras un hatillo de hierba recién cortada en una carretilla. 
Los gestores del hospital se empezaron a preocupar. Llegaron inspectores. Auditores de batas blancas. Gente que arrugaba la nariz al acercarse al quirófano. Otros departamentos enviaron especialistas, para estudiar diferentes factores del problema. Cumplimentábamos con desidia decenas de impresos cada día. Acababan, invariablemente, sobre una montaña de papeles, en algún rincón. 

A los pocos meses apareció por nuestro departamento una estudiante de Genética, que estaba trabajando en su tesis. Investigaba las desviaciones del código genético que pudieran reducir la esperanza de vida de los recién nacidos. Sus visitas se fueron haciendo cada vez más frecuentes, como era natural. Tenía una voz agujerada y áspera, con la que disfrutaba torturándome empleando una elocuencia rebosante de cinismo. No tardó en mudarse a mi apartamento. Era una chica pequeña y flaca, apenas tangible. Su flequillo rubio se balanceaba sobre su frente como una avispa sobre el barro. No buscábamos nada el uno del otro. Pero sus provocaciones habían tocado alguna tecla dentro de mí. Era dominante de un modo invisible. Ejercitando su poder sin prejuicios. Plenamente consciente de él. Yo no me opuse. No exigía nada. Muy al contrario, por fin me sentía aceptado por una figura de poder. Me rendí a ella sin oponer resistencia. Sin rencores. Sin remordimientos. 

Se adueñó de nosotros una sed que no lográbamos saciar. Cualquier estímulo era decepcionante. El sexo, insatisfactorio. Las distracciones, amargas. 
Sus torturas se fueron refinando a medida que experimentaba con mis sentimientos, y yo me abandoné a ellas sin prejuicios. Le gustaba contarme acontecimientos cotidianos a los que incorporaba sus dosis de truculencia y provocación, dirigidos a explotar mis debilidades. 

—Hoy mi jefe me ha insinuado varias veces que fuera a su despacho con una compañera. Pero nunca lo decía directamente: “si vinierais a mi despacho os podría enseñar mis publicaciones”, y mierdas parecidas. Pasé por delante a media mañana y tenía la puerta cerrada. Por el hueco de la puerta salía un charquito de agua. Se oían ruidos como de sorbidos, como si alguien estuviera sorbiendo el final de un granizado por una pajita. Algo así. Suspiraba y sorbía. Una cosa repugnante. Llamé a la puerta y paró. Pero no contestó. Volví a llamar. Nada. Me fui, pero me quedé en el pasillo, y estuve pendiente. Cuando salió, esperé a que se fuera y me colé dentro. No vi nada raro. Pero los botes de los fetos conservados en formol, que guarda en su estantería, estaban desordenados. 

Sólo entonces la sed remitía, y se iba saciando a medida que nuestros diálogos hacían progresar sus historias por senderos cada vez más tortuosos. 

*** 

Unas dos semanas después, pasó una temporada con mucho trabajo. Apenas pisaba mi apartamento. Sólo para dormir. Se metía en la cama (yo ya estaba durmiendo), y se me agarraba con fuerza. Se me aferraba como si fuera a caerse. 
Entonces, una noche insistió en salir a pasear. En el centro, parejas de jóvenes salían y entraban de los bares, charlando apresuradamente, devorando la noche a bocados. Nosotros paseábamos en silencio, abstraídos en nuestros propios pensamientos. Decidió entrar en un café, tenuemente iluminado. Nos sentamos a una mesa y pedimos una copa de vino. 

Me contó que, en su análisis, había encontrado un patrón en el ADN. Un patrón repetido en los casos de muerte prematura. Una repetición por encima de la media. Estadísticamente significativa. Había buscado precedentes de algo parecido en toda la literatura científica, sin éxito. Esto le había extrañado bastante. Lo primero que pensó fue que había tenido algún fallo en el estudio. 

