viernes, 26 de mayo de 2017

[Reseña] Yo soy Dolor - Daniel La Greca

Antes de nada, consejo: ¿Te gusta el thriller, el terror (en general) y, sobretodo, lo sobrenatural? Pues ésta es una joyita que tiene todo eso. Un libro que te muestra el "lado oscuro" de la humanidad.
 










Desde el comienzo, la portada te llama... La gama de colores y la ilustración te atrapa como la luz llama a las moscas. ¿Y el título? Escueto y directo, ¡pum! ¡Golpe neuronal claro! ¡K.O.! Con tan sólo tres palabras nos produce en la mente una idea más que diáfana  de lo que vamos a empezar a disfrutar.

Siguiente apartado: prólogo. Éste te sumerge en una atmósfera densa y de retorno imposible. Te sientes inmerso en sus líneas y necesitas continuar buceando en la marea negra de una novela que se define como policiaca...¿Seguro? Aquí su autor, Daniel La Greca, nos presenta al protagonista de la obra: Abadón, hábil e ingenioso, inteligente y frío...un verdadero psicópata de manual, pero cargado de un aura opaca y densa que nos lleva a recordar las habilidades en el arte de la muerte que poseía el legendario Jack el Destripador... ¿Os produce curiosidad? Imaginamos que sí.

Punto negativo: Su autor debería haber contado con los servicios de un corrector. Tiene las ideas claras aunque en ocasiones estaría bien ser más escueto y conciso. Con ello, no decimos que la novela esté mal, ¡todo lo contrario! Su lectura es muy recomendada, sobre todo si deseáis leer una obra en la que el género negro se diluya con lo insólito y sobrenatural. 