Pidió a un viejo compañero, a punto de retirarse, que replicara el análisis. Daniel, que así se llamaba, llegó a sus mismas conclusiones. Revisó después la literatura. Exhaustivamente. Sólo entonces estuvo segura de que su estudio era correcto. Pero las conclusiones la confundieron. Porque el patrón denotaba una modificación genética común. Una constante introducida artificialmente, que provoca el colapso del neonato a falta de una adaptación en el su cuerpo. 

Aquella modificación genética no era natural. Tenía que haberse introducido de manera artificial. Necesariamente. Ella había conseguido aislar sus efectos, pero no su objetivo. ¿Qué sentido tenía una modificación como aquélla? Provocaba la muerte indefectible del individuo, asociada a una carencia adaptativa de la especie. Era como si la nueva genética del individuo pretendiera forzar la aparición espontánea de un cambio adaptativo. Una evolución que el individuo debiera de alcanzar plenamente después de varias generaciones, a riesgo de colapsar los procesos vitales del sujeto presente. Una evolución forzada. Específica. Pero, ¿hacia dónde? ¿con qué objetivo? 

Estaba desconcertada. Había llegado a un callejón sin salida. Se sentía frustrada por no poder cerrar el estudio con conclusiones más sólidas, o, cuando menos, creíbles. Tenía la evidencia estadística. Pero ésta contravenía toda la literatura anterior. Y no conducía a nada. Motivo, factores, u objetivo. Incógnitas. No encontraba indicio del camino a seguir. 
Aquella noche se emborrachó y no volvió a pronunciar palabra. La masturbé impulsivamente. Mis dedos martilleando su vagina cálida y ácida. En la oscuridad de la habitación, sólo contaba con el sonido de su respiración para guiarme. Cuando acabé se hizo más pesada. Me quedé en vela, pensando en todo aquello. Decidí intentar ayudarla ampliando la muestra de su tesis. Esperaba recabar nuevos datos que pudieran arrojar algo más de luz a su estudio. 

Al día siguiente, cuando terminé mi turno, entré en el depósito de cadáveres, con la intención de tomar cinco muestras de entre los recién nacidos que habían fallecido aquel día. Llevaba varias jeringuillas, botes y un registro. El depósito se mantenía en penumbra. Los pocos fluorescentes del techo emitían una luz azul, seca y fría. Fui sacando los sujetos de las cámaras, de uno en uno. Los pinchaba en la nuca, que estaba fría y dura como un neumático deshinchado. Cuando saqué el tercer cuerpo, me percaté de que aquella cámara estaba tenuemente iluminada por un resplandor dorado. Eché un vistazo dentro. Me pareció entrever una grieta en la pared del fondo, una abertura en la esquina superior, por la que se filtraba el resplandor. La luz se reflejaba en las paredes de la cámara. Se movía de una manera orgánica. Como una llama. Que yo supiera, el depósito estaba situado al fondo del sótano del hospital. No debería haber nada ahí detrás. Aparté la bandeja y metí mi cuerpo en la cámara, arrastrándome hasta el fondo. Era un sitio estrecho. Me golpeé la cabeza un par de veces con el techo. Nunca había estado dentro de una de esas. No me pareció tan mala idea entrar allí dentro. Para irme acostumbrando. 

La cámara era bastante más profunda de lo que parecía. Para llegar al fondo tenía que meterme entero. Me asaltó entonces el temor a que alguien cerrara la puerta detrás mío, y echara el cerrojo. Sería una muerte agónica y prolongada. Definitivamente incómoda. 

La pared del fondo estaba fría al tacto, y cedía al empujarla. No era más que una plancha de metal. La luz dorada brotaba por su esquina superior. Empujé la plancha y se dobló, abriendo un pequeño hueco. Miré detrás. 
Creí alucinar. Delante de mí se abría una vasta inmensidad dorada, como un cielo de oro líquido que me rodeara en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Era imposible determinar su extensión. Aquella inmensidad estaba compuesta por una sustancia vaporosa, una especie de gas o líquido hecho de luz, y atravesado por vetas y manchas algo más oscuras en lento movimiento, como los cielos tormentosos de los planetas gaseosos. Me froté los ojos y volví la mirada a la cámara. Permanecía tal cual la había profanado. Volví a ojear por el hueco. Miré hacia abajo, pero aquel cielo de oro era igual en todas partes. La sustancia dorada parecía ser la fuenta de la luz. Se movía lentamente, en corrientes que formaban figuras circulares o alargadas. Se desplazaban como un líquido en una marmita. No era capaz de distinguir mi posición en aquel cielo dorado. Perdí el sentido de la dirección. Arriba o abajo se confundían en la visión. Me sentí mareado, inmerso en una eternidad dorada sin final ni principio, sin lugar concreto. Me dio la impresión de ser una especie de enorme cúpula imposible. Una cúpula de plasma dorado. Cuando mi vista se adaptó a la luz, pude distinguir, en algunos puntos, unas esferas oscuras, que flotaban sin una dirección concreta. Las más cercanas parecían inmensas y estaban rodeadas por secciones tentaculares, que se agitaban al unísono como si aquel fuera su medio de desplazamiento en el plasma dorado. Más allá, enfrente mío, en un lugar a una enorme distancia, las corrientes se multiplicaban y convergían en un círculo negro que las absorbía. Desde allí era imposible determinar su tamaño, pero estaba seguro de que era enorme, gigantesco. Un agujero negro. Era completamente opaco, pero se movía velozmente a los lados, como la pupila de un ojo gigantesco. 

Me di cuenta, al ver su agitación, de que allí dentro no había ruido alguno. El silencio era total. 
La visión era alucinante y embriagadora. La continua oscilación de aquel fluido y de las esferas tentaculadas, la distancia al agujero negro, la gravedad del silencio. Todo ello me hizo perder la noción del tiempo y del espacio. En un momento dado, oí un ruido detrás mío y salí de la cámara apresuradamente. Me invadieron los nervios. No había nadie en el depósito, pero decidí salir de allí cuanto antes para no levantar sospechas. Antes de meter la bandeja con el bebé muerto, eché desde allí un último vistazo al fondo de la cámara. El plasma dorado seguía allí, y la luz se derramaba desde el hueco metálico como la lava brotando entre una grieta. Cerré la cámara con pestillo y la penumbra se adueñó del depósito. No quedaba ni rastro del resplandor. Salí de allí con mis muestras. El frío de la calle me golpeó la piel, pero yo seguía concentrado en la visión de lo que entonces interpreté como una cúpula de plasma dorado. Una parte de mí dudaba de mis percepciones. Pero rechazaba enérgicamente considerarla una alucinación. Sentía una necesidad poderosa por volver. Por confirmar la realidad de todo aquello. Me seducía la intensidad de mi visión. En el metro, de vuelta a casa, intenté apartar aquellos pensamientos de mi mente, rodeado por la muchedumbre sudorosa y cansada.

 *** 

Cuando llegué a casa me encontré que teníamos visita. Era un hombre alto, muy delgado, de piel cuarteada y cetrina, y abundante pelo canoso peinado hacia atrás. Estaba de pie en el salón, charlando con ella, un poco encorvado. Ella le miraba desde el sofá. Se movía de un lado a otro, inquieta. 
Era Daniel, su compañero. Había venido a hablar de la tesis. Había llegado a sus mismas conclusiones, cuando él replicó el estudio. Las conclusiones eran correctas. Pero él sabía algo más. Quería contárnoslo. 

—Formé parte de la élite en Genética en los 80. Allí arriba estábamos 5 ó 6, solamente. No duró mucho. Caí en desgracia, como muchos otros, por las luchas internas. Las becas, los reconocimientos, las publicaciones internacionales… os lo podéis imaginar. Después, el panorama cambió. El conocimiento se democratizó y en la Universidad se montaron varios grupos de estudio multidisciplinar, que atraían a los mejores especialistas de cada campo. Había inversores privados. Yo formé parte de uno de ellos. Estudiábamos la influencia genética en los procesos sociales. Empezamos a recibir presiones políticas. El grupo se separó. Una parte se independizó y siguió trabajando, fuera ya de la Universidad. 