Os dejamos con el prólogo, para que vayáis abriendo boca: 😈


– Encontraron el cadáver de una mujer –fue lo primero que dijo el oficial Franco Quaranta cuando entró en el despacho de la detective Alba Vargas, perteneciente a la unidad de investigación de crímenes aberrantes de la policía federal– Dicen que es algo espantoso.
  – Siempre es espantoso Franco. Siempre es lo mismo. Sangre, cuerpos mutilados o quemados, dolor muerte, salvajismo. Ya es hora que te acostumbres a la muerte que nos rodea en este trabajo.
Alba se incorporó y se calzó su arma reglamentaria. Franco movió los labios para agregar algo, pero ella lo frenó en seco.
– Al principio me sucedía lo mismo. Todavía no pude sacarme esas primeras imágenes y visiones terribles de los primeros casos. A veces vuelven y me torturan en pesadillas o me asaltan cuando menos lo espero y las siento tan reales que incluso siento los olores que sentí y los gritos de sufrimiento de los familiares de las víctimas con las mismas voces. Pero he aprendido a convivir con ello.
– ¿Cómo? ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo puede uno acostumbrarse a esto? –le preguntó Franco deteniéndose en medio de la oficina.
Alba lo miró fijo, pero con dulzura.
– Para empezar no te creas nunca eso de que terminas acostumbrándote. En realidad, nunca debería ser así, sino cual sería la diferencia entre el que comete los delitos y las aberraciones y el que se acostumbró a verlo, casi ninguna.
– Entonces… ¿Estamos condenados?
– No. No sé cómo explicártelo realmente. En realidad, no sé si se puede enseñar, pero hubo un día en que todo se transformó en informes. Cuando lees un expediente simplemente lo lees, no estás ahí presente, lo lees con toda tu experiencia. Y eso me pasó un día. Es como si no estuvieras presente en realidad y solo estás leyendo un informe. Te duele, te causa estupor, pero no es lo mismo que estar ahí presente. Es una parte de nuestro trabajo, lograr abstraerse. Analizar todo y verlo como…
– Como la escena de un crimen –afirmó Franco terminando la frase.
– Exacto. Porque eso es… una escena. Por terrible que parezca, debes aprender a verlo como una foto o un cuadro, o un video si te gusta más, como si no estuvieras presente. Es la única manera de hacerlo bien porque incluso con dolor o rabia o sufriendo o impotencia, te pierdes los detalles más importantes. Esos que, casi siempre, son los menos visibles, los que están ocultos entre la sangre y la muerte… Y el dolor. ¿Entiendess?
– Sí, claro que entiendo. Y te agradezco que compartas esto conmigo.
Alba le sonrió. Él le devolvió la sonrisa y enarcó las cejas.
– Ahora no creas que con esto tengo más experiencia o soy mucho más vieja que vos –dijo Alba tratando de apaciguar las aguas.
– No. Por supuesto –agregó Franco– Jamás diría que tenés 20 años más que yo. Soy un caballero.
– A sí, mirá. El otro día te recuerdo que creían que era tu hermana menor y cuando tomes un poquito de valor hacemos unas cuantas pruebas físicas a ver quién es el más viejo de los dos.
– El del otro día era uno al que le gustas, lo sé, y quizás deberías aceptar si te invita a salir o algo por el estilo. En cuanto a eso de competir, envidio tu estado físico y créeme también tu belleza. Pero tu documento va a seguir diciendo 20 años más y creo que también vas a seguir estando por encima mío en el escalafón.
– Sí. Pero eso no es cuestión de edad es porque soy mejor detective.
– Jajá. Está bien. Tú ganas. Es imposible ganarles a los ancianos; se saben todas las artimañas.
Los dos rieron como hacía tiempo no lo hacían, pero enseguida volvieron a la realidad.
– Contadme un poco más de ese cadáver que encontraron –preguntó Alba.
– Mira, lo único que te puede decir es que fue el principal Gutiérrez quien me llamó y me dijo que era terrible. Y si hay alguien curtido y duro en este departamento es el principal Gutiérrez.
– Entonces no perdamos más tiempo y vamos. Por suerte no como desde la mañana.
Franco se quedó pensativo, como si Alba hubiera dicho alguna frase de esas que quedan en la historia de la humanidad.
– Nunca te lo pregunte Alba. ¿Vomitaste alguna vez?
– No. Nunca, en serio, por suerte no me produce asco ni la sangre, ni la carne muerta o descompuesta. Y espero que continúe así.
Tomaron el ascensor y descendieron hasta el estacionamiento del subsuelo en un silencio total. Ambos estaban ensimismados en sus propios pensamientos; cada uno en particular preparándose para lo que venía.
– Sabes que recién has dicho una gran verdad que me dejó pensando –sentenció Alba mientras descendía del ascensor y enfilaba hacia la patrulla.
Franco la miro sorprendido y buscó en su memoria qué había dicho de bueno, pero no encontró nada. Incluso llegó a la conclusión que había sido Alba la que había dicho grandes verdades.
– ¿Qué cosa dije? –preguntó Franco.
– Que a Gutiérrez no hay nada que lo pueda aterrorizar o intimidar.
Segundos después entraron en la patrulla y arrancaron con violencia; dejando una marca de futilidad en el pavimento.
Una hora más tarde llegaron a la casa donde la policía federal había encontrado el cadáver de la mujer. Un oficial uniformado los recibió al pie de la escalera y los acompañó al interior. La vivienda se hallaba en las afueras de la capital; lo suficientemente aparatada como para cometer un ilícito en el más completo anonimato. El arquitecto no se había preocupado por la estética de la vivienda, notó Alba; más bien parecía construida por su propio dueño; con más maña que oficio.
Era curioso pensó Alba mientras observaba la fachada de la vivienda. Casi todas las casas de las víctimas y las habitaciones donde se habían cometido asesinatos que ella había visitado siempre tenían un aspecto lúgubre, primitivo y misterioso; se sentía como entrando en mundos de tinieblas. Pero ella sabía que se trataba de un engaño de la mente, una predisposición de encontrarse con lo peor. Y estaba segura de que sus instintos esta vez tampoco le fallarían.