Daniel paseaba lentamente mientras hablaba, midiendo mucho sus palabras. Yo no entendía muy bien adónde quería ir a parar. Pero siguió hablando, cada vez más bajo, hasta llegar al susurro. 

—Aquel grupo fue alejándose del conocimiento científico, basado en evidencia, y derivando hacia posiciones ideológicamente extremas y poco ortodoxas. Uno de los miembros más longevos, estudioso bibliómano y experto en mística medieval, empezó a ejercer una gran influencia, y focalizó nuestros esfuerzos en la modificación genética. Las sesiones de trabajo se empezaron a ritualizar, hacia encuentros con un fuerte componente místico. Aquello era difícil de aceptar. Empezó a gestar un proyecto, llamado Vacuo Germinalis, que estaba financiado por un inversor anónimo, perteneciente a la aristocracia. Daniel hizo una pausa, reflexionando, mientras caminaba, ahora más enérgicamente, a un lado y otro frente a nosotros. 

—El objetivo del Vacuo Germinalis era materializar el vacío. —Se detuvo, mirándonos fijamente—. Hablamos del vacío intramolecular, el vacío que existe entre las partículas de la materia y que forma parte indisoluble de ésta. El vacío que ocupa más espacio que la materia misma. Que surge de ella. El vacío inmanente. —Hizo una pausa, rememorando. Nosotros guardábamos silencio—. Querían personificarlo. Y llegaron a adorarlo como a un dios. Al fin y al cabo, el vacío es omnipresente, como el Dios cristiano ¿Os dais cuenta? Rendían culto al vacío. Una locura ¿no es cierto? Aquel viejo había sacado unos rituales ocultistas en algunos de sus libros medievales, y se pusieron a practicarlos. 

Según él, eran el precedente de algunos de los oficios que la Iglesia Católica adoptaría después. Los miembros del grupo se convirtieron en fanáticos. ¡Fanáticos! Nos coaccionaban a los demás para continuar. Me obligaron. Me obligaron a… 
Se paró delante nuestro, moviendo los brazos, pero no su torso, como si estuviera hecho de una sola pieza. Inclinaba levemente su cuerpo hacia nosotros. 

—El germen del vacío. Diseñamos un germen, una nueva semilla. Un ser modificado genéticamente que evolucionara, a través de sucesivas generaciones, hasta llegar a convertirse en la encarnación del vacío primordial. Yo diseñé las modificaciones genéticas a introducir en las células fecundadas. Utilizamos madres de alquiler. Muchas de ellas. Fueron fecundadas por aquellos fanáticos. Yo las introduje ¿Entendéis? Les induje a fabricar aquellas monstruosidades... 

Daniel se giró a un lado y clavó la vista al suelo. Murmuró algo inaudible. De repente, pareció envejecer veinte años. 

—Yo las introduje —meditó en voz alta. Se acercó lentamente a mi derecha, y se derrumbó sobre el sofá. La habitación quedó en silencio por unos segundos. Fuera, las palomas gorjeaban. Daniel respiró profundamente, y siguió hablando. 

—Alcanzar una expresión genética pura del ser primigenio. Un ser que fuera la expresión del vacío absoluto. Algo así, decía el viejo, sería instantáneamente reconocido como el Dios Verdadero. El diseño era complejo. Se trataba de activar una modificación, y dirigir su desarrollo por las sucesivas generaciones, hasta el destino final, o el Individuo Cero, como lo llamaban. Podía llevar cinco o cien generaciones. Era imposible de determinar. Hacíamos cálculos de probabilidades. Teníamos a un estadístico. La creme de la creme —rió entre dientes—. El tiempo no importaba. El grupo lo dejó todo bien atado. Dejó instrucciones para continuar con su obra. Había pasta. 

Daniel se levantó del sofá. Parecía haber recuperado la energía. 

—Yo acabé largándome en cuanto pude. Me aislaron profesionamente, pero pude quedarme en el Hospital, por lo menos —dijo, mirándole a ella. Entrelazó las manos, crujiendo los nudillos—. Todos esos niños muertos. Proceden de allí. Son la segunda generación. La mayoría nacen muertos. No son viables. Algunos sí. Algunos sobreviven. —Me pareció vislumbrar un brillo en sus ojos—. Yo les he perdido la pista. Pero estoy seguro de que ellos lo monitorizan todo. Andaros con cuidado. 

Nos miramos con escepticismo. Costaba encajar una cosa así. Yo hacía grandes esfuerzos por entender su explicación. Aún estaba mareado por la cúpula de plasma dorado, a la que mi mente volvía una y otra vez. Acepté con desdén su historia, deseoso de que aquel hombre de palo se fuera de allí. En términos generales, encajaba con las evidencias que ella había recopilado. Me preguntaba, si fuera cierto, quién podría pertenecer a aquel grupo. Era de locos, como él había dicho, pensar que podía existir un culto de esas características practicándose entre los miembros de la Universidad. Sumido en mis pensamientos, no me di cuenta de su partida. 
Apenas hablamos aquella noche. Ella estaba muy callada. Pensativa. “¿Te das cuenta?” me preguntó en algún momento, “no tenemos dónde escapar, ni siquiera en nuestra propia carne”. Se encerró en sí misma en un rincón del salón. Medité si contarle mi descubrimiento. Me decidí por no hacerlo. Pese a la intensidad de mi experiencia, aún me quedaba algún resquicio de duda. Después de todo lo que Daniel nos había contado, la cúpula me parecía un sitio lejano, propio de una ilusión. 

En la cama, recopilé los acontecimientos del día. Detrás del depósito de cadáveres se abría un extraño mundo de plasma evanescente, que desembocaba en un descomunal ojo negro. Un culto de genetistas intentó crear la encarnación del vacío, provocando cientos de recién nacidos muertos. Todo aquello se mezclaba en asociaciones extrañas en mi cabeza. Sentía una atracción poderosa por volver a la cúpula dorada. Una atracción que no se iba mitigando con el paso del tiempo. Cuando por fin caí dormido, soñé que volvía allí y me lanzaba al cielo dorado, flotando allí dentro, sin dirección ni objetivo, silencioso como una de aquellas esferas rodeadas por tentáculos. El ojo se agitó y me miró fijamente. Y me invadió una liberación absoluta. 

*** 

Al día siguiente volví al depósito en cuanto pude. Abrí la cámara. El resplandor seguía allí. 
Se me escapó una sonrisa. Aquello me hacía sentir especial. Era mío. Mi cúpula. Era real. Y era sólo mío. 

Entré y avancé hasta el fondo. Oí decir mi nombre detrás. Me paré en seco. Contuve la respiración. Miré atrás. La compuerta estaba entornada. Alguien me llamaba desde fuera. Pensé que me me habrían visto. De nuevo, la voz dijo mi nombre, esta vez más alto. “Sé que estás ahí dentro”. Un sudor frío recorrió mi cuerpo. ¿Cómo podría explicar esto? No tenía escapatoria. “Soy Daniel”. Aquello me tranquilizó. Por lo menos era alguien conocido. Pero también me resultó extraño. ¿Qué hacía él en el depósito? ¿Sabría algo? ¿Cómo se habría enterado? Yo no se lo había contado a nadie. Mi cabeza recorrió varios escenarios, posibles o imposibles, mientras deshacía mi camino hacia la puerta. 
Salí a encontrarme con él. 