Entraron.
Un penetrante tufo a muerte sacudió sus fosas nasales como un fantasma presagiando el terror.
La vivienda tenía dos ambientes y un único mueble: una cama, al fondo.
– ¿Qué tenemos aquí oficial? –preguntó Franco.
– Una mujer, blanca, de no menos de cuarenta años de edad. La encontramos maniatada a la cama, torturada hasta morir, aunque creemos que no fue justamente en la cama donde la torturaron –el agente miraba el techo como buscando respuestas imposibles– La mujer estaba reportada como desaparecida desde hacía varias semanas por la familia…  Hasta hoy… Al parecer un desconocido llamó por teléfono a la madre de la víctima diciéndole dónde se encontraba la mujer y la manera cómo la había matado.
Alba observó el primer ambiente. El suelo era de tierra apisonada y a las paredes le faltaba el revoque. A la izquierda, en un sector del piso donde se encontraban unas pequeñas latas con algo parecido a pintura y manchas de sangre divisó una serie de marcas profundas en la superficie; como si un enorme depredador hubiera intentado enterrar su presa muerta.
– ¿Fue ahí? ¿Ahí la mataron no? –señaló Alba.
– Afirmativo señorita. Creemos que ahí mismo la torturaron. En todos mis años de carrera nunca vi algo parecido. El cadáver tiene todo el cuerpo tatuado, no le queda ni un solo milímetro de piel sin tatuar. Al parecer el asesino lo hizo con su propia sangre. Debe de haber sido una muerte espantosa y dolorosa.
– ¿Cuál sangre? ¿La de la víctima o la del asesino? –preguntó Franco.
– Todavía no se sabe, pero me aventuraría a decir que fue con la sangre de la víctima. Al parecer mezcló la sangre con distintos pigmentos y de esa forma logró las tonalidades con las que le perforó todo el cuerpo.
– ¿En esas latas las mezcló? –señaló Alba.
– Afirmativo, y esas marcas en el piso nos dan una idea del terrible sufrimiento que debió soportar esta pobre mujer. El forense asegura que la mujer estuvo consciente todo el tiempo mientras era torturada. Encontramos algunos frascos y jeringas para analizar, pero en principio se cree que contienen drogas que el maldito retorcido utilizó para mantenerla viva mientras consumaba su macabra obra de arte.
Las marcas eran demasiado claras, pensó Alba mirando el suelo… La víctima había estampado todo su tormento en el piso.
  – Los forenses opinan que debió llevarle varios días completar el dibujo –continuó el oficial– Creen que no menos de tres. Debió de ser terrible. Después la llevó a la cama, la ató y la abandonó a su suerte. El cuerpo presenta todos los signos de haber muerto de inanición, probablemente luego de varios días de lenta agonía. Dicen que las infecciones pudieron acelerar el desenlace, pero también causarle serios dolores y picazones. Pobre mujer, seguramente luchó por su vida todo ese tiempo… Nadie merece morir de esa manera.
Alba asintió y observó que Franco miraba las latas consternado mientras el oficial continuaba con su relato. Hasta ese momento todavía ninguno de los dos había visto el cadáver, pero un frío de ultratumba ascendió por la columna vertebral de Alba. Sin quererlo se imaginó la terrible escena de terror que se había llevado a cabo ahí dentro, el extremo sufrimiento de la mujer y la aberrante soledad de una muerte cara a cara con un torturador impiadoso.
– ¿Encontraron algún mensaje entre los tatuajes? –Preguntó Alba– algo que el asesino pretende que sepamos
– No. Nada. Es curioso, hasta ahora no encontramos ni letras ni palabras, solo un amasijo de caras y manchas.
– ¿Caras?... ¿Qué quiere decir con caras? ¿Rostros?
– Si, rostros; como esos cuadros que muestran las cámaras de torturas de la época medieval y a los condenados gimiendo de dolor. Pero no se gaste en preguntar. No son rostros que podamos rastrear, son más bien como… Difuminados… Como fundidos con el entorno… La escena es dantesca, hay muchas llamas y fuego y en esas llamas rostros. Pero mejor pasen a verlo ustedes mismos.
Dominados por la curiosidad y el terror Alba y Franco entraron en el dormitorio sin mirarse.
Entonces todo sucedió como en cámara lenta. A medida que Alba entraba en la habitación, a cada paso y movimiento de sus ojos, su alma se iba llenando de oscuridad; de obscena oscuridad.
El cuerpo de la mujer se encontraba rodeado de sus propias secreciones, con un rictus de dolor infinito retenido entre sus labios. Alba contuvo un segundo la respiración al observarlo sólo para no gemir. Las muñecas y los tobillos de la víctima presentaban profundas escoriaciones, seguramente producto de su lucha por soltarse de las ataduras de la muerte, pensó Alba.
Era cierto comprobó. No quedaba ni un solo milímetro de piel sin tatuar. Sin embargo, casi sin quererlo, notó algo llamativo en los dibujos. Un patrón común. Un sentido. Mientras el forense les mostraba los rostros atormentados y las llamas dibujadas en la piel de la víctima Alba se quedó al pie de la cama observando.
Los hematomas, las hinchazones y las zonas infectadas de la piel le infundían cierta profundidad a la macabra obra, comprobó.
Y al fin lo comprendió.
La representación pareció tomar vida.
Las llamas.
El fuego.
El tormento.
El mundo cambió cuando su alma comprendió el significado no tan oculto de esos tatuajes y la realidad volvió a su ritmo habitual, o con más aceleración aún.
Y entonces, Alba, sin quererlo, se tragó su propio vómito.

El infierno comenzaba.


Una novela original y única que, además, es el inicio de una trilogía bastante peculiar. ¡Unas 361 páginas de infarto!

Valoración: 8´5/10
 

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