Daniel no miraba a la luz. Tampoco al niño muerto junto a mí. Me miraba a los ojos. Directamente. Una mirada reflexiva. Como si quisiera decirme algo. Sin llegar a decidirse. Le devolví la mirada en silencio. Un silencio denso, que casi podía tocarse. 

—Así que lo has descubierto —afirmó. 

No contesté. En su lugar, miré atrás, a la cámara abierta. La luz dorada se derramaba sobre el metal azulado. Se movía siguiendo un baile lento y sinuoso. 

—Me preguntaba cuánto tiempo tardaría alguien en descubrirlo. —Se acercó lentamente hacia mí—. La verdad es que tú eras uno de mis candidatos. —Sonrió, señalándome con un bisturí que sostenía en su mano derecha—. Siempre andabas curioseando por ahí, como una urraca. 

Daniel había llegado a la bandeja que tenía frente a mí. Seguía señalándome con el bisturí. 

—Apártate de ahí —dijo con voz ronca y la cabeza gacha. Percibí entonces un brillo en sus ojos negros. Parecían de plástico. Los ojos de un muñeco siniestro, con su piel gris y su semblante rígido. Balanceándose delante de mí. 

Apartó la bandeja lentamente. Se acercó a mí. El bisturí me apuntaba fijamente. Me retiré poco a poco de la puerta, procesando, a duras penas, todo aquello. 

—No me mires así. ¿Crees que te debo una explicación? Quizá sí, quizá te deba una explicación.... 

Había llegado a la puerta. La abrió del todo. Su figura torcida se cubrió de lado con aquella intensa luz dorada. Noté un brillo reflejado en su ojo izquierdo. 

—Nunca me fui del grupo ¿entiendes? Sigo en él. Yo he diseñado a todos esos —declaró extendiendo su mano por el depósito—, y siguen multiplicándose. Algún día llegará la encarnación. Nuestro amo. Y ese día… ese día… 

Daniel miró a la luz y se sumió en sus pensamientos. Aproveché para intentar agarrar la mano que sostenía el bisturí, pero la apartó antes con un movimiento rápido, empujando la bandeja, que se alejó rodando. Sus ojos se encendieron. Me sostuvo la mirada, mientras me señalaba con el bisturí. 

—¿Qué edad tienes? —soltó. Me quedé en blanco. No entendí la pregunta—. Tú. Podrías tener hijos. Tú podrías ser uno de ellos. Quién sabe —miró a la cámara entornando los ojos. Su cara se relajó. Percibí algo de tristeza. En aquel momento no entendí nada. Estaba perplejo por todo aquello. Por Daniel. Por su actitud. Por la luz dorada, que en su compañía me parecía irreal de nuevo. De repente, había perdido el control de lo que pasaba a mi alrededor. 

—Alguien tiene que cerrar la cámara —dijo, y se metió de un salto en ella, farfullando algo incomprensible. 

Me asomé. Lo vi empujando la pared del fondo. Gritaba y la aporreaba con todas sus fuerzas. La plancha cayó, y un chorro de luz cegadora se proyectó sobre mí. Daniel aullaba y reía. Parecía un niño. Miraba la inmensidad dorada que tenía delante. Echó la vista atrás. Me concedió una última mirada, suspirando. 
Después salió a la cúpula. 

El fogonazo me cegó. La sala seguía en silencio. Me pareció estar dentro de una película muda. De repente, se hizo la oscuridad. Una de las esferas se había posado en el agujero de la cámara, bloqueando el paso. Sus tentáculos se pegaban a las paredes, como ventosas. La esfera se movía. Estaba intentando entrar por hueco. Una bola negra y brillante, como un globo de goma. Después de dar un par de botes, consiguió entrar. Avanzó por el interior con sus tentáculos, cada vez más rápido, hacia la puerta. 

Me extrañó el silencio. Aquella cosa no hacía el más mínimo ruido. 
Salí corriendo de allí. Ni siquiera me molesté en cerrar la puerta. 
Volví a mi rutina sudando y arrastrando un cansancio pastoso. Desempeñé mis actividades con disimulada diligencia. Pero mi cabeza estaba en otra parte. Las horas pasaban agónicamente. Busqué una excusa, enseguida, para volver al depósito. Paré antes de abrir la puerta. Intenté calmarme. Entré con precaución. Todo estaba en orden. Ni rastro de la esfera. Ni rastro de la luz dorada. Me acerqué a la cámara y la abrí. Estaba a oscuras. Allí ya no había nada. La pared del fondo estaba intacta. 

*** 

Ella volvió a casa tarde. Se tumbó a mi lado. Encendió un cigarrillo. Daniel había hablado con su jefe. Le había confesado que ella le había pedido que hiciera una revisión de su estudio. Le dijo que él había encontrado graves errores en su tesis. Sesgo de confirmación. Manipulación de datos. Conclusiones disparatadas, que ponían en entredicho la reputación del Hospital. La reputación de una de las más antiguas cátedras de genética del país. No se podía consentir. La llamaron al despacho y le lanzaron la tesis a la cara. La echaron de inmediato. 
Ella no lo lamentó. En realidad, lo había agradecido. Llegado aquel punto, prefirió dejar su trabajo. 

Le pregunté por Daniel, y entró en cólera. No quería saber nada de aquel viejo falso. Me callé. Yo sólo quería volver a mi cúpula dorada. No tenía otro pensamiento. Me reconcomían los celos por aquel tipo, que había conseguido entrar allí. Y había cerrado la puerta Yo sólo había podido vislumbrar durante unos momentos aquel mundo dorado que se ocultaba tras el depósito de cadáveres. 
Ella siguió fumando. Durante horas. Yo caí dormido enseguida junto a ella. Estaba extenuado. Las emociones del día habían podido conmigo. Tuve un sueño ligero, lleno de pesadillas. En una de ellas, yo volvía a casa de mis padres, pero no podía entrar en el portal del edificio. Mi llave no funcionaba. Lo intentaba por el garaje, que estaba abierto. Pero el garaje se había convertido en un enorme taller subterráneo. Había hombres trabajando allí, vestidos con monos azules manchados de grasa negra. Avanzaba agachado, para no ser visto. Aquello era enorme. Me perdí entre los coches. Me topé por sorpresa con un enorme camión junto al que estaba Daniel, vestido con su sucio mono azul. Del coche salían dos patas dobladas, como un pollo desplumado. Sólo que aquéllas eran piernas de bebé. Desnutridas, de piel colgante y cenicienta. 

Me desperté, sobresaltado, a medianoche. Ella estaba gritando en algún lugar de la casa. Se oían golpes contra el suelo y las paredes. Me levanté como un resorte, muy alarmado, pero con la mente aún aletargada. Corrí sin pensar, hacia el lugar del que venían sus gritos. Di la luz, y la vi al final del pasillo. Se encogía detrás de una gran sombra que agitaba una mano sobre ella, arriba y abajo, como abofeteándola, sistemáticamente. Siempre el mismo movimiento, una y otra vez, sobre ella. Escuché unos chasquidos. 

Grité. La cabeza de aquella sombra encorvada se volvió a mirarme. Su rostro me resultó familiar, pero no conseguí identificarlo. Me escrutaba con facciones inexpresivas, mientras continuaba con el movimiento automático de su mano. Ella sollozaba y se protegía, inútilmente, con su brazo izquierdo. Daniel la sujetaba el brazo derecho con su mano izquierda, que estaba enguantada. Las facciones, el color del pelo, eran los suyos. Pero su piel era lisa y de un color caoba, que resplandecía bajo la luz del pasillo. Me miraba con sus refulgentes ojos negros. Parecían más grandes. Enormes y brillantes. Ella se retorcía debajo de él. En su mano derecha, también enguantada, sujetaba con firmeza el bisturí teñido de sangre. Y seguía subiéndolo y bajándolo con idéntica fuerza, directamente a su cara. Ella interponía el brazo. Él lo rajaba sin piedad. Sus ojos se pusieron en blanco. Flema y baba en su boca. 

Me lancé contra él, sin pensar, y con un movimiento imposible de su brazo izquierdo me empujó por el cuello, hasta que me estampé contra un armario. Caí mareado al suelo, pensando que se había dislocado el hombro. Me dormí al instante. 
Cuando desperté, en el pasillo no había nadie. Tampoco rastro alguno de violencia. La llamé por su nombre. No contestó. Me levanté con esfuerzo. Me dolía el cuello, por el golpe y la postura forzada en que había caído. La busqué por toda la casa, pero no quedaba rastro de ella. Ni siquiera su ropa. Sólo las colillas en el cenicero sobre su mesilla. 

Una paloma aleteaba contra el cristal de la ventana. La luz azul del amanecer empezaba a colarse en el apartamento. Toqué su lado de la cama, esperando apurar algún resto de su calidez. Estaba helado. 

*** 

Ni ella ni Daniel volvieron a aparecer por el Hospital. Nadie supo qué fue de ellos. Intenté indagar entre sus compañeros. Me contestaban con extrañeza. No obtuve ningún resultado. Al fin y al cabo, ella estaba conmigo. Si yo no sabía nada, ¿qué podrían saber ellos? Si existían realmente, tampoco conseguí identificar a ningún miembro del culto al que se refirió Daniel. 

Sin embargo, la naturaleza de mis preguntas empezó a levantar suspicacias entre los responsables departamentales. Me llamaron a sus despachos para, con la excusa de interesarse por mis emociones y el destino de mi compañera, intentar sonsacar si yo podría saber algo de su tesis. Era bastante evidente. 
Su jefe también me llamó a su despacho. No me miraba a los ojos, mientras hablaba. En su lugar, me presentó su perfil y se puso a observar fijamente los botes de formol. Estaban llenos de figuras retorcidas. Irreconocibles. Me invitó a compartir con él cualquier información que pudiera recibir sobre su paradero, y me despidió chascando la lengua. 

Ayer, cuando volví a casa, me fijé en dos figuras sentadas en los bancos de cemento de la plaza, con las palomas y los niños revoloteando a su alrededor. Me extrañó. Allí no solía haber adultos. Al subir a casa, los observé desde la ventana. Anochecía y la luz era escasa. La figura más alta se encorvaba ligeramente hacia delante. Después de hablar con la otra, levantó su rostro hacia mí. Estaba oscuro, pero aún se reflejaba la escasa luz en su piel caoba y brillante. Asentía, mientras la otra figura le decía algo. Luego ella también levantó su cara hacia mi ventana, y pude intuir su rostro, marcado bajo su flequillo por varias rajas oblicuas, como un papel rasgado, tan reluciente como el de su compañero. 
Me largué inmediatamente de allí. Salí hacia un hotelucho en el centro de la ciudad. Ahora escribo esto en una pensión del extrarradio. 

No los he vuelto a ver, pero cuando salgo a la calle tengo la impresión de que me siguen. Camino mirando continuamente a mi alrededor. Me temo que sepan dónde estoy. A veces no puedo evitar recordar sus últimas palabras. “Podrías ser uno de ellos”. Y no encuentro ninguna razón en contra. En mis sueños se alternan las pesadillas del brillo apagado de su piel caoba con imágenes de la cúpula dorada. Sueño que vuelvo a ella. Que me sumerjo en ella. No puedo ignorar la necesidad que su visión despertó dentro de mí. 

No he vuelto al hospital. No me atrevo. Estoy seguro de que saben algo. Pero sé que debo volver. Probablemente lo haga mañana. Intentaré entrar en el depósito. Creo que es lo más conveniente. Aquí ya no tengo nada más que hacer. 


©Copyright Bernard J. Leman para Círculo de Lovecraft, Enero 2019. 

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